Viajeros al tren

                                              

Esta vez el tren iba prácticamente vacío, se acercaba la Navidad y el cielo estaba plomizo y amenazante, a las cuatro de la tarde estaba ya oscuro. A pesar de todo tenía que volver a Madrid, lo hacía los jueves de cada semana, así era mi compromiso laboral y, además,  me gustaba cambiar de ciudad y de gente, aunque fuera siempre el mismo recorrido. Ese día trabajaba en la central del banco, de nueve a tres, intentando “mamar” del espíritu corporativo, como decía mi jefe.

Había probado todo el abanico de medios de transporte: coche, avión, bus y tren. Opté por éste último para poder preparar la reunión al ir y redactar el informe al volver, así cerraba el ciclo. Me encantaba apoyar la cabeza en la ventanilla y disfrutar de mis sueños y del paisaje, aunque no siempre se distinguiera, era el único momento de la semana que fantaseaba como cuando era niño. El viaje siempre me parecía corto, durara lo que durara.

Una hora más tarde, cuando empezábamos a subir hacia la meseta castellana, comenzaron a caer los primeros copos de nieve y la tarde se iluminó.

-Billete, por favor- conocía a casi todos los revisores y nunca había visto una empleada de Renfe tan atractiva, a pesar de sus pantalones y chaqueta gris tan poco favorecedores. Le di el ticket sin quitarle la vista y ella ni tan siquiera levantó los ojos, estaba muy seria, supongo que acostumbrada a defenderse de las ofensivas miradas de los pasajeros. Era una mujer joven, pequeña, de pelo rojizo y rizado.

La nieve caía ahora con fuerza dejando un espeso manto, el tren redujo la marcha de manera brusca, tanto que a punto estuvo hacer caer a la frágil revisora encima de mí. No pudo contener la risa mientras se sujetaba con la mano izquierda en el respaldo del asiento. En ese momento pude apreciar su magnífica dentadura y sus ojos verde claro que reían más que sus labios, era una belleza.

-No sé si llegaremos a Madrid- dije intentando conectar con la que había vuelto a ponerse seria.

Muy lentamente entramos en un apeadero donde el tren paró, pasado un rato abrieron las puertas. Ella bajó y encendió un cigarrillo, yo había dejado de fumar hacía unos años con mucho esfuerzo y sucumbí a la tentación, no por el tabaco sino por el especial atractivo de aquella mujer, por volver a hablar con ella. Estaba torpemente aturdido, no sé qué me pasaba.

Le conté dónde y cómo trabajaba, mis aficiones, viajes y hasta mis sueños. No paraba de hablar temeroso de que volviera a encerrarse en su mutismo. Conseguí hacerla reír varias veces, lo hacía con naturalidad, divertida y, poco a poco, entusiasmada. Habíamos cambiado los papeles, el viajero tranquilizaba a la revisora y ésta se dejaba querer por su cliente, parecía una película de cine mudo, sólo faltaba que yo le cogiera la mano y ella se echara hacia atrás con el dorso de la otra en su frente pero sin soltar la mía. Así pensé hacerlo.

Al segundo cigarrillo me mareé, perdía el equilibrio, tanto que Teresa tuvo que ayudarme a subir de nuevo al tren y acompañarme a mi asiento. Me hubiera mareado cien veces para repetir otras tantas la escena en la que ella tan solícita me ayudaba pegada a mí, casi abrazada, sentía sus pechos a pesar de mi catatónico estado. No estoy seguro, pero creo recordar que una vez sentado, hasta me tocó la cara con la mano para tomarme la temperatura y luego me acarició la cabeza. Estaba idiotizado. Siempre había negado que esto pudiera ocurrir.

El convoy se puso de nuevo en marcha, primero lentamente y luego alcanzó su velocidad normal.

-Ya han despejado las vías- anunció. Seguía a mi lado- Pero llegaremos muy tarde, demasiado tarde. Me hubiera encantado seguir contigo hasta Madrid pero este retraso modifica mis planes y debo cambiar de línea, tengo otro servicio mañana. Me bajo en ésta próxima parada- añadió y volvió el silencio.

-¿Puedo volver a verte? Dame por favor tu  teléfono- imploré mientras se levantaba para marcharse.

-Mejor dame el tuyo. Yo te llamaré, prometido, y esa vez el viaje será completo- esta sugerente promesa me desarboló.

– Te voy a pedir un favor, llevaba este pequeño paquete a mi madre en Madrid- añadió sacando de su bolso un envase, del tamaño de un tuper mediano- déjalo, por favor, en la recepción de tu hotel cuando llegues y mañana lo recogerá mi hermana.

Le di el nombre del hotel, mis coordenadas y hasta mi alma, hablando sin parar en un intento inútil de retenerla o llamar su atención, quería asegurarme de volver a verla. A punto estuve de acompañarla a picar billetes donde fuera, olvidándome de todo. Rozó mis labios al despedirse.

Al día siguiente, cuando salía del hotel cabizbajo y vestido de “señor”,  me comunicaron que un hombre había pasado a recoger el paquete al amanecer.

