Viva los novios

Dos pueblos vecinos de Castilla se conjuran para que la Guerra Civil no afecte su convivencia, durante y después de la contienda

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Una pareja de novios corría entre los árboles, cual fantasmas

Viajeros al tren

                                              

Esta vez el tren iba prácticamente vacío, se acercaba la Navidad y el cielo estaba plomizo y amenazante, a las cuatro de la tarde estaba ya oscuro. A pesar de todo tenía que volver a Madrid, lo hacía los jueves de cada semana, así era mi compromiso laboral y, además,  me gustaba cambiar de ciudad y de gente, aunque fuera siempre el mismo recorrido. Ese día trabajaba en la central del banco, de nueve a tres, intentando “mamar” del espíritu corporativo, como decía mi jefe.

Había probado todo el abanico de medios de transporte: coche, avión, bus y tren. Opté por éste último para poder preparar la reunión al ir y redactar el informe al volver, así cerraba el ciclo. Me encantaba apoyar la cabeza en la ventanilla y disfrutar de mis sueños y del paisaje, aunque no siempre se distinguiera, era el único momento de la semana que fantaseaba como cuando era niño. El viaje siempre me parecía corto, durara lo que durara.

Una hora más tarde, cuando empezábamos a subir hacia la meseta castellana, comenzaron a caer los primeros copos de nieve y la tarde se iluminó.

-Billete, por favor- conocía a casi todos los revisores y nunca había visto una empleada de Renfe tan atractiva, a pesar de sus pantalones y chaqueta gris tan poco favorecedores. Le di el ticket sin quitarle la vista y ella ni tan siquiera levantó los ojos, estaba muy seria, supongo que acostumbrada a defenderse de las ofensivas miradas de los pasajeros. Era una mujer joven, pequeña, de pelo rojizo y rizado.

La nieve caía ahora con fuerza dejando un espeso manto, el tren redujo la marcha de manera brusca, tanto que a punto estuvo hacer caer a la frágil revisora encima de mí. No pudo contener la risa mientras se sujetaba con la mano izquierda en el respaldo del asiento. En ese momento pude apreciar su magnífica dentadura y sus ojos verde claro que reían más que sus labios, era una belleza.

-No sé si llegaremos a Madrid- dije intentando conectar con la que había vuelto a ponerse seria.

Muy lentamente entramos en un apeadero donde el tren paró, pasado un rato abrieron las puertas. Ella bajó y encendió un cigarrillo, yo había dejado de fumar hacía unos años con mucho esfuerzo y sucumbí a la tentación, no por el tabaco sino por el especial atractivo de aquella mujer, por volver a hablar con ella. Estaba torpemente aturdido, no sé qué me pasaba.

Le conté dónde y cómo trabajaba, mis aficiones, viajes y hasta mis sueños. No paraba de hablar temeroso de que volviera a encerrarse en su mutismo. Conseguí hacerla reír varias veces, lo hacía con naturalidad, divertida y, poco a poco, entusiasmada. Habíamos cambiado los papeles, el viajero tranquilizaba a la revisora y ésta se dejaba querer por su cliente, parecía una película de cine mudo, sólo faltaba que yo le cogiera la mano y ella se echara hacia atrás con el dorso de la otra en su frente pero sin soltar la mía. Así pensé hacerlo.

Al segundo cigarrillo me mareé, perdía el equilibrio, tanto que Teresa tuvo que ayudarme a subir de nuevo al tren y acompañarme a mi asiento. Me hubiera mareado cien veces para repetir otras tantas la escena en la que ella tan solícita me ayudaba pegada a mí, casi abrazada, sentía sus pechos a pesar de mi catatónico estado. No estoy seguro, pero creo recordar que una vez sentado, hasta me tocó la cara con la mano para tomarme la temperatura y luego me acarició la cabeza. Estaba idiotizado. Siempre había negado que esto pudiera ocurrir.

El convoy se puso de nuevo en marcha, primero lentamente y luego alcanzó su velocidad normal.

-Ya han despejado las vías- anunció. Seguía a mi lado- Pero llegaremos muy tarde, demasiado tarde. Me hubiera encantado seguir contigo hasta Madrid pero este retraso modifica mis planes y debo cambiar de línea, tengo otro servicio mañana. Me bajo en ésta próxima parada- añadió y volvió el silencio.

-¿Puedo volver a verte? Dame por favor tu  teléfono- imploré mientras se levantaba para marcharse.

-Mejor dame el tuyo. Yo te llamaré, prometido, y esa vez el viaje será completo- esta sugerente promesa me desarboló.

– Te voy a pedir un favor, llevaba este pequeño paquete a mi madre en Madrid- añadió sacando de su bolso un envase, del tamaño de un tuper mediano- déjalo, por favor, en la recepción de tu hotel cuando llegues y mañana lo recogerá mi hermana.

Le di el nombre del hotel, mis coordenadas y hasta mi alma, hablando sin parar en un intento inútil de retenerla o llamar su atención, quería asegurarme de volver a verla. A punto estuve de acompañarla a picar billetes donde fuera, olvidándome de todo. Rozó mis labios al despedirse.

Al día siguiente, cuando salía del hotel cabizbajo y vestido de “señor”,  me comunicaron que un hombre había pasado a recoger el paquete al amanecer.

No logré concéntrame durante la reunión semanal y cuando terminó salí ansioso hacia la estación. La busqué por todo el tren a la vuelta aún sabiendo que no iba a estar, pero estaba “pillado”, sencillamente creí haberme enamorado tontamente. Tal vez solo fuera lo misterioso de la escena o, simplemente, la sensibilidad del entorno navideño con tren y nieve incluidos, pero no me reconocía…

-¿Cómo vas a encontrar novia si tan siquiera la buscas? – Solía reprocharme mi madre, deseosa de ver a su hijo establecido “como Dios manda”. ¡Si ella supiera!

No me llamó por teléfono y mis esfuerzos por localizarla fueron inútiles. La busqué en todos mis viajes, pregunté por ella a los revisores que conocía, al jefe de estación y hasta en la cantina del Bar Terminus. Nadie conocía a una empleada de Renfe “más bien pequeña, de pelo rizado rojizo y ojos verdes”. Estaba tan obsesionado que en Semana Santa hice la ruta en tren a Barcelona y a Galicia con la esperanza de descubrirla o de que alguien supiera de ella.

