EL SUICIDA

De mi libro Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones

El suicida.

Voy a ser franco. Mi matrimonio se malogró por culpa mía. Es cierto que al final mi mujer, Sofía, me abandonó, pero le di demasiados motivos para ello. Hicimos grandes esfuerzos para evitarlo, el último y definitivo fue venirnos a vivir a Tarifa, cerca de Bolonia, vendiendo lo poco que nos quedaba ya en Galicia, donde también perdí los amigos que tuve por los “sablazos” que soportaron debido a  mi adicción al juego. Ya está, ya lo he dicho.

Dijeron que era una prejubilación, como tantas otras en el banco, y no era cierto; simplemente me pusieron en la calle con unas pocas perras por mi inoperancia y mi carácter bronco. Llegué a encararme a un cliente que me responsabilizaba de la bajada de unas acciones por la pésima gestión de su presidente, como si fuera mi culpa. Menos mal que mi sufrida esposa supo esconder la indemnización.

Alquilamos una modesta casita cerca de la playa y Sofía, en su empeño por recuperarme, compró un pequeño y viejo velero de siete metros que teníamos amarrado en el puerto. En otras circunstancias, aquello hubiera sido el paraíso, ni duda. No tuvimos hijos pero nuestra mutua compañía debiera haber sido suficiente para recuperar la felicidad.

La única hermana que tuve fue mi amiga y confidente durante todo el tiempo que vivieron nuestros padres, y mis sobrinos fueron mis hijos adoptivos. Sin embargo, la mierda de herencia quemó nuestros vínculos y lo que siempre fue amor se convirtió en indiferencia y, después, en odio. Mi pusilánime cuñado convenció a mis sobrinos, mis pasiones, de que yo me había jugado los pocos “chines” de mis padres e hipotecado su casa. No era cierto, lo juro.

El verano fue magnífico, vivíamos prácticamente en nuestro pequeño jardín; hacíamos las comidas en la barbacoa y hasta echábamos la siesta fuera, en la hamacas. Pasábamos el día al aire libre. Por la mañana nos bañábamos en la playa y muchos días íbamos a pescar en nuestro modesto barco, a la vuelta nos bastaba con tomar una caña en una terraza; nuestra economía, que gestionaba mi mujer, no nos permitía grandes alegrías, pero lo cierto es que teníamos más que suficiente para llevar una vida placentera. Hasta llegamos a recuperar nuestros olvidados juegos sexuales.

Como no podía ser de otra manera: la cagué. Esta vez no fue el juego, sino mi proverbial estupidez. Se acababa el verano y tuve la mala suerte de que una de las rezagadas me hiciera un inoportuno guiño, mi nula experiencia en estas cosas de la vida y mi pobre autoestima propiciaron una incoherente conversación con la rubia alemana, pero suficiente para saber que se alojaba en el “Bahía”, habitación 317.

Mientras su hijo de corta edad estaba en la guardería del hotel, hicimos una inolvidable siesta. Digo “inolvidable” no porque fuera magnífica, que no lo fue, ya que la señora me apartó de encima suyo muy enfadada  por mi eyaculación precoz, sino porque mi mujer intuyó inmediatamente mi estúpida infidelidad por mi mirada evasiva.

De nada sirvieron mis lágrimas y ruegos que hasta entonces me habían dado buenos resultados con los problemas del juego. Ella no quiso o no pudo soportar tanta injusticia, era demasiado. Había sufrido mi inexorable caída personal, anímica, laboral y económica; se había exiliado por mí y ahora le ponía los cuernos. Era demasiado. Tenía razón. Con enorme dolor me abandonó.

Me ahorró todos los adjetivos que, con razón, hubiera podido darme. Pero con su proverbial sinceridad me anunció que aceptaba las reiteradas invitaciones de Manuel, notario de A Coruña, antiguo novio de Sofía y viudo hacía dos años, para rehacer su existencia. Tenía prisa por subirse al último tren de su vida afectiva. Con este reflexivo proyecto me convenció de que jamás volvería conmigo, que había consumido todo mi crédito con ella, como con todo en mi vida.

