Soy la mujer del amante de su esposa

De mi libro Restos de Galerna de Arte Activo Ediciones

Como cada día, llegaba a mi oficina hacia las nueve de la mañana cuando, al bajar la ventanilla para pasar la tarjeta por el lector del parking, una señora se acercó y me dijo literalmente: “Soy la mujer del amante de su esposa. Tenemos que hablar”. Me costó entender el significado de la frase. La mujer del amante, no entendía. Y, además, ¿de mi esposa…? Pero qué dice. Estuve largo rato parado, tanto que la puerta del garaje que acababa de abrir se volvió a cerrar. Miré atónito a la persona que permanecía junto a mi coche y, con esfuerzo, alcancé a proponerle: “Por favor, espéreme en aquella cafetería de la esquina. Ahora mismo voy”.

Los cuatro minutos que tardé en aparcar no fueron suficientes para recuperar la lucidez, me había quedado en blanco, como si la sangre no llegara a mi cerebro. De pronto perdieron importancia todos los grandes problemas que esperaban en mi despacho, ni mi director, ni aquel viaje pendiente, ni mis clientes…nada tenía ya el valor que tuvo unos minutos antes. Tan sólo aquella mujer asomada a la ventanilla de mi coche hacía un rato, ocupaba mi mente como una foto fija. En un instante mis prioridades habían cambiado, mi esposa, Marta, había pasado de tener el habitual papel familiar a ser la protagonista del mundo.

Tal vez fuera todo un error, tenía que serlo, claro que sí. Esa señora se había equivocado de vehículo, de persona, de lugar…y hasta es posible que ni tan siquiera existiera, estaba aturdido. Y, sin embargo, enseguida la vi. Era rubia, cerca de los cuarenta años, pelo corto y ojos azules hundidos, pequeña estatura y un poco ancha, pálida y ojerosa; vestía un pantalón oscuro y un jersey de pico blanco. Estaba esperando en una mesa del fondo con una taza de café. Me senté frente a ella.

-Mire, todo esto es un error. Se está usted equivocando, es una tontería. Qué bobada…-Escupí el mismo argumento de veinte maneras distintas para decir lo mismo: “no es posible”.

-A mí me pasó igual. No me lo podía creer, pero aquí estoy.- Hablaba con voz quebrada, hizo una larga pausa y, al ver que yo había terminado con la lista de argumentos posibles en defensa de mi mujer, inició su cruel relato de infidelidad entre su marido y mi esposa. Antes, y para que no tuviera dudas, sacó de su bolso, que tenía entre las piernas, una foto tamaño postal de mi querida Marta. Era reciente, de cuerpo entero. Me la enseñó interrogante sin dármela.

-Sí. Es ella- Asentí.

-Su mujer trabaja en la joyería Rupérez, en la Gran Vía…-

-Eso no aporta nada- Protesté dispuesto a negarlo todo como si estuviera siendo acusado de la peor infamia.

-Déjeme seguir, por favor- Todo lo que decía era cierto, sus horarios, el metro, el café,  cómo vestía…, en fin, ciertamente era ella. Yo le oía como si hubiera eco y me costaba entender lo que escuchaba, mientras una voz que salía de mis entrañas me repetía “es imposible”.

Ella seguía dándome datos desbordando mis defensas cada vez más débiles ante la veracidad de sus informaciones. Sin embargo, yo me aferraba a la lógica, a mi intuición y, sobre todo, a la absoluta confianza que siempre he tenido con Marta. Jamás había  imaginado una deslealtad, una infidelidad de mi mujer, ¡jamás! Cuando alguna vez surgía este tema en nuestra conversación, motivado por el incidente de unos amigos, un enfado entre nosotros o sencillamente por una película, nos jurábamos lealtad siempre; lo cual no significaba que no fuera posible desear o enamorarse de otra persona, claro que sí, pero nos obligaba a decirlo, a ser sinceros, a ser leales. Pacto de honor.

