Madagascar

SU DIFUNTO HERMANO

Relato del libro Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones

Hasta hace unos meses yo sabía poco de Madagascar: podía situarla geográficamente al sureste de África, alguna vez había leído que la enorme  isla tiene una fauna y flora únicas, y la imaginaba como un nido de piratas y corsarios en el siglo XVI bregando entre portugueses, españoles e ingleses en el Océano Índico; confieso que pensaba erróneamente que todavía se hablaba portugués, fruto de aquella época.

Un día conocí en una cena a un tipo que buscaba comprar camiones de segunda mano, no un camión sólo, digo bien: camiones. Me llamó tanto la atención que me colé en su grupo para participar en la conversación y escuché que pretendía exportarlos a Madagascar, supuse que la flota tenía como destino una empresa de transporte. Ya avanzada la noche, reducido el público e incrementadas las copas, el individuo se creció, concretó más el modelo de camión que pretendía adquirir y farfulló que los vehículos debían transportar madera.

El aspecto fanfarrón y negrero de aquella persona me producía por una parte rechazo y por otra curiosidad. Así fue cómo empecé a informarme sobre la apasionante historia, diversa cultura, riquísima fauna, pobre economía y peculiares recursos de Madagascar. Enseguida encuadré al contertulio camionero con la deforestación masiva y el comercio ilegal de madera en aquella isla, imaginé al moderno pirata gobernando una flota con ruedas y derribando árboles “palo rosa” de valor incalculable, cuya tala está absolutamente prohibida, aunque en la práctica se sigue expoliando con cierta permisividad.

Me interesó tanto aquel país que quedé atrapado por mis fantasías y al mes estaba buscando vuelos desde Paris a Antananarivo que cuadraran con mis vacaciones y mis limitados recursos. Pretendí ir por libre como otras veces pero pronto desistí, es un país tan diverso y rico que, solo, es imposible llegar a sentirlo en tan poco tiempo; por otra parte, me dijeron que las distancias son enormes, no tanto medidas en kilómetros sino por el tiempo que se tarda en recorrer algunos tramos cuyas carreteras son caóticas.

 Me eché a los brazos de una organización local que, al menos, te garantizaba el transporte y hospedaje en los destinos que me había marcado. Descarté recurrir a aquél bucanero que, al final, me dio su teléfono, no era sólo una cuestión de falta de afinidad, tampoco me fiaba de lo que contaba ni de su aspecto. Sin embargo, le agradecía que me hubiera sugerido este destino.

Unos días antes de mi marcha me llamó José, un buen amigo mío, proponiéndome tomar un café para hablar conmigo. Se había enterado de mi proyecto, todavía no sé cómo, y quería pedirme “un gran favor”. No quiero ser desconsiderado pero, como norma, prefiero viajar sólo, percibo otras sensaciones, estoy más centrado en el país que visito y la intensidad de lo que vivo es mayor;  acompañado aprecio la mitad.

-No sé si sabrás que tuve un hermano misionero seglar en Madagascar- empezó diciendo en tono confidencial y temí que quisiera acompañarme – Cientos de veces le prometí visitarlo y otras tantas me surgieron compromisos, excusas, para no cumplir mi palabra. Sin embargo, yo le mandaba dinero y recaudaba fondos entre empresas y conocidos para mantener su misión en aquel lejano país- aclaró justificándose.

-Nunca encontré el momento para visitarle y mi querido Lucas falleció. Siento cierta angustia por no haberlo hecho y ahora ya no tengo ni fuerzas ni ganas- continuó compungido y con enorme secretismo.

Yo le quería mucho a mi amigo y me enternecía con qué admiración y amor hablaba de su hermano, pero  todavía no entendía por qué me hacía semejantes confesiones.