Llegó el otoño y con él mi más profunda depresión. Qué hacía yo en aquella húmeda y aislada cabaña, con míseros muebles castellanos que no pegaban nada con el entorno y con una tenue bombilla de cuarenta vatios más triste que mi alma. Ya no hacía ni la cama, la despensa estaba vacía- ni latas de sardinillas- y la fregadera llena. Decidí suicidarme, mi vida ya no tenía sentido.

El haber tomado la decisión pareció relajarme y hasta darme fuerzas. ¡Qué bien! Sabía qué hacer, tenía un proyecto aunque fuera horrible. Vi la luz a pesar de que fuera negra, la única salida a mi deplorable situación.

Al amanecer salí a pasear por la playa, no a suicidarme, todavía no. Estaba decidido pero la ejecución sería más tarde. Ocupaba mi mente enferma en esa reflexión cuando descubrí que no tenía a nadie que me echara de menos, que me llorara, a quien escribir mi despedida; entonces lloré yo convencido de mi buena decisión.

Solo quedaba por elegir el modo de hacerlo. Por supuesto que nada de sangre (siempre estuve en contra de la violencia), tampoco me atraía tirarme de una altura (tenía vértigo), odiaba pensar que vinieran a mi casa dentro de dos semanas atraídos por un olor nauseabundo, tal vez una buena dosis de somníferos…¡Joder!, hasta para suicidarse había que pensar. Todo eran problemas. Tenía que acabar cuanto antes.

Estaba haciendo estas reflexiones en la playa, mirando al mar, cuando descubrí cómo me gustaría irme de este mundo: me alejaría suavemente como más me gusta: navegando a vela. Al estilo vikingo pero sin fuego. ¡Por fin una buena idea! Aunque fuera la última.

Por un incomprensible pudor recogí la casa, hice la cama y fregué los platos. No querían que descubrieran cómo llegué a vivir. ¡Como si le importara a alguien! Sin embargo, mientras estaba ocupado en mis tareas domésticas, disfrutaba planificando mi último viaje. Había recuperado el ánimo. ¡Qué contradicción!

En la cantina del puerto tomé un café con leche y dos cruasanes, desde niño me parecieron un lujo y ahora me daba un mísero homenaje. Compré una garrafa de agua, un cartón de tabaco aunque no fumaba hacía ya un año, y unas galletas de chocolate blanco. Nada más. ¡Ah sí! Y tres mecheros. Lo hice con la parsimonia de quien se suicida todos los días. Yo mismo estaba asombrado, esperaba enloquecer y, sin embargo, razonaba con sosiego.

Había imaginado que pondría las velas y en silencio me adentraría en el Atlántico, suavemente y, esta vez sin miedo. ¿Qué más me podía pasar? Siempre tuve un excesivo respeto al mar aunque la adoraba, pero esa prudencia me impedía disfrutar de ella como ahora esperaba hacerlo.

Pensé comer lo que pescara y beber lo que lloviera, así hasta donde alcanzara. Como si fuera un juego de supervivencia. Yo sólo contra mí mismo. Luego, agotado, me dormiría suavemente, sin espasmos, sin dolor. Nada de enterrarme ni quemarme, ¡qué horror! Que te metan bajo la tierra es claustrofóbico, y si te queman a ¡mil grados!, casi peor.  Desaparecería dormido dulcemente en el infinito llevado por el viento hasta que me engulla el horizonte. ¡Qué bonito!  Así da gusto suicidarse.

Mi vecino de atraque era una modesta y buena persona. Me decía la verdad de lo que había pescado y dónde, rara virtud, y me ayudaba en las maniobras. Fue el heredero de mis misérrimas propiedades. Desmonté la radio y quité con dificultad el motor de cuatro tiempos, ambas cosas las había comprado recientemente. Todo lo pasé a la bañera de su embarcación y se lo dejé escondido bajo la lona.