Mi mujer es muy guapa, mucho; morena, alta y esbelta, ha sido nadadora y se mantiene en magnífica forma. Pero en estos momentos lo que parecía una virtud se transformaba en un defecto, en un argumento más para su infidelidad, nunca me lo había planteado así. Además tiene estilo, va en su genética, de hecho su trabajo la define: es vendedora de la joyería más reputada de Madrid. Eso lo resume todo, belleza, simpatía, clase, comunicación…, poco a poco mi incredulidad se iba mutando en celos, rabia e infinito cabreo, desvariaba, ¡qué necesidad tenía Marta de trabajar!

Mientras, la señora rubia continuaba acongojada su relato que yo escuchaba como un rumor lejano sumido en mis reflexiones, de vez en cuando hacía una pausa para tomar su café y limpiarse las medias lágrimas de color gris oscuro teñidas por el rímel.

Repasaba nuestra vida en común preguntándome por dónde se me había escapado mi feliz matrimonio, en qué momento, en qué lugar. Cómo no me había dado cuenta de que algo había cambiado, tan absortos estamos por el trabajo, por lo superfluo, por las tonterías cotidianas. De repente pensé en el tópico de que el marido es el último en darse cuenta, no puede pasarme a mí, repetía, no puede ser, no es cierto. Han engañado a Marta, le han hecho trampas, eso es: trampas.

-¿Y su marido?- Pregunté un tanto agresivo, buscando un culpable y cortando su monólogo.

-Mi marido es un pobre hombre.

-¿Un pobre hombre? Es un hijo de puta.

-Oiga, sin faltar. Que yo no he insultado a su señora. Con lo que me ha costado decidirme, dar el paso para compartir mi descubrimiento…En todo caso es un pobre hijo de puta. A ustedes, los hombres, les falta intuición, sensibilidad, para detectar lo que le pasa a su pareja, nosotras enseguida sospechamos de una infidelidad, la olemos. No se enteran, como si solo los hombres pudieran ser infieles, lo natural. ¡Con alguien lo harán! Supongo.

-Discúlpeme. No es mi estilo pero el tema me sobrepasa. Y volviendo a su marido, ¿qué?

-Tenemos cuatro hijos, cuatro. Yo no trabajo mas que de vez en cuando, de asistenta, cuando me sale algo y él…-hizo una pausa tragándose la lágrima- él tiene un trabajo eventual.

-Pero bueno, y qué tiene que ver él con mi mujer. ¿Cómo sabe usted de esa supuesta relación?

-¿Otra vez? Usted no me escucha o no quiere escucharme. Ya se lo he dicho, trabajan juntos.

-¿Cómo que trabajan juntos? Ya le digo que se equivoca- buscaba yo denodadamente cualquier resquicio- allí sólo hay dos mujeres, además de Marta.

-No me extraña que usted no se haya enterado, es poco perspicaz. ¿Y el que está en la puerta? ¿El de seguridad?

-¡No me diga! ¡Me cagüen la leche! ¡La hostia!- De pronto lo vi claro. Esto ya me cuadraba más. Era puro sexo. Sabía que le ponían los uniformes. Ahora sí, ahora lo entendía. Sentí ganas de vomitar, fui al baño pero no pude hacerlo. Imaginaba a un tío atlético, uniformado, alto y guapo, atento y amable con Marta, día a día, hasta lograr romper sus defensas y seducirla, una vulgaridad. Volvían las arcadas.- Es sólo sexo, sólo- pensaba rápido intentando ver algo positivo a lo que aferrarme.

-¿Se encuentra usted bien? Está usted lívido- dijo la señora cogiéndome la mano. Yo la retiré bruscamente.

-Cómo quiere que esté. Por qué no le pega un tiro a ese hijo de puta, con su pistola reglamentaria, la de verdad. ¡Joder! En lugar de echarme toda esta mierda encima- La mujer bajó la cabeza, se empequeñeció aún más y comenzó a sollozar moviendo los hombros acompasadamente- ¿Para qué me cuenta todo esto?

-¿Que para qué le cuento todo esto? Como si fuera cosa de una sola persona. Además le necesito a usted. Tengo que proteger a mis hijos, necesito demostrar lo que ocurre para tener su tutela y la compensación económica que me ayude a mantenerlos cuando esté sola.