-Me hubiera gustado visitarlo aunque sólo fuera en su tumba, pero ya soy muy mayor para ese viaje, perdí la oportunidad e incumplí mi promesa- se acercó un poco más todavía- Quiero pedirte un gran favor, quiero que vayas a conocer la misión en la que trabajó, la casa donde vivió, el pueblo que seguro le quiso, el lugar donde ahora descansa…, y me lo cuentes a tu regreso. Lo necesito- Por supuesto que le prometí que lo haría, eso y lo que hiciera falta aunque me costara un Congo. Entonces no sabía todavía lo que eso significaba.

No fue nada fácil localizar la aldea de Karala, donde supuestamente estaba la misión en la que colaboraba Lucas, por fin la encontré en el mapa con la ayuda de mi amigo, en el centro del país, a unos 120 kilómetros al sur de la capital, en el territorio de Los Meliva. Contacté con la agencia que había organizado el viaje y tuve que modificar ligeramente mis planes, retrasé dos días el inicio de mi tournée por el país para cumplir con mi promesa cuanto antes (fuera agobios) y disfrutar después plenamente de mi estancia en la gran isla.

Al amanecer del día siguiente de mi llegada a la capital -Antananarivo- pude contratar un todo terreno para que me acercara a mi destino, digo bien acercar porque el chófer no quería llevarme hasta la misma aldea y acepté que me dejara en otro pueblo a unos diez kilómetros de la misión, me parecía incomprensible pero asumible. Pensé que el conductor querría volver pronto a casa, que tendría otro servicio o que seguiría otra ruta.

Al principio la carretera era buena pero pronto entramos en unas pistas entre arrozales con enormes baches que martirizaron mis riñones. Tardamos cinco horas para hacer poco más de cien kilómetros y todavía no habíamos llegado. El permanente olor a canela lograba por sí solo paliar el suplicio de mi desventura. Había calculado estar a mediodía en la misión, pasar la tarde hablando con los que conocieron a Lucas, visitar su tumba y los lugares donde trabajó, para volverme temprano al día siguiente a empezar mi vuelta por Madagascar.

El tipo con su viejo Land Rover , el potro de tortura, me abandonó a las puertas de un poblado desolador, tampoco quiso comprometerse a recogerme al día siguiente lo que hacía añicos mis previsiones y no tuve más remedio que dejar mi vuelta en manos de los compañeros del finado Lucas. Preocupado, lo vi alejarse entre nubes polvorientas después de beber un trago de agua de una especie de botijo.

Comí dos plátanos y bebí una coca-cola en uno de los puestos ambulantes de la calle mayor y única; no tuve el valor de comer nada de lo que ofrecían los vendedores ambulantes. El viaje me había dejado roto. El idioma era malgache pero me hice comprender en francés con un grupo de sonrientes negros mayores que, como en cualquier lugar del mundo, descansaban sentados a la sombra de un enorme y frondoso árbol.

Muchos de ellos negaron saber dónde estaba la misión y todos desconocían quién era Lucas, por un momento creí que me había equivocado de poblado hasta que uno de ellos se levantó pesadamente apoyado en un palo y me indicó con su mano cuarteada la dirección del lugar. Señalaba la entrada al exuberante bosque que amenazaba con tragarse al pueblo.

Por supuesto que no logré un medio de transporte que me aliviara los diez kilómetros que todavía tenía que recorrer, en otras circunstancias no me hubiera importado hacerlos andando, en total no eran más de tres horas a pie. No me sentía Tarzán y renuncié a hacerme el valiente adentrándome en una selva, por muy protegida que fuera, donde debían abundar los lémures (parecidos a los monos) y reptiles.

Me  senté a las puertas de la ancha pista que se adentraba en el bosque esperando a que pasara cualquier vehículo o persona con quien ir acompañado, ni de broma me metía sólo en esa jungla desconocida. Ya había pasado media hora, las promesas a mi amigo llevaban tiempo tambaleándose y empezaba a hacer planes para abandonar cuando oí el ruido lejano de un motor.

