ASET

De mi libro Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones

Hace ya tiempo escribí un cuento titulado Habitación 209 en el que narraba una peculiar experiencia hospitalaria que tuve; sin embargo una parte importante de aquella vivencia no pude contarla por mi promesa dada entonces a una persona excepcional, responsable de estos hechos. Acabo de saber que ha fallecido y, a pesar de la tristeza que me ha producido la noticia, puedo ahora contar aquella historia que para algunos será horrible y para otros entrañable; para mí fue asombrosa.

Después de la cena, hacia las diez de la noche, una enfermera pasaba por todas las habitaciones de la planta del hospital con el pastillero repartiendo tensión más baja,  reduciendo el colesterol, quitando azúcar, silenciando dolores…y, sobre todo, generando dulces sueños a ritmo de pastillazo. Llevaba un minucioso control de las tomas de todos y cada uno de los pacientes, supongo que la escena se repetía en cada planta de los distintos edificios sanitarios.

Nunca he querido beneficiarme de un inductor del sueño, ni en la peores circunstancias en las que lo justifican: “toma esto, descansarás bien y mañana te encontrarás mejor”, como si fuera el elixir para superar cualquier contratiempo, para hacer desaparecer las horas malas de una preocupación. Una vez que cedí a sus seductoras promesas desperté con el problema agrandado, había crecido durante la noche y me esperaba al amanecer con mayor agresividad golpeándome el alma. No logré convencer a mi sorprendida enfermera que no quería “Valium”, lo dejó en la mesilla junto a otra pastilla cuya función ahora no recuerdo.

Hacia las dos de la mañana desperté; el silencio era abrumador, solo se oían algunos ronquidos de diferentes niveles. Me levanté, me puse las zapatillas de “arrastrar”, en chancleta, y en pijama salí al pasillo teniendo mucho cuidado de no hacer ruido, aunque no era necesaria tanta precaución, el sueño colectivo era total, absoluto.

 Pasé delante del mostrador de control donde la única señal de vida era un ordenador encendido. Deambulé curioso por distintas unidades imaginando quién podría estar detrás de una puerta, qué enfermedad vivía ahí y si podrían echarla, dónde estaría el marido o la mujer de esa o aquél, cómo sería el bullicio  dentro de unas horas, cuál de los pacientes de la planta no vería el amanecer, para quién eran las flores no entregadas que ahora estaban encima de una butaca…Por eso no quería dormirme, para imaginar cómo era la vida en el silencio sepulcral del hospital. ¡Dónde mejor observar la vida que donde intentan retenerla!

Pasé delante de una sala de espera con la puerta abierta, era pequeña y rectangular, una luz de emergencia alumbraba los asientos azules y cuatro periódicos manoseados la víspera. Entré y por su ventana vi un edificio muy próximo, estaba a una distancia menor de diez metros, las cristaleras estaban iluminadas y cerradas con cortinas blancas, sin embargo entre los visillos se podían apreciar movimientos de personas. Me extrañó su actividad a esas horas cuando duermen hasta los virus y continué observando ensimismado con la cara pegada al cristal. Al rato, una de las personas pasó junto a su ventana, movió la cortina y me quedé asombrado por lo que vi: ¡había gente andando medio desnuda! Pronto aquella visión se volvió a ocultar. No hubo ninguna novedad durante el largo rato que estuve esperando a que volvieran las apariciones.

Me quedé allí, adormilado hasta que un ruido me despertó, salí al pasillo y me encontré con varios carros llevados por celadores, salían por la puerta de una galería que conducía al edificio contiguo, el que yo había visto; todos los enfermos que estaban siendo trasladados tenían un halo místico, algo mágico.

 El tráfico de carros y hasta alguna camilla era unidireccional, sólo de salida; cuando cesó el corto desfile quise pasar y curiosear pero la puerta ya estaba cerrada. Ya no había nadie. Quedé impresionado y muy curioso. Volví a la cama de mi habitación, las toses que daban vida al silencio crecían al clarear. Me dormí con una agradable intuición de que algo pasaba en aquella sala del edificio contiguo, lo que había intuido me inquietaba.