Habían pasado ya más de dos horas sin darme cuenta, en el móvil tenía cantidad de llamadas perdidas y una de ellas era de Marta. Incomprensiblemente fue la única que respondí. Sentí una enorme tristeza cuando escuché su magnífica voz; le habían llamado de mi oficina interesándose por mi retraso, no tenían noticias. -“¿Te pasa algo?”- Preguntó al oír el débil hilo de voz que yo intentaba disimular.

 La realidad llamaba a mi aturdida y dolorosa cabeza. Aquella mujer añadió que los fugaces encuentros de los amantes eran al mediodía, a la hora de comer- ¡Basta!- Grité, llamando la atención de la gente de alrededor, algunos de mi oficina. No quise conocer más detalles de los amantes, no quería saber desde cuándo, dónde ni cómo, no me cabía más dolor por ahora. Sin embargo, la ofendida esposa insistía en ofrecerme todo tipo de datos, sacó una carpeta con apuntes y fechas. Le supliqué, le rogué que no me atormentara más. Antes de levantarnos añadió:

-Cómo no voy a entender su dolor, ya lo creo que sí. Sin embargo, permítame sugerirle que debemos tener (me dolió que hablara en plural) las pruebas de lo que está ocurriendo. Nunca se sabe si en el futuro debemos defender a nuestros hijos o nuestro patrimonio de la locura de nuestras parejas. No se ofenda pero esas cosas pueden pasar, de hecho lo estamos viviendo ahora- Hablaba en un tono confidencial con una voz más clara, mientras buscaba en una carpeta el documento que finalmente me enseñó, era el presupuesto de una agencia de detectives, con la que ella había contactado y que le habían puesto sobre la pista, por valor de seis mil euros- Necesito que usted me ayude con la mitad y el informe será para los dos, se lo ruego.

Tenía que terminar con esa pesadilla y, además debía incorporarme cuanto antes a la oficina, no sé si para trabajar o para descargar mis emociones. Le pedí a la mujer que me acompañara hasta el cajero que estaba a dos manzanas. Saqué tres mil euros y se los di con la promesa de que me mantendría al corriente, especialmente si detectaban un error, el error.

Los días siguientes fueron los peores de mi vida, plagados de oscuros y tristes nubarrones, fríos e interminables, conocí el insomnio, la sospecha, el temor, la duda, la soledad, el pánico, la deslealtad, el vacío, el dolor sin herida…y cometí el gran fallo de no compartir mi estado con mi mejor amigo, ni con mi hermano,… con nadie; peor aún, los evité.

Salía temprano de mi casa con cualquier excusa, no quería ver cómo se vestía mi mujer ni qué ropa interior se ponía y mucho menos desayunar frente a ella, me dolía hasta su perfume. Todavía no sabía qué decisión tomar. En ciertos momentos estuve a punto de escupirle mis reproches a borbotones, en otros de cumplir mi promesa de ser siempre sinceros y contarle sin más lo que ya sabía pero me podía mi rabia por su infidelidad, su deslealtad y su mentira. Más de una vez sentí la necesidad de abrirle mi corazón destrozado a quien, hasta hace poco, fuera mi mejor amiga, y por las noches ocultaba mis lágrimas silenciosas.

Marta sabía que algo terrible me estaba ocurriendo e intentó acercarse de mil maneras,  las rechacé todas, estaba preocupada y desorientada por mi estado. ¡Cómo es posible convivir tantos años con una persona y no llegar a conocerla! Intentaba consolarme de mis supuestos problemas laborales, económicos, sociales, familiares…, de cualquier motivo que fuera el origen de mi tristeza y ostracismo que, por otra parte, respetaba; pero ella no daba ni una pequeña muestra de arrepentimiento, de remordimiento, de mala conciencia o de sinceridad. Qué cinismo.

Encontré en mi trabajo el refugio que necesitaba, llegaba el primero y me iba el último, continuaba resolviendo los asuntos pendientes en mi casa hasta agotarme, hasta muy entrada la noche evitando así a mi pareja. Seguía sin decidir qué medidas tomar respecto a mi vida sentimental, no quería hacer nada, sólo esperar noticias de la investigación deseando que todo fuera un mal entendido. Debía ser capaz de tener paciencia, de no precipitarme.

