EL REGALAZO

  De mi libro   Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones                                                              

Tocó el timbre suavemente, sin apenas apretar, como si pudiera regular la intensidad al pulsarlo. Tenía las llaves del piso de Sandra hacía ya más de un año pero prefería siempre anunciarle su llegada para respetar la intimidad de su amiga. Ella abrió la puerta con fuerza y, sin mediar palabra, se lanzó a su cuello al grito de “feliz cumpleaños”. Estuvo largo rato de puntillas colgada de él, abrazada y llenándolo de pequeños besos, ajena al vecindario que, hasta hace poco, tanto les había preocupado. Lo fue llevando adentro con pequeños pasos hasta que pudo empujar la puerta con la punta de su pie izquierdo.

Eran poco más de las tres de la tarde de aquél doce de Junio y Madrid comenzaba a sentir la proximidad de un verano caluroso. Sandra había puesto la mesa en la terraza que daba al Paseo de la Habana, cubierta por un toldo a rayas rojiblancas. No faltaba detalle, el mejor mantel, una magnifica vajilla, flores y hasta velas a pesar de la luz cegadora del sol.

-Cincuenta años no se cumplen todos los días- recurrió al tópico para justificar el sofisticado menú: ostras, foie y caviar.

-Te has pasado- Adrián protestaba cariñoso mientras le ayudaba a llevar el frío menú a la mesa.

-Y tu vino preferido: un Mosela helado.

Adrián trabajaba como redactor en la agencia EFE, en la sección internacional, lo que unido a su simpatía le hacia un tipo interesante y ameno. Era alto con andares perezosos, gafas y pinta de intelectual, moreno y agradable sin ser guapo, normal. Su amigo, Eduardo, era el médico de empresa, una mala compañía según se mire: no bebas, no fumes, no comas. Una tarde que fue a su despacho encontró en su lugar a una médica  morena con melena a lo “paje”, más bien pequeña, guapa de cara, con algunos kilos de más y pasada la cuarentena. De cualquier manera la prefería a su amigo, aunque la sustitución era solo por un mes.
Después de mirar sus dedos artríticos le dio una pomada, dos consejos, un volante para hacerse una analítica y una cita tres semanas más tarde. Le gustó aquella persona de ojos sonrientes, cara de buena gente y afable. Sin embargo, olvidó su cita y cuando volvió a la consulta lo atendió de nuevo Eduardo con sus enormes ojos que solo lucen los hipermétropes.

Meses después, una tarde fría de febrero, se encontró con aquella mujer en el café frente al edificio de la agencia. Ella lo saludó desde la barra y él intentó disimular su despiste dándole dos besos en las mejillas como si la conociera.

-Me alegro de verte- mintió.

-¿Cómo estás?- En ese momento Adrián entendió que la pregunta era más profesional que amistosa, solo le faltaba la bata blanca, ¡era la médica interina de empresa! Ella pasó por alto el fallo.

-Bueno, algunos días me duele, sobre todo la mano izquierda. Pero, qué tonterías estamos hablando. ¿Te puedo invitar a tomar un café?

Estuvieron un rato, de pie, charlando relajados. No podían ser más distintos, la altura de él hacía todavía menor la estatura de ella, el afán cultural de Sandra y su pasión por la lectura contrastaban con la afición al deporte y al aire libre de Adrián, sus fuertes vínculos familiares eran extraños para una soltera sin hijos… Sin embargo, hubieran seguido tomando cafés apoyados en la barra de cualquier bar disfrutando de su mutua compañía.

-Gracias Adrián, tengo que marcharme. Permíteme un consejo: no te vendría mal unas sesiones de acupuntura. Créeme.

-He probado tantas cosas…

-Delante de ti tienes a una médica de empresa, de familia y acupuntora. Pásate un día por mi casa, vivo aquí cerca, y verás qué alivio. Que sea por la tarde, por la mañana estoy en el clínico.

-Vale pero este mes hago el segundo turno y salgo a las nueve de la noche.

-No importa, vente mañana cuando acabes. Estas cosas cuanto antes mejor – Y sin  mediar más palabras le anotó su dirección en una servilleta y salió deprisa. El no supo qué decir y, lo que era peor, todavía no recordaba  su nombre.