Sólo una vez, dos meses más tarde, la vi en la estación de Burgos. Mi tren había parado los tres minutos de rigor; yo estaba, como de costumbre, ensimismado mirando por la ventanilla. De pronto apareció delante de mis ojos, estaba de espaldas a mí, esperando a otro tren, la reconocí al instante. Salté como un resorte y me tiré literalmente al andén. El abrazo fue largo y correspondido, me agarró fuerte, deseándome y pegó todo su cuerpo al mío, de arriba abajo. Aspiré su olor como si fuera vital y me excité.

Mi tren avisó, era el momento de irse.

-Vete. Te tienes que ir- ordenó separándome.

Dudé. No quería perderla. Pensé que había dejado mi ordenador y todos sus secretos a bordo, imaginé la reunión del banco sin mí y decidí quedarme con ella y hacerme revisor.

-Te lo ruego, vete. Debes hacerlo, necesito que te vayas. Te prometo que te llamaré- me desarbolé, me lo pedía con sus maravillosos ojos verdes y con el compromiso de telefonearme.

Me empujó literalmente para subirme al tren en el último suspiro.

No cumplió su promesa, no me llamó. Seguí yendo cada semana a Madrid y mantuve la ilusión de volver a verla, en los momentos de ansiedad llegué a pensar que había sido una mala pasada de mi imaginación, un sueño. Tal vez me hubiera convenido volver a usar el bus o el avión para superar mi obsesión, pero nunca dejé el tren ni la esperanza. Me costó olvidarla y volver a dejar de fumar.

Había pasado más de un año, ya era primavera cuando en unos de mis viajes, de pronto, se sentó a mi lado. Venía sofocada y nerviosa, vestía con pantalón vaquero y camisa azul, un bolso grande en bandolera y un bebé dormido en sus brazos.

-Hola, de nuevo nos encontramos- Dijo de forma tan natural como si solo hubiera pasado una semana, con la misma voz cálida. Sentí cómo me ponía rojo, mi corazón se aceleraba y mi cabeza giraba enamorada. Como las otras veces, sonaron las alarmas amatorias de mi sistema nervioso y perdía el control de mis actos. Tanto que, por un instante, calculé los meses que habían pasado desde que nos vimos por si ilusoriamente el niño fuera nuestro. ¡Imbécil, si ni tan si quisiera nos besamos! Volví a bloquearme.

Yo esperaba que, al menos, me diera una explicación, algo para que yo comprendiera su dilatada ausencia. Su indiferencia me confirmó que yo había fantaseado una novela con ella sin su permiso y que su papel era tan efímero que no pasaba del primer párrafo.

-Discúlpame-me dijo enseguida- Sujétame un momento al niño, tengo que ir al baño- Sin darme tiempo a prepararme, todavía sorprendido por la aparición, puso el bebé en mis brazos, encima del informe anual del banco que estaba leyendo concienzudamente. Menos mal que el recién nacido no decía ni “mu”.

Cualquiera que nos hubiera visto entonces por la ventana del tren y nos volviera a ver ahora pasar por el mismo apeadero, tenía derecho a imaginar que éramos un matrimonio feliz. Mi inventiva no da para tanto.

Ella todavía no había vuelto cuando el tren paró en una estación y dos individuos entraron en el vagón buscando entre los viajeros. Arrancó de nuevo y pude verla por última vez en el andén, mirándome quieta y haciendo un gesto disimulado de adiós con la mano derecha, sin levantar el brazo. Tuve pánico y apreté contra al bebé mi pecho al intentar levantarme para llevárselo.

Una mano férrea se apoyó en mi hombro izquierdo impidiéndome cualquier movimiento, a la vez que me dijo imperativo:

-¡Documentación, por favor!

Llegué a Madrid esposado, humillado y agotado de intentar inútilmente dar explicaciones a mis captores. No me dejaron recoger el proyecto de presupuesto anual de la delegación bancaria que quedó esparcido por el suelo del vagón, ¡con lo que me había costado hacerlo en el nuevo formato!

Al parecer, y según me informó mi abogado, el muñeco contenía dos kilos de cocaína “sin cortar”, entonces no sabía lo que esto significaba, ni idea. Ya se lo dije al comisario.

Según mi defensa metí varias veces la pata, debí haberme callado desde el principio como cualquier delincuente que se precie, pero lo peor de mi declaración fue reconocer que no era la primera vez que veía a la mujer de la foto (por fin su foto), lo que me hacía cómplice de la banda y reincidente.

Ochenta, noventa

De mi libro Besos de Pez. Arte Activo Ediciones

Dos amigos, fanáticos pescadores sin triunfos, tienen la suerte de compartir una noche de pesca con un depredador de lubinas nato: hombre de pocas palabras, traje de neopreno hasta los sobacos, gorra con rapalas colgando, cicatriz en la mejilla de algún anzuelo mal lanzado y lengua para chupar cuarenta metros de pita para descubrir la menor anomalía. Qué fantasía

Soy la mujer del amante de su esposa

De mi libro Restos de Galerna de Arte Activo Ediciones

Como cada día, llegaba a mi oficina hacia las nueve de la mañana cuando, al bajar la ventanilla para pasar la tarjeta por el lector del parking, una señora se acercó y me dijo literalmente: “Soy la mujer del amante de su esposa. Tenemos que hablar”. Me costó entender el significado de la frase. La mujer del amante, no entendía. Y, además, ¿de mi esposa…? Pero qué dice. Estuve largo rato parado, tanto que la puerta del garaje que acababa de abrir se volvió a cerrar. Miré atónito a la persona que permanecía junto a mi coche y, con esfuerzo, alcancé a proponerle: “Por favor, espéreme en aquella cafetería de la esquina. Ahora mismo voy”.

