Juanito Follanet

De mi libro Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones

Mi tía Chelo, amante de hombres y animales, nos llamó un día para informarnos- que no pedirnos- que acogiéramos a un perrito abandonado mientras unos amigos suyos, que serían los adoptivos finales, volvían de vacaciones. Poco después de colgar el teléfono sin darnos opción a contestar, llegó a nuestra casa con el bicho.

 Hablaba sin parar diciéndonos cómo debíamos cuidar al animal durante la semana que estaría con nosotros y, mientras llevaba al perro asustado en el brazo izquierdo, con la mano derecha iba ordenándonos la casa, extendiendo el mantel, colocando el cojín, palmeando el sofá, alineando los libros… nada especial, sólo para decirnos que éramos unos guarros, era su manera de expresarse. Salió como había entrado, sin parar de hablar y moverse, contoneándose sin escucharnos y dejándonos  al perrito sin opción a elegir; eso sí, tuvo el detalle de traer su cesto a modo de cama y el pienso para unos días.

Nunca supe distinguir si un niño recién nacido es guapo o no y mucho menos cómo es un perro. La verdad es que tampoco nos dijo la edad del animal, podía tener meses o trienios, no teníamos ni idea, eso sí, era pequeño, enjuto, antiguo (blanco y negro), ojos saltones e inquietos, el izquierdo blanco y el derecho negro, morro largo, boca grande y sonriente (modelo hiena), pelo y rabo corto. Debió intuir que nos era indiferente, enseguida se buscó la vida, entraba y salía a nuestro pequeño jardín cuando quería, se sentaba con nosotros en el salón a una prudente distancia viendo la tele, comía y bebía a su aire, no daba conversación pero tampoco ladraba, sólo roncaba de vez en cuando pero dormía lejos.

Como suponíamos, mi tía no dio señales de vida ni mucho menos los supuestos adoptivos del chucho que, por cierto, nos había dicho que eran ingleses. Ni eran ingleses ni tan siquiera eran. Mi tía siempre hacía lo mismo: nos dejaba un frigo en el trastero que supuestamente iba a retirar la semana siguiente, cogía prestado el cortacésped para un ratito y luego teníamos que ir nosotros a buscarlo, se llevaba unos libros que devolvería enseguida, nos invitaba al cine a ver una película que ya no estaba en el cartel, nunca volvíamos a ver los paraguas “te lo traigo mañana”… y, por supuesto, a los quince días entendimos que el perro era huérfano. Demasiado tarde, ya estaba integrado en nuestra casa y en nuestros afectos. Lo bautizamos en homenaje a mi tía: “Liante”.

Nuestra relación con el animal era muy respetuosa, él no molestaba nada y nosotros  le dejábamos hacer lo que quisiera, la prueba de su acuerdo es que nunca manchó en casa; no necesitaba marcar su terreno,  tenía todo el mundo abierto. En nuestra puerta principal hicimos otra giratoria de su tamaño para que entrara y saliera a su antojo. Este reconocimiento mutuo hizo aumentar nuestro afecto hacia él, esperábamos su vuelta con cariño y sentíamos el vacío de su ausencia cuando era prolongada.

Periódicamente se escapaba, el ciclo se repetía: se sentaba en el suelo cerca de nosotros y nos acompañaba en todo lo que hiciéramos, miraba con interés y mucha expresividad, se comunicaba y sonreía, nosotros le acariciábamos y hablábamos, íbamos juntos a la compra, a la playa, de paseo… formaba parte de la familia; al cabo de unos días ya no nos seguía tanto y se distanciaba, miraba por la ventana con melancolía y respiraba más fuerte hasta que desaparecía otra vez. Volvía a los días arrastrando el lomo derecho por la pared, la cabeza gacha y la oreja izquierda muy caída, exhausto, no nos miraba directamente, sólo de reojo; lo dejábamos dormir sin límite y después lo bañábamos y volvía a empezar su ciclo vital y familiar.

Un día que salimos a pasear con él por el barrio, corrió hasta la puerta de un jardín desapareciendo entre los arbustos, oímos ladridos cariñosos y jóvenes, luego nos llamó para que nos acercáramos y descubrimos su secreto: junto a él estaba una coker canela de pelo largo y lacio, limpia y altiva, preciosa, parecía que pestañeara, rodeada de cinco cahorritos. Lo asombroso era que los cachorritos tenían el cuerpo rubio-caramelo de su madre pero la cara calcada de nuestro perro: morro largo, boca grande sonriente, ojo izquierdo blanco y el derecho negro…, eran igualitos. Liante acarició a todos sus cachorritos y se despidió zalamero del bellezón. Nosotros hicimos ademán de que se quedara pero continuó nuestro paseo mirando, eso sí, de vez cuando hacia atrás.