Antes de zarpar tiré mi móvil al agua como una determinante señal de desconexión con la civilización. No era necesario, su batería no duraba ya nada y era un trasto, igual que yo. Pero un gesto es un gesto. Volvía a ser protagonista.

Saqué mi pequeño barco, un viejo Puma 23, empujándolo primero y luego apoyándome en los otros que estaban atracados junto al mío, hasta que tuve el suficiente espacio para maniobrar con un poco de Génova. A puro huevo, como en los buenos tiempos cuando era un fenómeno con la vela ligera. Sin motor. Ya no había vuelta atrás.

En cuanto doblé la Isla de las Palomas, subí la mayor, desenrollé toda la Génova y puse rumbo al oeste, hacia el atardecer, hacia mi anochecer.

Me sentía muy bien, casi casi feliz y, sobre todo libre. Adiós a las deudas de juego y a la maldita hipoteca que me perseguía desde que me casé, adiós al banco y sus ocultas miserias, adiós a mis complejos y enfermedades que atormentaron mi vida sin. Adiós a todos mis pesares. ¡A tomar por culo! Fijé la caña del barco, me di la vuelta completa y poniéndome de pie encima del tambucho de estribor hice un corte de mangas hacia la costa que casi me caigo. ¡Qué satisfacción! Solo me acordaba con mucho amor de mi mujer.

Hice un pequeño recuento de lo que tenía: cuatro latas, una garrafa de agua, unas galletas y mucho tabaco con tres mecheros, sin contar la lluvia y la pesca. Más que suficiente para morir en paz y armonía.

Navegaba a más de cuatro nudos, una porquería para algunos y para mí una maravilla. Había pintado los bajos poco antes de que se me cayera el mundo encima y el barco se deslizaba como en una nube, silencioso y elegante. Por un momento me preocupé por el intenso tráfico de mercantes en esa mar que es la entrada al Mediterráneo; tuve miedo a la noche que se avecinaba y, de pronto, recordé que me quería suicidar. Se me fueron todos los temores. Que más me daba morir adormilado a la deriva que embestido por un enorme buque; sería más violento pero, tal vez así, mi mujer cobraría algo, recuperaría una parte de lo que le costé.

Puse solamente una caña con un señuelo igualito a una anchoa, me daban ganas de freírlo. Me senté apoyando mi espalda en el casco, mirando hacia popa y vigilando el aparejo. Fumé dos o tres cigarrillos que, aunque me atontaron, me supieron “a gloria”.

Estaba así distraído cuando la caña se dobló casi en su totalidad. Recogí enseguida la Génova y largué  la mayor para perder velocidad. Cómo es la vida que cuando estoy a punto de perderla me regala lo que más me emociona. Lo que fuera no podía traerlo, lo acercaba y largaba hilo para cansarlo; cuando creía que ya estaba, se hundía verticalmente en las profundidades.

 Así pasé más de una hora emocionado y temeroso de no poder con mi captura más preciada, la mayor. Me alegré de no tener el motor fuera borda, el pez hubiera roto la pita con los bandazos que daba. Los dos estábamos derrotados cuando finalmente, ya casi de noche, pude clavarle un gancho con mi mano derecha mientras sujetaba la caña con la izquierda, y subirlo a bordo.

Era un atún de unos cuatro kilos, precioso; me daban ganas de abrazarlo. Pegaba tremendos coletazos en el fondo de la bañera, salpicando de sangre a su alrededor. Golpeé su cabeza con un mazo de goma para que no sufriera más. Derrotado, descanse un largo rato. Recogí la caña, tenía mucho más que suficiente. Me sentí afortunado.

Abrí una lata de atún en conserva, qué contradicción: no tengo que comer más que atún en conserva y fresco. Lo acompañé con tres galletas y agua, largué otra vez las velas y fijé el timón rumbo a la noche oceánica, pasé largo rato admirando las estrellas hasta que caí rendido en el camarote de proa.