Los cuatro minutos que tardé en aparcar no fueron suficientes para recuperar la lucidez, me había quedado en blanco, como si la sangre no llegara a mi cerebro. De pronto perdieron importancia todos los grandes problemas que esperaban en mi despacho, ni mi director, ni aquel viaje pendiente, ni mis clientes…nada tenía ya el valor que tuvo unos minutos antes. Tan sólo aquella mujer asomada a la ventanilla de mi coche hacía un rato, ocupaba mi mente como una foto fija. En un instante mis prioridades habían cambiado, mi esposa, Marta, había pasado de tener el habitual papel familiar a ser la protagonista del mundo.

Tal vez fuera todo un error, tenía que serlo, claro que sí. Esa señora se había equivocado de vehículo, de persona, de lugar…y hasta es posible que ni tan siquiera existiera, estaba aturdido. Y, sin embargo, enseguida la vi. Era rubia, cerca de los cuarenta años, pelo corto y ojos azules hundidos, pequeña estatura y un poco ancha, pálida y ojerosa; vestía un pantalón oscuro y un jersey de pico blanco. Estaba esperando en una mesa del fondo con una taza de café. Me senté frente a ella.

-Mire, todo esto es un error. Se está usted equivocando, es una tontería. Qué bobada…-Escupí el mismo argumento de veinte maneras distintas para decir lo mismo: “no es posible”.

-A mí me pasó igual. No me lo podía creer, pero aquí estoy.- Hablaba con voz quebrada, hizo una larga pausa y, al ver que yo había terminado con la lista de argumentos posibles en defensa de mi mujer, inició su cruel relato de infidelidad entre su marido y mi esposa. Antes, y para que no tuviera dudas, sacó de su bolso, que tenía entre las piernas, una foto tamaño postal de mi querida Marta. Era reciente, de cuerpo entero. Me la enseñó interrogante sin dármela.

-Sí. Es ella- Asentí.

-Su mujer trabaja en la joyería Rupérez, en la Gran Vía…-

-Eso no aporta nada- Protesté dispuesto a negarlo todo como si estuviera siendo acusado de la peor infamia.

-Déjeme seguir, por favor- Todo lo que decía era cierto, sus horarios, el metro, el café,  cómo vestía…, en fin, ciertamente era ella. Yo le oía como si hubiera eco y me costaba entender lo que escuchaba, mientras una voz que salía de mis entrañas me repetía “es imposible”.

Ella seguía dándome datos desbordando mis defensas cada vez más débiles ante la veracidad de sus informaciones. Sin embargo, yo me aferraba a la lógica, a mi intuición y, sobre todo, a la absoluta confianza que siempre he tenido con Marta. Jamás había  imaginado una deslealtad, una infidelidad de mi mujer, ¡jamás! Cuando alguna vez surgía este tema en nuestra conversación, motivado por el incidente de unos amigos, un enfado entre nosotros o sencillamente por una película, nos jurábamos lealtad siempre; lo cual no significaba que no fuera posible desear o enamorarse de otra persona, claro que sí, pero nos obligaba a decirlo, a ser sinceros, a ser leales. Pacto de honor.

Mi mujer es muy guapa, mucho; morena, alta y esbelta, ha sido nadadora y se mantiene en magnífica forma. Pero en estos momentos lo que parecía una virtud se transformaba en un defecto, en un argumento más para su infidelidad, nunca me lo había planteado así. Además tiene estilo, va en su genética, de hecho su trabajo la define: es vendedora de la joyería más reputada de Madrid. Eso lo resume todo, belleza, simpatía, clase, comunicación…, poco a poco mi incredulidad se iba mutando en celos, rabia e infinito cabreo, desvariaba, ¡qué necesidad tenía Marta de trabajar!

Mientras, la señora rubia continuaba acongojada su relato que yo escuchaba como un rumor lejano sumido en mis reflexiones, de vez en cuando hacía una pausa para tomar su café y limpiarse las medias lágrimas de color gris oscuro teñidas por el rímel.

Repasaba nuestra vida en común preguntándome por dónde se me había escapado mi feliz matrimonio, en qué momento, en qué lugar. Cómo no me había dado cuenta de que algo había cambiado, tan absortos estamos por el trabajo, por lo superfluo, por las tonterías cotidianas. De repente pensé en el tópico de que el marido es el último en darse cuenta, no puede pasarme a mí, repetía, no puede ser, no es cierto. Han engañado a Marta, le han hecho trampas, eso es: trampas.

-¿Y su marido?- Pregunté un tanto agresivo, buscando un culpable y cortando su monólogo.

-Mi marido es un pobre hombre.

-¿Un pobre hombre? Es un hijo de puta.

-Oiga, sin faltar. Que yo no he insultado a su señora. Con lo que me ha costado decidirme, dar el paso para compartir mi descubrimiento…En todo caso es un pobre hijo de puta. A ustedes, los hombres, les falta intuición, sensibilidad, para detectar lo que le pasa a su pareja, nosotras enseguida sospechamos de una infidelidad, la olemos. No se enteran, como si solo los hombres pudieran ser infieles, lo natural. ¡Con alguien lo harán! Supongo.

-Discúlpeme. No es mi estilo pero el tema me sobrepasa. Y volviendo a su marido, ¿qué?

-Tenemos cuatro hijos, cuatro. Yo no trabajo mas que de vez en cuando, de asistenta, cuando me sale algo y él…-hizo una pausa tragándose la lágrima- él tiene un trabajo eventual.

-Pero bueno, y qué tiene que ver él con mi mujer. ¿Cómo sabe usted de esa supuesta relación?

-¿Otra vez? Usted no me escucha o no quiere escucharme. Ya se lo he dicho, trabajan juntos.

-¿Cómo que trabajan juntos? Ya le digo que se equivoca- buscaba yo denodadamente cualquier resquicio- allí sólo hay dos mujeres, además de Marta.

-No me extraña que usted no se haya enterado, es poco perspicaz. ¿Y el que está en la puerta? ¿El de seguridad?