Tuve serias dificultades para subirme al camión verde oscuro cuyas ruedas eran enormes, el conductor de rasgos malayos me invitó sonriente a subir y no cambió la simpática mueca durante el recorrido. Decía que sí con la cabeza a todo, incluso cuando le pregunté por la misión y cuándo era la época de lluvias. Siempre sí, sonriente.

Es probable que, si no fuera por el miedo que tenía, hubiera llegado antes a pie; los baches eran cada vez mayores, verdaderos socavones, y para empeorarlo encontramos con frecuencia ramas atravesadas en el camino. Entonces entendí por qué se negaba a seguir hasta la misión el Land Rover que me trajo. Sin embargo, el chofer del camión continuaba sonriente vadeando los hoyos y pasando por encima de los restos de árboles como si no estuvieran, dudo que supiera que el vehículo tenía marchas, íbamos siempre en primera.

En un momento dado paró, me dio a entender que el motor se había calentado y esperamos un rato. Lió un cigarrillo y rechacé su ofrecimiento, no sabía lo que fumaba y tenía el estómago casi vacío. Al rato se subió al capó del vehículo, levantó la tapa lateral y, ante mi asombro, meó con maestría el radiador en amplios círculos; cuando terminó me invitó a hacerlo yo también, entendí que necesitaba de mi colaboración y lo hice encantado aunque aquello desprendía un humo maloliente. ¡Pobre camión verde!

Continuamos dando saltos por la frondosa selva y, de pronto, se abrió un claro ante nosotros: aquello estaba “pelao”. Recordé las historias sobre la deforestación y comprobé que no eran leyendas, habían talado una especie de árbol dejando otros aislados o tumbados, rodeados de maleza y ramas muertas. A un lado del camino se apilaban los troncos seleccionados como cadáveres sin extremidades. Justo allí paró mi sonriente compañero de tan exhausto viaje y esperó a que me bajara, lo hice de manera acrobática, había olvidado lo alto que era el camión, me faltaron escalones y caí  al suelo en la soledad del bosque esquilmado con la misma vergüenza que si lo hiciera en la Puerta del Sol.

Tuve que andar quinientos metros más hasta llegar a la misión que ahora era un barracón adosado a una nave donde trataban la madera. No encontré ni la chabola redonda con techo de paja, ni la escuela de madera con una sola pared donde apoyar la pizarra, ni la monja seglar con el crucifijo en el pecho rodeada de niños negros amorosos pegados a sus faldas, ni el porche con la mecedora donde al atardecer Lucas y su amigo nativo charlarían amigablemente protegidos por una mosquitera mientras la selva rugía ante su indiferencia…Nada.

Tan solo dos negros corpulentos estaban en ese momento en la precaria serrería movida por un generador, donde cortaban los troncos al mismo tamaño a la vez que les quitaban la corteza, dejando al aire la preciosa madera rosada y brillante.

Les causé una evidente desconfianza que hicieron notoria ignorando mis preguntas sin tan siquiera mirarme. Tuve que gritar para hacerme oír, tapado por el ruido de la sierra y lastrado por mi dudoso francés. El más fuerte giró la cabeza cuando oyó que venía de España y lentamente fue hacia un poste lateral de madera donde desactivó el interruptor del sistema. Se giró hacia mí y me miró interrogante.

-Soy amigo de Lucas, el misionero. ¡La misión!- repetí tres veces vocalizando con exageración ante los ojos incrédulos del individuo.

– Yurí- gritó.

Al momento apareció un  individuo con rasgos orientales y color oscuro, no sabría calcular su edad pero estimo que tendría alrededor de cincuenta años. Saludó con la cabeza y me dijo sonriente:

-¿Cómo está usted? – Después de un largo silencio volvió a su idioma malgache, aunque demostró un buen dominio del francés. Comprendí que había estado en la misión y que conoció a Lucas.