Adrián no era un hombre que fantaseara con aventuras, al contrario; cuando oía que alguien tenía un lío, le parecía de mal gusto y, sobre todo, sentía una enorme pereza ajena. ¡Qué horror!- pensaba – dar conversación intencionada, contarle tu vida, hacerte el gracioso, escuchar con interés…No entendía cómo alguien podía disfrutar con tanto trabajo y jactarse de ello, ni en broma. Sin embargo, cuando ese día, después de cenar, comentaba con su mujer las noticias de la jornada, obvió deliberada e instintivamente las nuevas expectativas para su artrosis. Algo le inquietó.

Se extrañó que, a esas horas de la noche, le recibiera con la bata blanca y  tratara como un verdadero paciente, que es lo que era, pero tal vez había fantaseado inconscientemente. Su casa era clásica, con muebles caros y alfombras mullidas que no dejaban ver el suelo. Directamente le pasó al despacho; él comenzó a remangarse y a ofrecer sus manos.

-Desnúdate totalmente, túmbate boca arriba en la camilla y cúbrete tus pudores con ésta toalla- le ordenó sonriendo y dándole la espalda.

Clavó agujas en sus orejas, brazos, pecho, muslos y pies; lo hacía con sumo cuidado, sin apretar, justo pinchaba, hacía girar el “rejón” y dejaba que colgara. Bajó las luces y le pidió que estuviera quieto durante treinta minutos. Ella se sentó a su lado y charlaron de su juventud, sus estudios, inquietudes y hasta pasiones. Sandra dejó de hablar un rato, su perfume se hizo más intenso y, sin guantes, comenzó a quitarle uno a uno los alfileres empezando por la frente. Lo hacía lentamente, con mucha suavidad y comenzó a jadear cuando ya estaba desarbolando el pecho.

Quedaban todavía los pies por limpiar, cuando, sin mediar palabra, se subió ágilmente a la camilla y se sentó a horcajadas encima de él. Le quitó la pequeña toalla que cubría su erección y se separó el tanga ya húmedo.

-Sandra, sólo quería decirte que lo de ayer fue maravilloso, que me encuentro fenomenal y que me encantaría seguir con el tratamiento- Adrián, todavía aturdido por lo inesperado y eficaz trato de su acupuntora, vomitaba por teléfono su recuperada pasión.

-Gracias a ti, Adrián. Eres un buen paciente, así da gusto ejercer.

-De eso quería yo hablarte, qué te parece si vuelvo ésta noche, al salir.

-Yo creo que hay que espaciarlo una semana. El cuerpo debe recuperarse y ansiar curarse- dijo con humor.

-Hombre, una semana es demasiado; bueno, es la opinión del paciente, lo que usted diga doctora, no quiero contradecirla.

-Espera Adrián, tengo que decirte algo. Soy doctora, sí, pero no acupuntora- se hizo un largo silencio y continuó- si has mejorado de tu dolencia será por autosugestión o, mejor, porque necesitabas un buen polvo y desentumecer tus manos tocando un estupendo culo, el mío.

-No me digas… – se oyó susurrar a Adrián.

-Tranquilo, he visto hacerlo muchas veces y no iba a hacerte daño, pero desde luego no creo que llegara a curarte. Te cuento todo esto para decirte que puedes seguir con el tratamiento el próximo miércoles a la misma hora.

Cada semana de cada mes celebraban su encuentro como lo que era: una gran fiesta. La cena, siempre de capricho, servida de la mejor manera y con los vinos más adecuados; solo seleccionar el menú era ya un placer, el preámbulo de una noche especial, mágica, emocionante. Las conversaciones eran intensas, a veces íntimas, otras culturales, políticas y muchas nostálgicas. Alrededor de las velas se confesaron sus defectos, éxitos y errores, pecados y virtudes, aventuras y sueños, viajes y deseos…Su relación fue solidificando una amistad estable y honesta, ambos necesitaban encontrarse para descargar sus inquietudes y problemas, comentar los avatares profesionales o políticos, confesar sus agobios económicos o desencuentros con amigos o familiares, era en suma una mutua terapia que se hizo imprescindible en sus vidas.