-¡No me diga! ¡Me cagüen la leche! ¡La hostia!- De pronto lo vi claro. Esto ya me cuadraba más. Era puro sexo. Sabía que le ponían los uniformes. Ahora sí, ahora lo entendía. Sentí ganas de vomitar, fui al baño pero no pude hacerlo. Imaginaba a un tío atlético, uniformado, alto y guapo, atento y amable con Marta, día a día, hasta lograr romper sus defensas y seducirla, una vulgaridad. Volvían las arcadas.- Es sólo sexo, sólo- pensaba rápido intentando ver algo positivo a lo que aferrarme.

-¿Se encuentra usted bien? Está usted lívido- dijo la señora cogiéndome la mano. Yo la retiré bruscamente.

-Cómo quiere que esté. Por qué no le pega un tiro a ese hijo de puta, con su pistola reglamentaria, la de verdad. ¡Joder! En lugar de echarme toda esta mierda encima- La mujer bajó la cabeza, se empequeñeció aún más y comenzó a sollozar moviendo los hombros acompasadamente- ¿Para qué me cuenta todo esto?

-¿Que para qué le cuento todo esto? Como si fuera cosa de una sola persona. Además le necesito a usted. Tengo que proteger a mis hijos, necesito demostrar lo que ocurre para tener su tutela y la compensación económica que me ayude a mantenerlos cuando esté sola.

Habían pasado ya más de dos horas sin darme cuenta, en el móvil tenía cantidad de llamadas perdidas y una de ellas era de Marta. Incomprensiblemente fue la única que respondí. Sentí una enorme tristeza cuando escuché su magnífica voz; le habían llamado de mi oficina interesándose por mi retraso, no tenían noticias. -“¿Te pasa algo?”- Preguntó al oír el débil hilo de voz que yo intentaba disimular.

 La realidad llamaba a mi aturdida y dolorosa cabeza. Aquella mujer añadió que los fugaces encuentros de los amantes eran al mediodía, a la hora de comer- ¡Basta!- Grité, llamando la atención de la gente de alrededor, algunos de mi oficina. No quise conocer más detalles de los amantes, no quería saber desde cuándo, dónde ni cómo, no me cabía más dolor por ahora. Sin embargo, la ofendida esposa insistía en ofrecerme todo tipo de datos, sacó una carpeta con apuntes y fechas. Le supliqué, le rogué que no me atormentara más. Antes de levantarnos añadió:

-Cómo no voy a entender su dolor, ya lo creo que sí. Sin embargo, permítame sugerirle que debemos tener (me dolió que hablara en plural) las pruebas de lo que está ocurriendo. Nunca se sabe si en el futuro debemos defender a nuestros hijos o nuestro patrimonio de la locura de nuestras parejas. No se ofenda pero esas cosas pueden pasar, de hecho lo estamos viviendo ahora- Hablaba en un tono confidencial con una voz más clara, mientras buscaba en una carpeta el documento que finalmente me enseñó, era el presupuesto de una agencia de detectives, con la que ella había contactado y que le habían puesto sobre la pista, por valor de seis mil euros- Necesito que usted me ayude con la mitad y el informe será para los dos, se lo ruego.

Tenía que terminar con esa pesadilla y, además debía incorporarme cuanto antes a la oficina, no sé si para trabajar o para descargar mis emociones. Le pedí a la mujer que me acompañara hasta el cajero que estaba a dos manzanas. Saqué tres mil euros y se los di con la promesa de que me mantendría al corriente, especialmente si detectaban un error, el error.

Los días siguientes fueron los peores de mi vida, plagados de oscuros y tristes nubarrones, fríos e interminables, conocí el insomnio, la sospecha, el temor, la duda, la soledad, el pánico, la deslealtad, el vacío, el dolor sin herida…y cometí el gran fallo de no compartir mi estado con mi mejor amigo, ni con mi hermano,… con nadie; peor aún, los evité.

Salía temprano de mi casa con cualquier excusa, no quería ver cómo se vestía mi mujer ni qué ropa interior se ponía y mucho menos desayunar frente a ella, me dolía hasta su perfume. Todavía no sabía qué decisión tomar. En ciertos momentos estuve a punto de escupirle mis reproches a borbotones, en otros de cumplir mi promesa de ser siempre sinceros y contarle sin más lo que ya sabía pero me podía mi rabia por su infidelidad, su deslealtad y su mentira. Más de una vez sentí la necesidad de abrirle mi corazón destrozado a quien, hasta hace poco, fuera mi mejor amiga, y por las noches ocultaba mis lágrimas silenciosas.

Marta sabía que algo terrible me estaba ocurriendo e intentó acercarse de mil maneras,  las rechacé todas, estaba preocupada y desorientada por mi estado. ¡Cómo es posible convivir tantos años con una persona y no llegar a conocerla! Intentaba consolarme de mis supuestos problemas laborales, económicos, sociales, familiares…, de cualquier motivo que fuera el origen de mi tristeza y ostracismo que, por otra parte, respetaba; pero ella no daba ni una pequeña muestra de arrepentimiento, de remordimiento, de mala conciencia o de sinceridad. Qué cinismo.

Encontré en mi trabajo el refugio que necesitaba, llegaba el primero y me iba el último, continuaba resolviendo los asuntos pendientes en mi casa hasta agotarme, hasta muy entrada la noche evitando así a mi pareja. Seguía sin decidir qué medidas tomar respecto a mi vida sentimental, no quería hacer nada, sólo esperar noticias de la investigación deseando que todo fuera un mal entendido. Debía ser capaz de tener paciencia, de no precipitarme.

Al principio sentía profunda tristeza, pero a los pocos días mi enorme decepción fue transformándose, con el rumiar de la imaginación, en cabreo, rencor, odio, despecho…toda una amalgama de malos sentimientos y deseos que me asustaban. Tengo que reconocer que, en algún momento, llegué a desear la muerte de los amantes, tanta era mi amargura. Fue por esta evolución que pronto encontré alivio en una supuesta venganza; no me atrevía a enfrentarme al tipo de seguridad, suponía, con razón, que me partiría la cara además del alma, cornudo y apaleado; en otro momento pensé en denunciarle a su empresa pero lo  único que lograría sería un escándalo y perderían los dos sus trabajos, demasiado perjuicio para aquella señora con cuatro hijos que lo único que buscaba era una compensación económica. Para qué. Tal vez la culpa no fuera suya, al menos no totalmente, la aportación de mi mujer tenía que ser fundamental, al menos necesaria. No tuve mejor idea que pagarle con la misma moneda, decidí ser infiel a mi esposa.