El olor a café con leche del desayuno me devolvió a la cruda realidad hospitalaria y, en cuanto hubo pasado el médico con su séquito de alumnos y enfermeras, me lancé al pasillo ávido por descubrir si mis sensaciones respondían a un sueño.

El tráfico de personas era imponente, enfermeras que entraban y salían, carros de limpieza aparcados junto a la habitación que atendían, pacientes con gotero en mano deambulando con ojos hundidos, familiares angustiados implorando un gesto optimista en el mostrador de la sección…, lo que hacía unas horas era un remanso de paz y silencio se había convertido en un mercadillo de salud.

La sala de espera que había sido mi atalaya la noche anterior estaba ahora a rebosar, todos los asientos estaban ocupados y varias personas de pie, apoyadas en  la pared, miraban sin leer periódicos y revistas, agobiados en silencio. Logré llegar hasta la ventana molestando a dos señoras impasibles ante mis esfuerzos, y eso que yo era un enfermo, ¡qué poca consideración! La sala de mis fantasías estaba allí, al alcance de mi mano, sus ventanas estaban abiertas y cortinas recogidas mostraban un absoluto vacío, solo algunas pocas camillas pegadas a la pared desnuda, era la nada libre para cualquier destino.

Esa misma noche hice lo imposible para mantenerme despierto, quería volver temprano al lugar misterioso, estaba seguro que nada ocurriría pero me servía para alejarme de la angustia que me producía mi potencial enfermedad, para superar la incertidumbre de la biopsia. Tenía un proyecto, una curiosidad, una inquietud, lo que fuera me valía para no vivir la realidad.

Di unas cuantas cabezadas en la cama hasta que el vibrador de mi móvil me recordó que debía retomar la supuesta aventura: iba a montar la guardia. Bien pertrechado para pasar la noche entera si hiciera falta, me coloqué en una butaca de la sala de espera, cerca de la puerta pero sin que me vinieran desde fuera, no quería que algún enfermero piadoso me devolviera a mi habitación. No pasó nada, ni esa noche ni la siguiente; sin embargo, lejos de desanimarme, mi imaginación necesitada de alicientes se desbordaba e intuía que en aquella sala pasaba algo importante, tal vez descuartizaban cadáveres o traficaban con órganos, o investigaban trasplantes… volví otra vez la tercera noche.

Me despertó un ruido apagado de ruedas de goma, asomé mis ojos desde la oscuridad de la sala y vi cómo desde distintas direcciones venían varios carros con enfermos de diversos aspectos, llevados unos por personas uniformadas y otras vestidas de calle, en cuidadoso silencio. Había imaginado también este escenario y puse en marcha mi arriesgado plan, tomé prestada una silla con ruedas que había en la salita y, como si fuera uno más de ellos, me mezclé disimuladamente en la “procesión” a pesar de la incertidumbre de mi futuro inmediato.

-¿Vienes solo?- Me preguntó en la entrada una señora extrañada de mediana edad. Respondí afirmativamente con la cabeza y conduciendo el carro me llevó a un extremo de la sala quedándose a mi lado.

Bajaron la intensidad de la luz y colocaron a algunos pacientes en camillas, otros permanecieron en sus sillas. Se inició un ronroneo contenido. Forcé la vista en la penumbra y mi asombró creció cuando vi que algunos acompañantes o celadores se desnudaban en parte y atendían solícitos a los enfermos.

-¿Dime qué te gusta que te haga? – Me susurró melosa al oído mi reciente cuidadora. Estaba frente a mí en actitud amorosa, que no lasciva, empezando a desabrocharse el primer botón del uniforme. Yo estaba petrificado, incapaz de reaccionar, sin embargo comprendí que no debía descubrir mi intrusismo y un rápido vistazo alrededor me dio pistas.

-Enséñame los pechos, por favor- Logré balbucear temeroso. Dicho y hecho, lentamente abrió un poco más la bata y logró sacar del sujetador, uno tras otro, sus pechos caídos.- Acércate un poco más- le rogué.

Los jadeos del lugar se intensificaban, pude distinguir a un señor que se dejaba tocar su parte noble por dos manos huesudas que salían de un carro; una chica hermosa, más bien gorda, estaba de espaldas a una camilla con el culo en pompa haciendo los placeres de un individuo pequeño, de cara chupada, puesto de costado en una camilla; otro culo prieto de celador era palpado, tal vez por otro hombre; una señora de ojos saltones palpaba con avidez el torso musculoso de un joven; había pechos de mujer al aire como los que yo tenía cerca…No sentí una palabra más alta que los susurros y gemidos generalizados y no percibí ninguna señal acústica de que se produjera un orgasmo.