Me despertó el chasquear de las velas flácidas y los golpes de la botavara de un lado a otro. No había nada de viento, era la calma total; estaba absolutamente quieto. Me di la media vuelta en mi saco de dormir, pasaba de todo. Recordé el bonito recién pescado y me alegré tanto que olvidé, por un momento, el objeto de mi viaje.

Creí oír voces, no esperaba tener alucinaciones tan pronto. Un golpe seco del barco me hizo temer que hubiera “chocado” con un tronco o, peor aún, que hubiera derivado a la costa. Salí precipitadamente.

¡Un bote me había abordado! Antes de que reaccionara, dos hombres negros habían subido ya a mi barco y amarrado su destartalada embarcación, el agua estaba a un palmo. ¿Cómo pudieron flotar? Les ayudé a embarcar al resto de la precaria tripulación, en total eran doce personas, tres de ellas mujeres y dos niños. ¡Pobre gente! Los ojos hundidos y tiritando de frío.

No sé cómo pero entraron todos en la cabina. Abrí las pocas latas que quedaban, comieron el resto de las galletas y bebieron toda la garrafa de agua, además de alguna botella perdida que encontramos. Tenían la mirada asustada, aterrorizada.

El sol empezaba a calentar y poco a poco fueron saliendo a cubierta. El bonito de cuatro kilos hizo las delicias de la inesperada marinería- yo no llegué a probarlo- que pareció recobrar energías y aparecieron las primeras sonrisas tímidas. Solo uno de ellos hablaba un poco francés.

Con el día llegó el viento y puse rumbo a la costa onubense. Cortamos las amarras del mísero bote y lo dejamos a la deriva. Mi barco a vela no podía remolcarlo, bastante hacía con aguantar nuestro peso, todo un lastre.

La noche cayó cuando ya vislumbrábamos las luces de la costa. Lancé tres bengalas espaciadas y en menos de una hora una lancha rápida de la Guardia Civil nos rescató. Todo fue maravilloso hasta que el teniente se empeñó en recuperarme a mí también.

Después de agradecerme mi contribución al salvamento de esa buena gente, dándome un cariñoso apretón de manos, solicitó permiso para inspeccionar mi barco. ¡Ya sabía yo que, de una manera u otra, le iba a salir la vena policial! Pero bueno, no tenía nada que ocultar. Yo no era un traficante de emigrantes.

Con su potente linterna, además de los focos de su embarcación, tardó dos minutos en hacer su trabajo:

-¿Pero a dónde va usted así? Alma de Dios. ¡Si no tiene ni radio, ni víveres ni nada! Ande, venga usted con nosotros.

-Oiga, si no le importa prefiero seguir mi ruta. Me queda mucho por hacer…

-Enséñeme sus papeles, por favor-me ordenó con mucha educación.

Por supuesto que no había pasado la inspección última ni tenía el seguro actualizado. No lo tuve nunca y menos ahora. Si yo solo quería suicidarme…

-Le ruego que me deje continuar-le supliqué.

-No puedo-contestó- tengo que dar el parte. Debo decir de dónde ha salido este grupo de personas. Anímese hombre. ¡Es usted un héroe!

Sentí una profunda congoja. No quería volver a tierra, a reencontrarme con el hombre derrotado que fui, no podía retornar al infierno de mi vida.

 Me miró profundamente a los ojos. Guardó un cálido silencio y cogiéndome del hombro me dijo comprensivo:

-Siga usted, ¡cómo no! Y disculpe por haberlo retenido. Tal vez un día yo haga lo mismo. Es un privilegio elegir el cuándo y el cómo.

A pesar de la oscuridad de la noche pude distinguir los gestos de despedida de los negros que rescaté y del teniente que me devolvió a mi destino.

Parte de la Guardia Civil tres meses más tarde:

…informa la Interpol que el patrón de la embarcación que transportó emigrantes a la costa ovetense, ha sido avistado en Cabo Verde…

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