Sin embargo, me di cuenta que era víctima de mis propias promesas de lealtad: ¡no conocía a otra señora que no fuera Marta! Fui decidido al baño a observarme con ojos femeninos, lo que vi no me gustó, no era un tipo guapo, eso ya lo sabía, pero además al dejar de fumar había engordado de forma desigual, quiero decir que tenía tripa, lo que unido a mi calvicie prematura me garantizaba un fracaso en el “mercado”. Tuve un mal pensamiento: podría seducir a mi confidente, la señora rubia humillada como yo, así mataría dos pájaros de un tiro. Por una parte le pondría los cuernos a ese cabrón y por otra a mi propia mujer que tanto me estaba haciendo sufrir.

Pronto descarté mis pésimas intenciones, cómo iba yo a aprovecharme del dolor de aquella persona, abusando de su situación y haciéndole cómplice de mi rencor, era un clásico, era lo lógico…, pero ni hablar. Además, todavía no sabía nada de ella, no retuve ni su nombre. Nada, no me quedaba más remedio que acudir a las atenciones de una profesional. Nunca lo había hecho y jamás lo hubiera imaginado.

Recurrí a los anuncios de “contactos” y fijé una cita al mediodía, calcando mi dolor. Supuse que contratando un servicio caro hacía una selección que me evitaría lo cutre, ¡error!, no sé cómo es la prostitución barata, tal vez todas sean cochambrosas, lo que yo viví era miserable o tal vez el que se sentía así de guarro era yo mismo. No pude con la sobreactuación melosa de la puta, tal vez si hubiera estado calladita…, pero entre el perfume dulzón, la lencería barata, el decorado cargado como un teatro viejo de barrio y la letanía monocorde, dicha deprisa, de amor y obscenidades mezcladas, lograron el efecto contrario que buscaba, la repulsa más viva. Por supuesto que ni las manos ni el cuerpo más experto lograron excitarme, despertarme o hacerme olvidar, el caso es que mi incursión en el supuesto mundo del amor seguro fue un fracaso total. Salí a la calle con un sol radiante pero ciego de cabreo conmigo mismo. Cada momento empeoraba mi situación anímica.

Al atardecer recibí un mensaje de mi mujer: “Tenemos que hablar”, decía lacónicamente. Significaba que ya no podía dilatar más el cara a cara con Marta, tal vez me iba a confesar su error, su desliz y rogarme arrepentida que la perdonara. Me la imaginaba abrazándome llorosa al entrar en casa pidiéndome que olvidara, que borrara esta nefasta experiencia, volveríamos a ser como antes. ¿Y si, por el contrario, lo que quería era confesarme su pasión por su amante y proponerme la separación? Me temblaban las piernas, no sabría qué actitud tomar, si cabrearme o llorar, si negarme o facilitarle su nueva vida, si rogarle que se quedara o intentar comprenderla…Pasaron por mi cabeza todas las opciones posibles y me decidí por la más generosa: ¡quédate, te perdono!

Llegué muy tarde esperando que estuviera dormida y así posponer la decisión al día siguiente, la noche es mala compañera para ciertos juicios, pero, conociéndola, tenía que saber que me estaría esperando, como así fue. Estaba sentada en el sillón, al fondo del salón, con solo la luz de la lámpara de pie, no en el sofá que hubiera sido más próximo, mal presagio-pensé-. Para rematar la escena observé que ni tan siquiera tenía un libro entre sus manos ni música que escuchar, nunca le había visto tan concentrada y severa, además vi junto a ella una bolsa de viaje abultada. Ante la evidencia, ataqué a la desesperada con mi faceta generosa:

-¡Marta, por Dios! No hagas tonterías. Estás pasando un mal momento, una locura transitoria, se te pasará, lo que te ocurre es tan viejo como el mundo, es solo sexo, nada nuevo, no te confundas…Además, yo te perdono y sabré olvidar- dije subrayando esto último, orgulloso de mi desconocida actitud generosa.

-¡Pero tú eres gilipollas!- gritó a la vez que levantándose del sillón me dio una bofetada con la mano abierta que me tiró al sofá- ¿Perdonarme tú a mí? Cabrón, más que cabrón. Dejemos las cosas claras y para que no pierdas el tiempo negando la verdad, quiero que sepas que, como te notaba muy muy raro y no querías hablar conmigo, tuve que contratar a un detective para saber qué te ocurría. Ahora ya lo sé, ¡canalla!- en ese momento ella, agotadas ya todas las lágrimas, hizo ademán  de levantar nuevamente la mano derecha pero, raudo, yo había saltado detrás del sofá.- ¡Tienes una amante!-sollozó- Y esta misma tarde has estado con ella. ¡Se acabó!-

-Espera. La que tienes un amante eres tú- Afirmé.

-Vaya hombre. No tienes un ápice de dignidad. Me atacas para defender lo innegable. ¡No te reconozco! ¡Cabrón!-

-Marta, por favor, escúchame. Yo sé hace tiempo que tienes un lío- puso tal gesto de ofendida que modifiqué la expresión- bueno, una relación, con tu compañero de la joyería, el de seguridad. Me lo dijo su pobre mujer, que estaba destrozada. Vino a verme, me contó lo vuestro y también contratamos un detective.

-Eres un mentiroso compulsivo. Para empezar no hay ningún tipo de seguridad en la tienda, es una chica, y por supuesto no tiene una mujer “destrozada”. ¡Farsante! Aunque, bien pensado, no hubiera estado mal liarme con ella. Mejor me hubiera ido.

 Y llevándose la bolsa como si fuera de plumas, salió disparada de la casa pegando un sonoro portazo, sin darme la mínima oportunidad de defenderme y dejándome boquiabierto. La escena, el monólogo duró apenas diez minutos, ella había tenido demasiado tiempo para pensar y, al parecer, las evidencias la avalaban.