Al principio sentía profunda tristeza, pero a los pocos días mi enorme decepción fue transformándose, con el rumiar de la imaginación, en cabreo, rencor, odio, despecho…toda una amalgama de malos sentimientos y deseos que me asustaban. Tengo que reconocer que, en algún momento, llegué a desear la muerte de los amantes, tanta era mi amargura. Fue por esta evolución que pronto encontré alivio en una supuesta venganza; no me atrevía a enfrentarme al tipo de seguridad, suponía, con razón, que me partiría la cara además del alma, cornudo y apaleado; en otro momento pensé en denunciarle a su empresa pero lo  único que lograría sería un escándalo y perderían los dos sus trabajos, demasiado perjuicio para aquella señora con cuatro hijos que lo único que buscaba era una compensación económica. Para qué. Tal vez la culpa no fuera suya, al menos no totalmente, la aportación de mi mujer tenía que ser fundamental, al menos necesaria. No tuve mejor idea que pagarle con la misma moneda, decidí ser infiel a mi esposa.

Sin embargo, me di cuenta que era víctima de mis propias promesas de lealtad: ¡no conocía a otra señora que no fuera Marta! Fui decidido al baño a observarme con ojos femeninos, lo que vi no me gustó, no era un tipo guapo, eso ya lo sabía, pero además al dejar de fumar había engordado de forma desigual, quiero decir que tenía tripa, lo que unido a mi calvicie prematura me garantizaba un fracaso en el “mercado”. Tuve un mal pensamiento: podría seducir a mi confidente, la señora rubia humillada como yo, así mataría dos pájaros de un tiro. Por una parte le pondría los cuernos a ese cabrón y por otra a mi propia mujer que tanto me estaba haciendo sufrir.

Pronto descarté mis pésimas intenciones, cómo iba yo a aprovecharme del dolor de aquella persona, abusando de su situación y haciéndole cómplice de mi rencor, era un clásico, era lo lógico…, pero ni hablar. Además, todavía no sabía nada de ella, no retuve ni su nombre. Nada, no me quedaba más remedio que acudir a las atenciones de una profesional. Nunca lo había hecho y jamás lo hubiera imaginado.

Recurrí a los anuncios de “contactos” y fijé una cita al mediodía, calcando mi dolor. Supuse que contratando un servicio caro hacía una selección que me evitaría lo cutre, ¡error!, no sé cómo es la prostitución barata, tal vez todas sean cochambrosas, lo que yo viví era miserable o tal vez el que se sentía así de guarro era yo mismo. No pude con la sobreactuación melosa de la puta, tal vez si hubiera estado calladita…, pero entre el perfume dulzón, la lencería barata, el decorado cargado como un teatro viejo de barrio y la letanía monocorde, dicha deprisa, de amor y obscenidades mezcladas, lograron el efecto contrario que buscaba, la repulsa más viva. Por supuesto que ni las manos ni el cuerpo más experto lograron excitarme, despertarme o hacerme olvidar, el caso es que mi incursión en el supuesto mundo del amor seguro fue un fracaso total. Salí a la calle con un sol radiante pero ciego de cabreo conmigo mismo. Cada momento empeoraba mi situación anímica.

Al atardecer recibí un mensaje de mi mujer: “Tenemos que hablar”, decía lacónicamente. Significaba que ya no podía dilatar más el cara a cara con Marta, tal vez me iba a confesar su error, su desliz y rogarme arrepentida que la perdonara. Me la imaginaba abrazándome llorosa al entrar en casa pidiéndome que olvidara, que borrara esta nefasta experiencia, volveríamos a ser como antes. ¿Y si, por el contrario, lo que quería era confesarme su pasión por su amante y proponerme la separación? Me temblaban las piernas, no sabría qué actitud tomar, si cabrearme o llorar, si negarme o facilitarle su nueva vida, si rogarle que se quedara o intentar comprenderla…Pasaron por mi cabeza todas las opciones posibles y me decidí por la más generosa: ¡quédate, te perdono!