Salimos en el mismo silencio que habíamos entrado, pero con los ojos vidriosos, la sonrisa fija y la mente renacida, sentí que formaba parte de ese grupo desconocido y feliz. Ya en la puerta, la señora que me había acompañado se inclinó hacia mí y dijo cariñosa y respetuosa:

-Te espero el próximo miércoles. No faltes.

A pesar de mis protestas, falsos quejidos, y otras simulaciones, el martes me dieron el alta y con gran pena, a la una, tuve que abandonar el hospital. Ya con la bolsa en la mano y vestido de civil pasé por la salita de espera a mirar por su ventana al edificio contiguo y sentí, sin entenderlo, una gran ternura y asombro.

En el hall, cerca de la salida a la calle, miré las portadas de los periódicos en el escaparate del kiosko; de pronto vi un poco más lejos, detrás del mostrador a una señora de cierta edad que reconocí al instante: ¡era mi celadora ocasional de aquella noche!, me dio un vuelco el corazón, como si fuera mi primer amor. Me extrañé de mis sentimientos, me quedé quieto, tal vez fuera la sensibilidad que genera el hospital protector ante el miedo y la debilidad, o la ternura hacia quien te cuida y atiende.

En ese momento me abordó un señor con bata blanca, era enjuto, cara afilada, nariz aguileña y ojos pequeños, tenía algo de Aznavour. Yo lo había visto antes, no sabía dónde.

-Le apetece tomar algo- No era una pregunta, y cogiéndome suavemente del codo me llevó a una salita de reposo, vacía. Me sirvió un café con una gota de leche y sin azúcar,  ¿cómo sabía mis gustos?- Me alegro que pueda ya irse del hospital, que ya esté bien.

-Muchas gracias, pero no entiendo…- estaba perplejo.

-Mire- hablaba despacio, con dulzura- la noche pasada tuvimos el placer de tenerlo entre nosotros. La verdad es que usted se coló, pero no importa. Somos una asociación de ayuda a enfermos terminales un poco peculiar, les intentamos animar de manera especial a quienes el psiquiatra, el cardiólogo y el sexólogo nos indican; son pacientes cuya vida, excesos o defectos, sugieren una especial terapia con grandes beneficios anímicos. Son cuidados paliativos específicos para personas que fueron adictas al sexo, o que al menos que tuvo mucha influencia en su vida.

-Entiendo. No se preocupe por mí, no diré nada de mi dulce experiencia.

-No, no es eso lo que quería de usted. Le pido su colaboración, le ruego que se junte al grupo y colabore con nosotros como cuidador. Se lo ruego, es solo una vez por semana.

-Yo no sirvo, no sé. Podrían ustedes contratar a profesionales…

-No diga tonterías- cortó un poco disgustado-Esto es solidaridad, además, se imagina el dineral que costaría contratar a hombres y mujeres para esta función. ¡Por Dios! Y por si fuera poco, nuestro secreto volaría a las dos semanas. Una vez tuvimos una colaboradora profesional, que fue paciente, y nos revolucionó el gallinero, se creció con su afición y alardes. Nunca más. La asociación somos médicos, familiares, limpiadores, taxistas, camareros…cualquier persona solidaria nos sirve. Vamos hombre, inténtelo.

-No sé, no sé- flaqueé.

-El próximo miércoles a las doce de la noche le espero en este mismo hall. No necesita traer nada ni vestirse de manera especial, le daremos una bata. Nos basta con su presencia. No tema, y si me necesita me puede encontrar en Urología, de donde usted sale ahora y sé que está usted muy bien. Bienvenido a ASET: Atención sexual a enfermos terminales-aclaró.

Salí un poco aturdido, era la primera entrevista de trabajo que me contrataban a la primera. Miré hacia el kiosko de revistas y, desde lejos mi cuidadora de una sola noche me dio la bienvenida con una sonrisa cariñosa y una bajada de ojos aceptándome.

¡Anímate!

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