Me quedé allí, de pie, apoyando las manos en el respaldo del sofá que había sido mi refugio como si se tratara de un burladero, incrédulo y sin entender absolutamente nada. Incapaz de reaccionar. No sé cuánto tiempo estuve en esa postura, atontado, esperando tal vez que volviera y terminara el sainete de mi vida. No volvió, ni entonces ni nunca.

Mis reiterados intentos por hablar con ella fueron inútiles, solo al cabo de un par de meses accedió obligada y chantajeada por la firma del divorcio. Intenté aparentar desenvoltura y hasta me permití una broma poco sutil:

-¿Cómo estás? Ahora sí que tienes “seguridad”- Dije sonriendo con cara conejo, todavía convencido de que yo tenía razón aunque empezaba a tener algunas dudas ya que había pasado demasiado tiempo y aquella señora rubia no había dado señales de vida. Me quedé con gesto interrogante el rato que ella arqueaba las cejas preguntándose qué me pasaba.

-No te entiendo, tampoco lo necesito ya. Vamos al grano…- Cortó.

Confirmé que nunca hubo un tipo de seguridad en la tienda de mi ex mujer, jamás volví a ver a aquella señora cornuda, ni recibí informe alguno de la agencia de detectives. Por supuesto que de los tres mil euros no quedó ni rastro. De mi mujer tampoco.

Esta madrugada me ha llamado mi amigo Pablo, es un alto ejecutivo del Banco Europeo. Estaba muy angustiado. Me ha contado que le ha telefoneado una señora y entre sollozos le ha dicho:

“Soy la mujer del amante de su esposa. Tenemos que hablar”.

Madagascar

SU DIFUNTO HERMANO

Relato del libro Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones

Hasta hace unos meses yo sabía poco de Madagascar: podía situarla geográficamente al sureste de África, alguna vez había leído que la enorme  isla tiene una fauna y flora únicas, y la imaginaba como un nido de piratas y corsarios en el siglo XVI bregando entre portugueses, españoles e ingleses en el Océano Índico; confieso que pensaba erróneamente que todavía se hablaba portugués, fruto de aquella época.

Un día conocí en una cena a un tipo que buscaba comprar camiones de segunda mano, no un camión sólo, digo bien: camiones. Me llamó tanto la atención que me colé en su grupo para participar en la conversación y escuché que pretendía exportarlos a Madagascar, supuse que la flota tenía como destino una empresa de transporte. Ya avanzada la noche, reducido el público e incrementadas las copas, el individuo se creció, concretó más el modelo de camión que pretendía adquirir y farfulló que los vehículos debían transportar madera.

El aspecto fanfarrón y negrero de aquella persona me producía por una parte rechazo y por otra curiosidad. Así fue cómo empecé a informarme sobre la apasionante historia, diversa cultura, riquísima fauna, pobre economía y peculiares recursos de Madagascar. Enseguida encuadré al contertulio camionero con la deforestación masiva y el comercio ilegal de madera en aquella isla, imaginé al moderno pirata gobernando una flota con ruedas y derribando árboles “palo rosa” de valor incalculable, cuya tala está absolutamente prohibida, aunque en la práctica se sigue expoliando con cierta permisividad.

Me interesó tanto aquel país que quedé atrapado por mis fantasías y al mes estaba buscando vuelos desde Paris a Antananarivo que cuadraran con mis vacaciones y mis limitados recursos. Pretendí ir por libre como otras veces pero pronto desistí, es un país tan diverso y rico que, solo, es imposible llegar a sentirlo en tan poco tiempo; por otra parte, me dijeron que las distancias son enormes, no tanto medidas en kilómetros sino por el tiempo que se tarda en recorrer algunos tramos cuyas carreteras son caóticas.

 Me eché a los brazos de una organización local que, al menos, te garantizaba el transporte y hospedaje en los destinos que me había marcado. Descarté recurrir a aquél bucanero que, al final, me dio su teléfono, no era sólo una cuestión de falta de afinidad, tampoco me fiaba de lo que contaba ni de su aspecto. Sin embargo, le agradecía que me hubiera sugerido este destino.

Unos días antes de mi marcha me llamó José, un buen amigo mío, proponiéndome tomar un café para hablar conmigo. Se había enterado de mi proyecto, todavía no sé cómo, y quería pedirme “un gran favor”. No quiero ser desconsiderado pero, como norma, prefiero viajar sólo, percibo otras sensaciones, estoy más centrado en el país que visito y la intensidad de lo que vivo es mayor;  acompañado aprecio la mitad.

-No sé si sabrás que tuve un hermano misionero seglar en Madagascar- empezó diciendo en tono confidencial y temí que quisiera acompañarme – Cientos de veces le prometí visitarlo y otras tantas me surgieron compromisos, excusas, para no cumplir mi palabra. Sin embargo, yo le mandaba dinero y recaudaba fondos entre empresas y conocidos para mantener su misión en aquel lejano país- aclaró justificándose.

-Nunca encontré el momento para visitarle y mi querido Lucas falleció. Siento cierta angustia por no haberlo hecho y ahora ya no tengo ni fuerzas ni ganas- continuó compungido y con enorme secretismo.

Yo le quería mucho a mi amigo y me enternecía con qué admiración y amor hablaba de su hermano, pero  todavía no entendía por qué me hacía semejantes confesiones.

-Me hubiera gustado visitarlo aunque sólo fuera en su tumba, pero ya soy muy mayor para ese viaje, perdí la oportunidad e incumplí mi promesa- se acercó un poco más todavía- Quiero pedirte un gran favor, quiero que vayas a conocer la misión en la que trabajó, la casa donde vivió, el pueblo que seguro le quiso, el lugar donde ahora descansa…, y me lo cuentes a tu regreso. Lo necesito- Por supuesto que le prometí que lo haría, eso y lo que hiciera falta aunque me costara un Congo. Entonces no sabía todavía lo que eso significaba.