No logré concéntrame durante la reunión semanal y cuando terminó salí ansioso hacia la estación. La busqué por todo el tren a la vuelta aún sabiendo que no iba a estar, pero estaba “pillado”, sencillamente creí haberme enamorado tontamente. Tal vez solo fuera lo misterioso de la escena o, simplemente, la sensibilidad del entorno navideño con tren y nieve incluidos, pero no me reconocía…

-¿Cómo vas a encontrar novia si tan siquiera la buscas? – Solía reprocharme mi madre, deseosa de ver a su hijo establecido “como Dios manda”. ¡Si ella supiera!

No me llamó por teléfono y mis esfuerzos por localizarla fueron inútiles. La busqué en todos mis viajes, pregunté por ella a los revisores que conocía, al jefe de estación y hasta en la cantina del Bar Terminus. Nadie conocía a una empleada de Renfe “más bien pequeña, de pelo rizado rojizo y ojos verdes”. Estaba tan obsesionado que en Semana Santa hice la ruta en tren a Barcelona y a Galicia con la esperanza de descubrirla o de que alguien supiera de ella.

Sólo una vez, dos meses más tarde, la vi en la estación de Burgos. Mi tren había parado los tres minutos de rigor; yo estaba, como de costumbre, ensimismado mirando por la ventanilla. De pronto apareció delante de mis ojos, estaba de espaldas a mí, esperando a otro tren, la reconocí al instante. Salté como un resorte y me tiré literalmente al andén. El abrazo fue largo y correspondido, me agarró fuerte, deseándome y pegó todo su cuerpo al mío, de arriba abajo. Aspiré su olor como si fuera vital y me excité.

Mi tren avisó, era el momento de irse.

-Vete. Te tienes que ir- ordenó separándome.

Dudé. No quería perderla. Pensé que había dejado mi ordenador y todos sus secretos a bordo, imaginé la reunión del banco sin mí y decidí quedarme con ella y hacerme revisor.

-Te lo ruego, vete. Debes hacerlo, necesito que te vayas. Te prometo que te llamaré- me desarbolé, me lo pedía con sus maravillosos ojos verdes y con el compromiso de telefonearme.

Me empujó literalmente para subirme al tren en el último suspiro.

No cumplió su promesa, no me llamó. Seguí yendo cada semana a Madrid y mantuve la ilusión de volver a verla, en los momentos de ansiedad llegué a pensar que había sido una mala pasada de mi imaginación, un sueño. Tal vez me hubiera convenido volver a usar el bus o el avión para superar mi obsesión, pero nunca dejé el tren ni la esperanza. Me costó olvidarla y volver a dejar de fumar.

Había pasado más de un año, ya era primavera cuando en unos de mis viajes, de pronto, se sentó a mi lado. Venía sofocada y nerviosa, vestía con pantalón vaquero y camisa azul, un bolso grande en bandolera y un bebé dormido en sus brazos.

-Hola, de nuevo nos encontramos- Dijo de forma tan natural como si solo hubiera pasado una semana, con la misma voz cálida. Sentí cómo me ponía rojo, mi corazón se aceleraba y mi cabeza giraba enamorada. Como las otras veces, sonaron las alarmas amatorias de mi sistema nervioso y perdía el control de mis actos. Tanto que, por un instante, calculé los meses que habían pasado desde que nos vimos por si ilusoriamente el niño fuera nuestro. ¡Imbécil, si ni tan si quisiera nos besamos! Volví a bloquearme.

Yo esperaba que, al menos, me diera una explicación, algo para que yo comprendiera su dilatada ausencia. Su indiferencia me confirmó que yo había fantaseado una novela con ella sin su permiso y que su papel era tan efímero que no pasaba del primer párrafo.

-Discúlpame-me dijo enseguida- Sujétame un momento al niño, tengo que ir al baño- Sin darme tiempo a prepararme, todavía sorprendido por la aparición, puso el bebé en mis brazos, encima del informe anual del banco que estaba leyendo concienzudamente. Menos mal que el recién nacido no decía ni “mu”.

Cualquiera que nos hubiera visto entonces por la ventana del tren y nos volviera a ver ahora pasar por el mismo apeadero, tenía derecho a imaginar que éramos un matrimonio feliz. Mi inventiva no da para tanto.

Ella todavía no había vuelto cuando el tren paró en una estación y dos individuos entraron en el vagón buscando entre los viajeros. Arrancó de nuevo y pude verla por última vez en el andén, mirándome quieta y haciendo un gesto disimulado de adiós con la mano derecha, sin levantar el brazo. Tuve pánico y apreté contra al bebé mi pecho al intentar levantarme para llevárselo.

Una mano férrea se apoyó en mi hombro izquierdo impidiéndome cualquier movimiento, a la vez que me dijo imperativo:

-¡Documentación, por favor!

Llegué a Madrid esposado, humillado y agotado de intentar inútilmente dar explicaciones a mis captores. No me dejaron recoger el proyecto de presupuesto anual de la delegación bancaria que quedó esparcido por el suelo del vagón, ¡con lo que me había costado hacerlo en el nuevo formato!

Al parecer, y según me informó mi abogado, el muñeco contenía dos kilos de cocaína “sin cortar”, entonces no sabía lo que esto significaba, ni idea. Ya se lo dije al comisario.

Según mi defensa metí varias veces la pata, debí haberme callado desde el principio como cualquier delincuente que se precie, pero lo peor de mi declaración fue reconocer que no era la primera vez que veía a la mujer de la foto (por fin su foto), lo que me hacía cómplice de la banda y reincidente.

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