Semanas más tarde fui a la compra, en la puerta del supermercado estaba atado un perro, me dio pena (mi sensibilidad por los animales ha cambiado con “Liante”) y me acerqué. Me quedé petrificado, era un setter bastante alto pero con la cara idéntica a nuestro perro: morro largo, boca grande sonriente, ojo izquierdo blanco…Volví a casa entre divertido y preocupado, hablé con mi marido Vicente por teléfono y le anuncié que teníamos un “Don Juan” en casa con mucho ascendiente y descendiente en el barrio. En ese mismo instante decidimos olvidar las virtudes de mi tía y cambiar el nombre de “Liante” por el de “Juanito”, pensamos que eso no iba a confundir demasiado a nuestro perro si era capaz de tanta dispersión. Empezamos a pensar en serio si no teníamos una responsabilidad civil o una obligación de copago en veterinarios y vacunas, que es un pastón.

Nos temíamos lo peor de Juanito que seguía con su vida libertina ajeno a nuestra preocupación. Las cosas se fueron complicando mucho, vimos a otros “Juanitos” por el barrio y un poco más lejos de él, paseábamos mirando a todos los perros temerosos de encontrar más huellas de su buen hacer. El clímax llegó cuando andando llegamos a la altura de una señora con un magnífico pastor alemán de lomo bajo y pelo largo, instintivamente al pasar miramos su cara y casi nos da un mareo al reconocer a “Juanito”: morro largo, boca grande sonriente…absolutamente increíble, pero cierto. Desde allí mismo llamamos al veterinario y fuimos a verlo directamente.

-¿Y el perro?- preguntó al vernos llegar solos.

-Venimos a ver al terapeuta que hay en ti, no al veterinario- Le contamos lo que nos sucedía con disimulada inquietud- ¡Estamos llenando la zona de “Juanitos”!

-Ya lo creo, no quería alarmaros pero hace una semana vino a mi consulta un señor visiblemente cabreado con tres cachorros de galgo con la cara de vuestro “Juanito”. Le había costado una pasta y solo la cruza con perros de su misma casta. No lo entiende y ni yo mismo me explico cómo vuestro perro ha llegado hasta ella, literalmente porque está muy protegida y porque es muy alta. Vuestro perro es un astuto acróbata y, entre nosotros, un follador empedernido.

Nos quedamos los tres pensando sin decir nada, nuestro amigo veterinario al vernos tan aturdidos nos avanzó algunas propuestas:

-Hombre, por poder poder…podíais tenerlo siempre atado y encerrado.

-¡Descartado!- gritamos al unísono mi marido Vicente y yo.

– Sería la cárcel para él, un castigo muy injusto para tanto placer que ha dado-añadí.

-La alternativa puede ser esterilizarlo. En cualquier caso, os convendría tenerlo alejado del barrio una temporada, el tema está generando inquietud entre mis clientes más sofisticados con perros de pedigrí excelentes. Cualquier día ofrecen una recompensa por Juanito.

Nos fuimos cabizbajos en profundo silencio meditando el futuro de nuestro muy querido perro que le acababan de dar un apellido: “follanet”, Juanito Follanet, ahí es nada.

No habíamos andado doscientos metros cuando sonó el teléfono, era de nuevo el veterinario: “Se me ha ocurrido que podéis ganar un pastón en el campo de la investigación, cualquier farmacéutica estaría interesada…, podían crear una nueva raza, o repoblar un área con Juanitos- se estaba jaleando él solito- y no digamos nada el éxito que tendría en China..”

-Mejor le compramos una careta- contesté y le colgué el teléfono.

Entramos en casa y nos encontramos a Juanito en medio del salón, sentado y mirando hacia la puerta, estaba claro que nos estaba esperando, tenía la mirada interrogante de quien exige una explicación. Le había desaparecido la mueca sonriente.

Nos sentamos los tres en la alfombra y hablamos. Un par de caricias y cuatro revolcones bastaron para recuperar nuestro ánimo y la sonrisa. Convenimos que la esterilización era la solución menos mala, aunque meterse en un quirófano…

Al día siguiente bajamos a desayunar y ya no estaba nuestro perro. Había recomenzado su ciclo, pensamos. Era una buena noticia, tal vez quisiera despedirse y pegarse una última farra. Pero, para qué engañarnos, el vacío que había dejado Juanito esa mañana nos decía que esta vez no iba a volver, se había ido su espíritu. El tiempo lo confirmó, no volvió más. Tal vez no quiso crearnos problemas, le dio miedo la operación o no quería la responsabilidad de cientos de hijos con su misma cara. El desconsuelo fue enorme.

Un día llamó mi tía excitadísima:

-¡He visto a vuestro perro en la tele! Estaba precioso- silencio.

Encendimos nerviosos el televisor en el canal National Geografic y ahí estaba él en un primer plano: morro largo, boca grande sonriente, ojo izquierdo blanco y el derecho negro…en Estados Unidos, había logrado no entendimos bien qué hazaña; de pronto otra escena lo situaba en Perú colaborando en una operación de rescate después de un terremoto, de seguido lo vimos saltando en medio de olas gigantes con un cabo en la boca desde un barco de salvamento a una patera llena de emigrantes, más tarde husmeaba maletas en Orly …

Hicimos muchos intentos para localizarlo, nos gastamos un pastón en llamadas, viajes y hasta contratamos un detective, pero nunca pudimos saber quién de todos era nuestro Juanito. Es probable que ninguno de aquellos héroes y que ahora esté paseando con su boca grande sonriente por cualquier barrio. Él a lo suyo.

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