Todavía de pie pude explicarles el objeto de mi viaje, con lo que desapareció la tensión inicial y surgió su innata hospitalidad. Prácticamente ya había oscurecido y la maquinaria no volvió a rugir, me invitaron a cenar. El barracón era diáfano, en un lado amontonaban ropa y algunos enseres, tenían una pequeña cocina a gas en un rincón, una mesa y unos bancos corridos por el perímetro del local.

Comimos arroz mezclado con carne en cuencos y cucharas de madera, poco me importaba si era caballo, mono o tortuga, tenía un hambre caníbal, bueno, no tanto, pero sí mucha. Los tipos parecían divertidos, curiosos y extrañados conmigo, el clima era propicio para las confidencias y aproveché  la segunda ronda de un alcohol peleón que bebíamos para intentar hablar de nuevo de Lucas.

Al parecer sólo Yuri llegó a conocerlo, hacía tiempo que había fallecido y…en este punto se levantaron y salieron a hacer pis fuera y yo con ellos, estaba claro que los alrededores eran el “baño completo”. ¡Cualquiera salía a medianoche!

Los tres llevaban potentes linternas, me hicieron gestos para que les siguiera y fuimos detrás de la nave. Enfocaron una zona e iluminaron los restos de madera de unas derruidas chabolas o barracas. “La misión” me dijeron con cierta ironía.

-¿Y el poblado?- pregunté incrédulo. Alumbraron el barracón y la nave, perfilando en la noche sus extremos y dándome a entender que estuvo allí. Volvimos al refugio.

-¿Cómo murió Lucas?

-Es una historia complicada- aclaró Yuri en su buen francés- Con las empresas madereras llegaron los problemas, no tanto porque talaran los bosques sino por la atracción que ejercieron sobre los habitantes de la zona. La misión se despobló y todos los jóvenes se fueron con ellos, ahora están trabajando en otras selvas del país, yo soy el único que resiste por aquí. Los viejos y las mujeres que quedan viven mayormente en el pueblo próximo por donde supongo que pasaste.

-Sí pero, ¿qué pasó con Lucas?- insistí.

-Se suicidó.

-¡Eso no es posible! ¡Un hombre tan religioso como él jamás cometería semejante error!- protesté.

-Yo mismo lo vi. Una mañana lo encontramos ahorcado. Se había colgado con una soga de un gancho de la pared. Se quedó de rodillas- aclaró.

-No entiendo. ¿Cómo puede un suicida quedarse ahorcado de rodillas?- yo estaba muy extrañado.

-Pues así fue- cortó sentenciando y dejando claro, por el tono, que no deseaba continuar aquella conversación.

Dormimos tumbados en los bancos corridos cubiertos con ligeras mantas y protegidos por mosquiteras. Ni una sola vez en toda la noche fui al baño a pesar de mis perentorias necesidades, solo al amanecer aproveché para seguir al primero que salió, era Yuri.

Pegado al él, y mientras hacíamos pis, le pregunté calladamente para que los otros no oyeran:

-¿Dónde está enterrado Lucas?- seguía pensando en cumplir con la promesa que había hecho a mi amigo.

-Mejor olvídalo. Primero estuvo cerca del camino que unía la misión con el pueblo, ahora aquél sendero es ahora una ancha pista cubierta de barro y ramas, sobre las que han pasado infinidad de camiones cargados con la madera que él pretendía defender. Qué ironía.

-¿Estás seguro?- dije asombrado.

-No lo sé. También circularon rumores que lo habían trasladado a otro lugar para hacerle el rito de “regreso a la muerte” que consiste en desenterrarlo cada siete años como una divinidad. Aquí fue muy admirado.

-¡Pero si era más cristiano que Cristo!

-No se trata de religión, es solo una tradición- aclaró y dio por finalizada nuestra conversación cuando el capataz le dio una orden gutural para empezar la jornada laboral.