Claro está, sin olvidar el origen de su relación: el sexo. Ella supo excitarlo con sus inconfesables fantasías mientras le mordisqueaba y chupaba sus orejas, a la vez que Adrián le decía obscenidades que aceleraban y prolongaban sus múltiples orgasmos. Lograron ayudarse con juguetes eróticos y pelis porno, conjugaron ternura con violencia, ataduras y disfraces…consiguieron mantenerse en la cresta de la ola. Y lo tenían fácil, eran lo suficientemente inteligentes como para no exigir al otro lo que no podía darles; Sandra tenía su vida profesional y social, rica y equilibrada y, cómo no, también surgió algún pretendiente.

Todo lo comentaban en su cena semanal pero sin compartirlo, era solo virtual; sin embargo, lo inevitable: celos e inquietudes, aparecían en forma de cosquilleos o ceños fruncidos que los dos se apresuraban a mitigar conscientes del enorme valor que suponía tener en el otro un refugio seguro e íntimo que, paradójicamente, equilibraba y estabilizaba la vida de cada uno de ellos.

Por su parte, Adrián disfrutaba de una vida familiar idílica, rodeado de sus hijos, a los que se dedicaba con fervor, y de su mujer, Paola, vital e independiente. Temía reconocer que era más feliz con su mujer desde que conoció a Sandra, la miraba de reojo en las cenas con su grupo de amigos y admiraba su sinceridad, simpatía y cultura, aunque se mantenía entre ellos la ausencia de complicidad a pesar de compartir la inquietud por sus hijos, deportes y mucha vida social. Sus escasas relaciones sexuales no se vieron alteradas por la aparición de la tercera persona, más bien al contrario, Adrián seguía deseándola y buscándola, lo que ocurría una vez por semana, los sábados naturalmente, si Paola no lo evitaba. En estos casos Adrián tenía un cabreo interior enorme que duraba hasta que volvía a encontrar a su mujer, lo que, cínicamente, justificaba su relación con Sandra.

Este miércoles cambiaron la cena por comida con siesta para que Adrián pudiera celebrarlo con su mujer, “c’est conça” decía Sandra resignada. Era una mujer muy clara y nada complicada; sabía las limitaciones de su relación, las acataba y animaba a su amante a respetarlas.

– O esto o nada- decía cuando veía flaquear a su coyuntural pareja por celos o por pereza para salir de su cama a media noche- Era ella la que luchaba por mantener viva esta relación, argumentando que lo que les daba era tanto que superaba con creces el cansancio, la mentira y la inquietud. Paradójicamente les aportaba a los dos un equilibrio que jamás hubieran sospechado encontrarlo en sus encuentros furtivos.

Estaba ya entrando en su urbanización y repasaba mentalmente el plan para esa noche; quería sorprender a su mujer, Paola, con una buena cena y  había reservado mesa en el “Txirla”, luego irían a escuchar jazz al Motta como en sus buenos tiempos y, por supuesto, pretendía seducirla como entonces.  Era una mujer magnífica, morena con ojos negros rasgados, labios y nariz perfectos, hombros redondos para un cuerpo estupendo… ¡Pero qué coño hacía siéndole infiel! Era la primera y la última vez, pensaba siempre al volver a casa después de estar con Sandra, se arrepentía, se flagelaba, se inquietaba…pero al día siguiente anhelaba sus fugaces encuentros semanales. Era un péndulo.

Aparcó el coche frente a su puerta sin meterlo en el garaje, saldrían enseguida. Le extrañó el silencio absoluto de su casa, ni tan quisiera Rufo ladraba. Llamó inútilmente a su mujer, a sus hijos; nadie contestaba. Iba a subir al primer piso cuando, de repente, se encendieron todas las luces y al grito de “felicidades” aparecieron por las puertas que dan al hall todos sus amigos, familiares, vecinos y compañeros de trabajo. Era una riada de personas que se turnaban para abrazarlo, empezando por su mujer que lo hizo bajo el tronar de los aplausos; no pudo contener la emoción. Por supuesto que cantaron “Cumpleaños feliz” en varios idiomas y “Es un muchacho excelente”.