No fue nada fácil localizar la aldea de Karala, donde supuestamente estaba la misión en la que colaboraba Lucas, por fin la encontré en el mapa con la ayuda de mi amigo, en el centro del país, a unos 120 kilómetros al sur de la capital, en el territorio de Los Meliva. Contacté con la agencia que había organizado el viaje y tuve que modificar ligeramente mis planes, retrasé dos días el inicio de mi tournée por el país para cumplir con mi promesa cuanto antes (fuera agobios) y disfrutar después plenamente de mi estancia en la gran isla.

Al amanecer del día siguiente de mi llegada a la capital -Antananarivo- pude contratar un todo terreno para que me acercara a mi destino, digo bien acercar porque el chófer no quería llevarme hasta la misma aldea y acepté que me dejara en otro pueblo a unos diez kilómetros de la misión, me parecía incomprensible pero asumible. Pensé que el conductor querría volver pronto a casa, que tendría otro servicio o que seguiría otra ruta.

Al principio la carretera era buena pero pronto entramos en unas pistas entre arrozales con enormes baches que martirizaron mis riñones. Tardamos cinco horas para hacer poco más de cien kilómetros y todavía no habíamos llegado. El permanente olor a canela lograba por sí solo paliar el suplicio de mi desventura. Había calculado estar a mediodía en la misión, pasar la tarde hablando con los que conocieron a Lucas, visitar su tumba y los lugares donde trabajó, para volverme temprano al día siguiente a empezar mi vuelta por Madagascar.

El tipo con su viejo Land Rover , el potro de tortura, me abandonó a las puertas de un poblado desolador, tampoco quiso comprometerse a recogerme al día siguiente lo que hacía añicos mis previsiones y no tuve más remedio que dejar mi vuelta en manos de los compañeros del finado Lucas. Preocupado, lo vi alejarse entre nubes polvorientas después de beber un trago de agua de una especie de botijo.

Comí dos plátanos y bebí una coca-cola en uno de los puestos ambulantes de la calle mayor y única; no tuve el valor de comer nada de lo que ofrecían los vendedores ambulantes. El viaje me había dejado roto. El idioma era malgache pero me hice comprender en francés con un grupo de sonrientes negros mayores que, como en cualquier lugar del mundo, descansaban sentados a la sombra de un enorme y frondoso árbol.

Muchos de ellos negaron saber dónde estaba la misión y todos desconocían quién era Lucas, por un momento creí que me había equivocado de poblado hasta que uno de ellos se levantó pesadamente apoyado en un palo y me indicó con su mano cuarteada la dirección del lugar. Señalaba la entrada al exuberante bosque que amenazaba con tragarse al pueblo.

Por supuesto que no logré un medio de transporte que me aliviara los diez kilómetros que todavía tenía que recorrer, en otras circunstancias no me hubiera importado hacerlos andando, en total no eran más de tres horas a pie. No me sentía Tarzán y renuncié a hacerme el valiente adentrándome en una selva, por muy protegida que fuera, donde debían abundar los lémures (parecidos a los monos) y reptiles.

Me  senté a las puertas de la ancha pista que se adentraba en el bosque esperando a que pasara cualquier vehículo o persona con quien ir acompañado, ni de broma me metía sólo en esa jungla desconocida. Ya había pasado media hora, las promesas a mi amigo llevaban tiempo tambaleándose y empezaba a hacer planes para abandonar cuando oí el ruido lejano de un motor.

Tuve serias dificultades para subirme al camión verde oscuro cuyas ruedas eran enormes, el conductor de rasgos malayos me invitó sonriente a subir y no cambió la simpática mueca durante el recorrido. Decía que sí con la cabeza a todo, incluso cuando le pregunté por la misión y cuándo era la época de lluvias. Siempre sí, sonriente.

Es probable que, si no fuera por el miedo que tenía, hubiera llegado antes a pie; los baches eran cada vez mayores, verdaderos socavones, y para empeorarlo encontramos con frecuencia ramas atravesadas en el camino. Entonces entendí por qué se negaba a seguir hasta la misión el Land Rover que me trajo. Sin embargo, el chofer del camión continuaba sonriente vadeando los hoyos y pasando por encima de los restos de árboles como si no estuvieran, dudo que supiera que el vehículo tenía marchas, íbamos siempre en primera.

En un momento dado paró, me dio a entender que el motor se había calentado y esperamos un rato. Lió un cigarrillo y rechacé su ofrecimiento, no sabía lo que fumaba y tenía el estómago casi vacío. Al rato se subió al capó del vehículo, levantó la tapa lateral y, ante mi asombro, meó con maestría el radiador en amplios círculos; cuando terminó me invitó a hacerlo yo también, entendí que necesitaba de mi colaboración y lo hice encantado aunque aquello desprendía un humo maloliente. ¡Pobre camión verde!

Continuamos dando saltos por la frondosa selva y, de pronto, se abrió un claro ante nosotros: aquello estaba “pelao”. Recordé las historias sobre la deforestación y comprobé que no eran leyendas, habían talado una especie de árbol dejando otros aislados o tumbados, rodeados de maleza y ramas muertas. A un lado del camino se apilaban los troncos seleccionados como cadáveres sin extremidades. Justo allí paró mi sonriente compañero de tan exhausto viaje y esperó a que me bajara, lo hice de manera acrobática, había olvidado lo alto que era el camión, me faltaron escalones y caí  al suelo en la soledad del bosque esquilmado con la misma vergüenza que si lo hiciera en la Puerta del Sol.

Tuve que andar quinientos metros más hasta llegar a la misión que ahora era un barracón adosado a una nave donde trataban la madera. No encontré ni la chabola redonda con techo de paja, ni la escuela de madera con una sola pared donde apoyar la pizarra, ni la monja seglar con el crucifijo en el pecho rodeada de niños negros amorosos pegados a sus faldas, ni el porche con la mecedora donde al atardecer Lucas y su amigo nativo charlarían amigablemente protegidos por una mosquitera mientras la selva rugía ante su indiferencia…Nada.

Tan solo dos negros corpulentos estaban en ese momento en la precaria serrería movida por un generador, donde cortaban los troncos al mismo tamaño a la vez que les quitaban la corteza, dejando al aire la preciosa madera rosada y brillante.

