Otilio

De mi libro Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones

La semana pasada estuve pintando el piso de un amigo mío, cuarto sin ascensor. Todavía no sé cómo llegué a comprometerme, no tiene importancia. El caso es que me encontré con un rodillo en la mano, vestido con ropa vieja clarita, tenis blancos y con una ruidosa radio colocada encima de los muebles amontonados en el centro de la habitación y cubiertos con un plástico.

 No sé qué me empuja a pintar y hasta a ofrecerme a hacerlo, me atrae el hecho de transformar una pared sucia en una “tela” absolutamente blanca, impoluta, mareante, como una ventana de luz. Solo pido dos condiciones; una es estar solo, no quiero que nada perturbe mi placer, y la otra es pintar de blanco, los colores no me dan la luz que necesito, me apago.

Al cabo de dos días, la casa estaba tan blanca que necesitaba gafas de sol. Con el pincel en ristre repasaba minuciosamente las paredes buscando dónde tapar una sombra. Nada. De repente recordé que, al subir por las escaleras, había visto unos rasguños oscuros en la pared producidos probablemente en alguna mudanza. Contento por encontrar dónde descargar la pintura que sobraba, me lancé a mi nuevo cometido siempre blanco.

Estaba rematando un “paño” en el rellano del piso inferior cuando se abrió una de las dos puertas.

-Hola buenas. Pase usted por favor. Quiero enseñarle algo- Me dijo una señora de mediana edad, morena, pequeña, algo regordeta y, desde luego, mandona.

Intenté aclarar la situación pero ya se había dado la vuelta y entrado en su casa arrastrando los pies con la certeza de que yo la seguiría, como así fue. Dejé fuera el cubo pequeño con un rodillo y un pincel. Me costó acostúmbrame a la oscuridad. Abrió las contraventanas y pude entrever una sola habitación con la cocina incorporada al fondo, una mesa camilla y una cama con una muñeca apoyada en la almohada. Una puerta de madera hacía intuir el baño. El espacio estaba muy ordenado y limpio, pero las paredes eran oscuras como la noche en la mar.

-¿Qué me llevaría por pintar mi habitación? Que sea baratito, no crea usted que yo ando sobrada- aclaró innecesariamente.

Comencé a balbucear excusas pero no me escuchaba cuando intenté decirle que ni era pintor ni nada parecido. Se notaba que había tomado una decisión muy meditada: ¡Iba a dar la vuelta a la casa! Estaba ansiosa y decidida.

-Aunque solo fuera una manita, hombre de Dios- y añadió regateando: “Ya le traeré unas cervecitas.”

– Por bastante menos había pintado la casa de mi amigo-pensé.

 No podía ser! Me encaré a la señora dispuesto a deshacer el malentendido y hasta, si fuera necesario, buscarle un pintor comm’il faut. Tenía el pelo rizado y necesitaba un tinte, las raíces canosas asomaban ya más un centímetro, sus arrugas le añadían carácter y sus intensos ojos azules seguían hablando cuando ella callaba.

Logré interrumpirla un momento para decir con determinación:

-Con dos condiciones. Debo estar sólo y la pintura debe ser blanca- Me sorprendí, y mucho, al escuchar semejante estupidez. Me pudo de nuevo la pena por los demás.

-Encantada, encantada, encantada- respondió. -¿Y cómo dice que se llama?

-Otilio, señora, Otilio- Dije el nombre más “pintoresco” que se me ocurrió.

Cuando llegué a las ocho de la mañana del día siguiente, la llave estaba debajo del felpudo como dijo ella y la casa estaba preparada, los cuatro muebles amontonados en mitad de la habitación y cubiertos con una sábana y el suelo bien barrido, advirtiendo así que no debía mancharlo. Por supuesto no había nadie humano, pero un gato gris a rayas me miraba desde el fondo de la cocina amenazante, vigilante. La víspera no había reparado en él y decidí no hacerle caso. Bajé los bártulos de la casa de mi amigo que todavía no había vuelto.

Fue mi rápido, primero sintonicé la radio con parsimonia, puse cinta en los rodapiés y plástico en el suelo. Luego disfruté iluminando la habitación y subiendo su intensidad según avanzaba el día. Sin embargo a treinta centímetros del suelo se mantenía una franja oscura. El gato mostraba su disconformidad pasando su lomo por la pared recién pintada, a la vez que se iba transformando en ovejita y aumentando de peso. De nada sirvieron mis intentos de ahorrarle el trabajo pasándole el rodillo por todo el cuerpo. Tuve que sacrificar mi bocadillo, lo abrí y lo puse en el suelo del baño; en cuanto pude cerré la puerta con él dentro.

 La pintura era buena y a media tarde me permitió darle la segunda capa. Impecable. Dejé las ventanas abiertas y las contraventanas cerradas. Cayó la noche, retiré mis utensilios, dejé la llave donde la había encontrado y desaparecí sin maullar.

No se lo he contado a nadie, ni a mi amigo. Siento vergüenza. Hace dos días estuve con él, me reprochó que ya no pasara por su casa y acepté una cena con su mujer en agradecimiento a mi colaboración como gremio.

-¿Qué sabes de tu vecina de abajo?-pregunté indiferente y divertido mientras tomaba ya el café, buscando iniciar el tema para confesar por fin mi andanza.

-Ahí no vive nadie. Era de una señora que falleció hace un par de años. En el barrio se dice que se ha reencarnado en su gato, un bicho sarnoso que, según comentan, vuelve a esa casa colándose por las maltrechas ventanas. ¡Tonterías!

-¡Calla, por Dios!-interrumpió su mujer excitada.- ¿Recuerdas cómo hace unos días olían mal las escaleras? Pues bien, entraron en el piso de la vieja y ¡encontraron su gato muerto encerrado en el baño! Y, además, pintado de blanco. Nadie se lo explica.

Me sentí mal, tanto que pedí a mi amigo que me acompañara al coche. Lo cierto es que no quería pasar solo delante de la puerta de mi contratante no fuera a pedirme que rematara el baño. Ya no vuelvo más.  

Sigo sin contar nada de aquello. Sin embargo, con la crisis perdí mi trabajo habitual en la redacción de la revista que desapareció y, mira por dónde, me va muy bien como pintor. Eso sí, ya no lo condiciono a estar sólo ni a pintar de blanco, pero me encantaría.

Para lo que necesites:

Pinturas Otilio: teléfono 638 542 980 


                                                                  

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