Paola no era conocida por sus derroches pero, esta vez, no tuvo límite: catering de nivel en lugar de utilizar su propia cocina, champán francés sin tonterías, carpa alquilada en el jardín y música seleccionada de los ochenta, hasta la noche parecía haberse elegido… la celebración lo merecía. Las mesas, sillas y sofás del jardín estaban dispuestas en círculo de manera que mantenían al grupo compacto, entero, unido como era. Él pensó que era el hombre más feliz del mundo, rodeado de su familia y sus amigos más queridos en su propio hogar, ¡qué más podía pedir ¡

La fiesta estaba en su momento álgido, con platos vacíos y copas llenas, cuando una señora bellísima, joven, morena de pelo corto, ojos oscuros, labios rojos, con un vestido negro ceñido y tacones altos, hizo su aparición en medio del cuidado jardín. Era tal la impresión que causó que, inevitablemente, el parloteo se redujo a un rumor de donde escapó la típica expresión machista a pesar del entorno familiar: ¡vaya regalazo! Sugirió un vecino.

La belleza levantó su copa de champán y propuso un brindis:

-Por Adrián. Para que seamos felices- La mayoría brindó con ella entre curiosos y divertidos, esperando saber más de aquella desconocida. No tuvieron que esperar mucho.

-Me llamo Sandra- Hizo una larga pausa para disfrutar de la expresión interrogante de un público absorto y silencioso- Me ha costado mucho decidirme a venir en este momento, pero he creído muy conveniente aprovechar que estáis prácticamente todos los más próximos a Adrián para, ya que él no se atreve a decíroslo, anunciaros que soy su pareja, que nos queremos hace ya unos años. No sé, llamarlo como queráis, la amante, me da lo mismo. Ya lo sabéis. Eso quería deciros- Y bebió su copa de un trago sin apenas moverse, después de lo cual se sentó hundida.

-¡Es una broma! Dónde está la cámara oculta- gritaba Adrián agitando los brazos medio sonriente, medio angustiado-Qué tontería está diciendo- insistía- ¿A quién se la ha ocurrido semejante idiotez? No tiene ninguna gracia – Tuvo un fugaz recuerdo para la verdadera Sandra y no pudo evitar desear que fuera tan estupenda como la escandalosa que la suplantaba ahora. Iba de un lado a otro protestando, buscando al bromista entre sus amigos, interrogando con la mirada a su más íntimo, Eduardo, sin obtener respuesta. Hasta que se cruzó con la expresión horrorizada de su mujer.

Todos los que allí estaban  sonreían confundidos y expectantes, sin perder un ápice de la grotesca escena y, todavía, sin descubrir si presenciaban un drama o una comedia. Al no encontrar respuesta entre sus amigos y familiares, el cumpleañero nervioso y confundido, se volvió hacia su supuesta amante.

-Mire, le agradezco su participación en esta broma, pero necesito que termine ya, por favor- Sudaba nervioso con una mueca de sonrisa. Insistía con su mirada en descubrir al causante de tan siniestra ocurrencia que ya estaba haciendo mella en su familia.

De pronto, Rosa, la hermana de Adrián, se levantó garbosa agitando sus anchas caderas, dejó su copa de brindis en la mesa y con determinación cogió del codo a la protagonista del enredo intentando levantarla:-Venga. Vale ya, se está usted pasando-

-¿Que yo me estoy pasando? Te reconozco Rosa y me asombra que seas tú quien pretenda poner fin a la verdad, a la transparencia y sinceridad; y no me extraña después de tantos años ocultando lo tuyo.

-¿Lo mío? ¿De qué coño hablas, imbécil? -Gritó encendida y agresiva.

-¡Pues claro que hablo de tu coño! Nadie se cree que “cuides” tanto tu casa de La Sierra; tanto ir y venir…Todos saben que el pastor “pasta” entre tus piernas.

-¡No es pastor, es ganadero!

-Mucho peor. Más cuernos.

Con enorme dificultad se incorporó de su silla hundida Andrés, el marido de Rosa, y con la cara hinchada y roja- no de la vergüenza sino del alcohol- y gritó a su mujer: “Puta, más que puta”

-Vaya hombre- le encaró Sandra- Ahora resulta que después de toda una vida follando y bebiendo por todas las esquinas, vas a condenar a tu mujer por una ilusión que, en el fondo, tu fomentaste porque te convenía mantenerla alejada. Con ese bigote de marsopa casposa…

-Que alguien llame a la policía- sugirió el padre de Adrián.