Llegué muy tarde esperando que estuviera dormida y así posponer la decisión al día siguiente, la noche es mala compañera para ciertos juicios, pero, conociéndola, tenía que saber que me estaría esperando, como así fue. Estaba sentada en el sillón, al fondo del salón, con solo la luz de la lámpara de pie, no en el sofá que hubiera sido más próximo, mal presagio-pensé-. Para rematar la escena observé que ni tan siquiera tenía un libro entre sus manos ni música que escuchar, nunca le había visto tan concentrada y severa, además vi junto a ella una bolsa de viaje abultada. Ante la evidencia, ataqué a la desesperada con mi faceta generosa:

-¡Marta, por Dios! No hagas tonterías. Estás pasando un mal momento, una locura transitoria, se te pasará, lo que te ocurre es tan viejo como el mundo, es solo sexo, nada nuevo, no te confundas…Además, yo te perdono y sabré olvidar- dije subrayando esto último, orgulloso de mi desconocida actitud generosa.

-¡Pero tú eres gilipollas!- gritó a la vez que levantándose del sillón me dio una bofetada con la mano abierta que me tiró al sofá- ¿Perdonarme tú a mí? Cabrón, más que cabrón. Dejemos las cosas claras y para que no pierdas el tiempo negando la verdad, quiero que sepas que, como te notaba muy muy raro y no querías hablar conmigo, tuve que contratar a un detective para saber qué te ocurría. Ahora ya lo sé, ¡canalla!- en ese momento ella, agotadas ya todas las lágrimas, hizo ademán  de levantar nuevamente la mano derecha pero, raudo, yo había saltado detrás del sofá.- ¡Tienes una amante!-sollozó- Y esta misma tarde has estado con ella. ¡Se acabó!-

-Espera. La que tienes un amante eres tú- Afirmé.

-Vaya hombre. No tienes un ápice de dignidad. Me atacas para defender lo innegable. ¡No te reconozco! ¡Cabrón!-

-Marta, por favor, escúchame. Yo sé hace tiempo que tienes un lío- puso tal gesto de ofendida que modifiqué la expresión- bueno, una relación, con tu compañero de la joyería, el de seguridad. Me lo dijo su pobre mujer, que estaba destrozada. Vino a verme, me contó lo vuestro y también contratamos un detective.

-Eres un mentiroso compulsivo. Para empezar no hay ningún tipo de seguridad en la tienda, es una chica, y por supuesto no tiene una mujer “destrozada”. ¡Farsante! Aunque, bien pensado, no hubiera estado mal liarme con ella. Mejor me hubiera ido.

 Y llevándose la bolsa como si fuera de plumas, salió disparada de la casa pegando un sonoro portazo, sin darme la mínima oportunidad de defenderme y dejándome boquiabierto. La escena, el monólogo duró apenas diez minutos, ella había tenido demasiado tiempo para pensar y, al parecer, las evidencias la avalaban.

Me quedé allí, de pie, apoyando las manos en el respaldo del sofá que había sido mi refugio como si se tratara de un burladero, incrédulo y sin entender absolutamente nada. Incapaz de reaccionar. No sé cuánto tiempo estuve en esa postura, atontado, esperando tal vez que volviera y terminara el sainete de mi vida. No volvió, ni entonces ni nunca.

Mis reiterados intentos por hablar con ella fueron inútiles, solo al cabo de un par de meses accedió obligada y chantajeada por la firma del divorcio. Intenté aparentar desenvoltura y hasta me permití una broma poco sutil:

-¿Cómo estás? Ahora sí que tienes “seguridad”- Dije sonriendo con cara conejo, todavía convencido de que yo tenía razón aunque empezaba a tener algunas dudas ya que había pasado demasiado tiempo y aquella señora rubia no había dado señales de vida. Me quedé con gesto interrogante el rato que ella arqueaba las cejas preguntándose qué me pasaba.

-No te entiendo, tampoco lo necesito ya. Vamos al grano…- Cortó.

Confirmé que nunca hubo un tipo de seguridad en la tienda de mi ex mujer, jamás volví a ver a aquella señora cornuda, ni recibí informe alguno de la agencia de detectives. Por supuesto que de los tres mil euros no quedó ni rastro. De mi mujer tampoco.

Esta madrugada me ha llamado mi amigo Pablo, es un alto ejecutivo del Banco Europeo. Estaba muy angustiado. Me ha contado que le ha telefoneado una señora y entre sollozos le ha dicho:

“Soy la mujer del amante de su esposa. Tenemos que hablar”.

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