Estaba sentado en un tronco cerca del camino esperando a cualquier vehículo que me acercara de retorno al pueblo. Meditaba aturdido intentando poner en orden mis ideas después de una noche tan sórdida cuando, de pronto, apareció un magnífico todo terreno plateado.

Los trabajadores se irguieron y me señalaron con la cabeza, intuí que era el capo y por un momento temí que me quitaran la corteza y trocearan. Paró donde  cerca de donde yo estaba y abrió la puerta.

-Ven. Sube. Yo te llevaré-

No era una invitación, era una orden. Era un hombre fornido, moreno con pelo encanecido y con barba recortada.

-Has tenido suerte de que yo estuviera cerca y me que avisarán. ¡A quién se le ocurre venir aquí! Cualquiera hubiera podido confundir tus intenciones. Por cierto, cuéntame qué haces en este recóndito lugar.

Me extrañé yo mismo que no sintiera temor ante esta extraña situación. Desde el momento en que subí, tuve una sensación acogedora dentro del coche, tal vez fuera el contraste con mis recientes vivencias o el lujoso vehículo. Intuí que estaba bien acompañado y protegido.

Le conté con pelos y señales toda mi desventura, me tomé el tiempo necesario para  convencerle de mis buenas intenciones. Me hizo muchas preguntas, demasiadas me parecían, y contesté con todo tipo de detalles. Puso mucho énfasis en saber qué hacía mi amigo que me encargó que hiciera las gestiones sobre su hermano. Temí por él.

Entretanto habíamos pasado el pueblo y por una senda llegamos a un descampado donde descubrí ¡un helicóptero!

¡Jodér!- pensé- Yo tan confiado y estos tipos son capaces de tirarme desde el aire.

El hombre paró el coche, se quitó el sombrero, se giró hacia mí y con una gran tristeza en sus ojos me dijo:

-Yo soy la persona que buscas. Soy Lucas, el hermano de tu amigo.

Debí poner tal cara de susto que el individuo puso su manaza en mi hombro izquierdo para tranquilizarme y continúo:

-No es necesario que lo sepas todo, tampoco te conviene. La Misión tuvo sentido hasta que llegaron las mafias madereras, hubo un momento en que éramos nosotros o ellos, no tuvimos elección: nosotros. Que Dios nos perdone…

Al parecer, la riqueza de la selva que rodeaba su misión era tal que su destino estaba sellado. Se cargaron al jefe mafioso pero tuvieron que suplantarle para evitar que vinieran otros, por proteger a los indígenas y en beneficio de todos. Lo enterraron difundiendo que el misionero había muerto y Lucas usurpó su lugar y su identidad. Tuvo que mentir a su hermano para evitarle complicaciones y ser descubierto.

Antes de subirme al helicóptero para que me llevaran a la capital, me dio un sobre con viejas fotos:

-Dáselas a mi hermano, disfrutará con ellas. Jamás cuentes lo que has escuchado hoy, por la seguridad de tu amigo y, sobre todo, de la tuya- en ese momento apretó con fuerza su mano en mi brazo hasta hacerme daño.

Perdí la mitad de mi esperado viaje aunque pagué su totalidad, pero eso no me dolió tanto como lo que tuve que mentir a mi amigo que me esperaba ansioso para saber noticias de su hermano. Le temblaban las manos de emoción mirando las fotos de la misión que le había conseguido.

En fin, todavía me debato entre la tristeza por haberle mentido y la alegría al recordar su rostro en sus últimos días hablándome entusiasmado de su hermano. Solo le aclaré que no era necesario enviar más dinero, ni suyo ni de otros, le informé para su satisfacción que ya habían sido reconocidos como algo parecido a “entidad sin ánimo de lucro”  y que, en consecuencia, eran mantenidos por el erario público. No se quedó muy conforme al perder el mecenazgo de la misión pero aceptó dejar su generoso papel con resignación.

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