-Buena idea- La morenaza bajó la voz, ya no era necesario gritar, la expectación había creado un silencio tal que no se oía ni pájaros, ni grillos ni música alguna; tan sólo el jadear de pechos inquietos azorados por lo que acababan de escuchar y temerosos de lo que podría ocurrir.

– Muy buena idea- insistió- Harían una magnífica redada y hasta, quién sabe, podrían interesarse por cualquier Técnico de Fomento capaz de transformar un sueldo de funcionario en una buena fortuna y, por favor, no nos hable de herencias- el hombre aludido buscó interrogante y asustado la mirada de su hijo.

El grupo comenzaba a dispersarse discretamente entre la vergüenza ajena de lo escuchaba y el temor a que se publicaran sus secretos que, al parecer, no lo eran para la asombrosa amante de Adrián.

-Por favor, acompáñeme- Murmuró Eduardo a Sandra, empujándola suavemente por la cintura- Pero qué está pasando aquí- dijo pensativo y hablando consigo mismo.

-Pobre Eduardo. Siempre fiel y leal amigo, tanto que te enamoraste de su mujer, Paola, sin confesarlo. A lo mejor te conviene que haya destapado todo este bodrio. Yo me voy con mi amor y tu consuelas al tuyo- El aludido soltó a su presa al quedarse petrificado, por el descubrimiento o por la sugerencia. Ni tan siquiera insistió más en que abandonara el recinto, fue él quien, aludido y desconcertado, se retiró cabizbajo.

Solo las chispas de las velas recordaban que hacía poco menos de media hora aquel lugar fue el encuentro feliz de un cumpleaños. Las sillas estaban casi todas vacías y alguna caída, los platos y copas desordenados en la mesa y el césped, todavía quedaba alguna ropa olvidada y los más rezagados abandonaban el jardín evitando temerosos a la peligrosa belleza. Los vecinos de la casa de al lado se alejaban con paso corto cogidos del brazo mirando al suelo y la mujer no pudo evitar decir a la escandalosa amante: “Arpía”

-¡Vete ya miserable!- gritó Sandra levantando la voz para que la oyera toda la urbanización- Seguro que te llevas algo, toda la vida robando a los vecinos: leña, carbón, agua y hasta electricidad. ¡Miserable!- Insistió mientras el matrimonio aceleraba el paso y se empequeñecía.

Se volvió con ternura hacia los tres que todavía permanecían sentados: la mujer y dos hijos de Adrián. Ella estaba en el centro agarrando las manos de sus atónitos hijos, sosteniéndoles y animándoles. “No pasa nada “-decía.

-Es cierto, no pasa nada- Reiteró Sandra- Lo siento muchísimo pero tenía que hacerlo, es mejor así.- Dijo acariciando la cabeza de la niña, que no parecía muy afectada, sino más bien divertida.

Dos días más tarde, al fondo de una cafetería estaban sentadas frente a frente Paola, la mujer de Adrián y “Sandra”.

-Estuviste magnífica, insuperable. Nadie dudó que tú fueras la auténtica amante de mi marido. Además te ibas creciendo y cada vez más metida en tu papel. No sabes cómo disfruté, me costaba poner la cara de circunstancias. Bueno, no me podía aguantar con lo mi cuñada, qué imbécil. Con mi suegro te pasaste, eso no estaba en el guión, aunque, bien pensado, no le vino nada mal. ¡Qué caña!-

-Oye, tu marido no dijo ni “mu”. Estaba blanco. Casi ni reaccionó o se defendió poco. Yo, en su caso, me hubiera tirado al cuello. Lo que hace la mala conciencia.

-Bueno, todo está bien. No quería que ese cabrón quedara como un marido ejemplar después de lo que me ha hecho sufrir…Vengo de estar con mi abogado para tramitar ya el divorcio y aquí tienes tu dinero, que te lo has ganado con creces- Dijo pasándole un sobre.

-Gracias. Ya sabes, si te va mal con tu nueva pareja no tienes más que llamarme. Hay una cosa que no me gustó- Añadió.

-Dime, por favor.

-Todos aquellos eran unos gilipollas. ¡Ninguno me reconoció! A mí, la mejor de las actrices.

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