Les causé una evidente desconfianza que hicieron notoria ignorando mis preguntas sin tan siquiera mirarme. Tuve que gritar para hacerme oír, tapado por el ruido de la sierra y lastrado por mi dudoso francés. El más fuerte giró la cabeza cuando oyó que venía de España y lentamente fue hacia un poste lateral de madera donde desactivó el interruptor del sistema. Se giró hacia mí y me miró interrogante.

-Soy amigo de Lucas, el misionero. ¡La misión!- repetí tres veces vocalizando con exageración ante los ojos incrédulos del individuo.

– Yurí- gritó.

Al momento apareció un  individuo con rasgos orientales y color oscuro, no sabría calcular su edad pero estimo que tendría alrededor de cincuenta años. Saludó con la cabeza y me dijo sonriente:

-¿Cómo está usted? – Después de un largo silencio volvió a su idioma malgache, aunque demostró un buen dominio del francés. Comprendí que había estado en la misión y que conoció a Lucas.

Todavía de pie pude explicarles el objeto de mi viaje, con lo que desapareció la tensión inicial y surgió su innata hospitalidad. Prácticamente ya había oscurecido y la maquinaria no volvió a rugir, me invitaron a cenar. El barracón era diáfano, en un lado amontonaban ropa y algunos enseres, tenían una pequeña cocina a gas en un rincón, una mesa y unos bancos corridos por el perímetro del local.

Comimos arroz mezclado con carne en cuencos y cucharas de madera, poco me importaba si era caballo, mono o tortuga, tenía un hambre caníbal, bueno, no tanto, pero sí mucha. Los tipos parecían divertidos, curiosos y extrañados conmigo, el clima era propicio para las confidencias y aproveché  la segunda ronda de un alcohol peleón que bebíamos para intentar hablar de nuevo de Lucas.

Al parecer sólo Yuri llegó a conocerlo, hacía tiempo que había fallecido y…en este punto se levantaron y salieron a hacer pis fuera y yo con ellos, estaba claro que los alrededores eran el “baño completo”. ¡Cualquiera salía a medianoche!

Los tres llevaban potentes linternas, me hicieron gestos para que les siguiera y fuimos detrás de la nave. Enfocaron una zona e iluminaron los restos de madera de unas derruidas chabolas o barracas. “La misión” me dijeron con cierta ironía.

-¿Y el poblado?- pregunté incrédulo. Alumbraron el barracón y la nave, perfilando en la noche sus extremos y dándome a entender que estuvo allí. Volvimos al refugio.

-¿Cómo murió Lucas?

-Es una historia complicada- aclaró Yuri en su buen francés- Con las empresas madereras llegaron los problemas, no tanto porque talaran los bosques sino por la atracción que ejercieron sobre los habitantes de la zona. La misión se despobló y todos los jóvenes se fueron con ellos, ahora están trabajando en otras selvas del país, yo soy el único que resiste por aquí. Los viejos y las mujeres que quedan viven mayormente en el pueblo próximo por donde supongo que pasaste.

-Sí pero, ¿qué pasó con Lucas?- insistí.

-Se suicidó.

-¡Eso no es posible! ¡Un hombre tan religioso como él jamás cometería semejante error!- protesté.

-Yo mismo lo vi. Una mañana lo encontramos ahorcado. Se había colgado con una soga de un gancho de la pared. Se quedó de rodillas- aclaró.

-No entiendo. ¿Cómo puede un suicida quedarse ahorcado de rodillas?- yo estaba muy extrañado.

-Pues así fue- cortó sentenciando y dejando claro, por el tono, que no deseaba continuar aquella conversación.

Dormimos tumbados en los bancos corridos cubiertos con ligeras mantas y protegidos por mosquiteras. Ni una sola vez en toda la noche fui al baño a pesar de mis perentorias necesidades, solo al amanecer aproveché para seguir al primero que salió, era Yuri.

Pegado al él, y mientras hacíamos pis, le pregunté calladamente para que los otros no oyeran:

-¿Dónde está enterrado Lucas?- seguía pensando en cumplir con la promesa que había hecho a mi amigo.

-Mejor olvídalo. Primero estuvo cerca del camino que unía la misión con el pueblo, ahora aquél sendero es ahora una ancha pista cubierta de barro y ramas, sobre las que han pasado infinidad de camiones cargados con la madera que él pretendía defender. Qué ironía.

-¿Estás seguro?- dije asombrado.

-No lo sé. También circularon rumores que lo habían trasladado a otro lugar para hacerle el rito de “regreso a la muerte” que consiste en desenterrarlo cada siete años como una divinidad. Aquí fue muy admirado.

-¡Pero si era más cristiano que Cristo!

-No se trata de religión, es solo una tradición- aclaró y dio por finalizada nuestra conversación cuando el capataz le dio una orden gutural para empezar la jornada laboral.

Estaba sentado en un tronco cerca del camino esperando a cualquier vehículo que me acercara de retorno al pueblo. Meditaba aturdido intentando poner en orden mis ideas después de una noche tan sórdida cuando, de pronto, apareció un magnífico todo terreno plateado.

Los trabajadores se irguieron y me señalaron con la cabeza, intuí que era el capo y por un momento temí que me quitaran la corteza y trocearan. Paró donde  cerca de donde yo estaba y abrió la puerta.

-Ven. Sube. Yo te llevaré-

No era una invitación, era una orden. Era un hombre fornido, moreno con pelo encanecido y con barba recortada.

-Has tenido suerte de que yo estuviera cerca y me que avisarán. ¡A quién se le ocurre venir aquí! Cualquiera hubiera podido confundir tus intenciones. Por cierto, cuéntame qué haces en este recóndito lugar.

Me extrañé yo mismo que no sintiera temor ante esta extraña situación. Desde el momento en que subí, tuve una sensación acogedora dentro del coche, tal vez fuera el contraste con mis recientes vivencias o el lujoso vehículo. Intuí que estaba bien acompañado y protegido.

Le conté con pelos y señales toda mi desventura, me tomé el tiempo necesario para  convencerle de mis buenas intenciones. Me hizo muchas preguntas, demasiadas me parecían, y contesté con todo tipo de detalles. Puso mucho énfasis en saber qué hacía mi amigo que me encargó que hiciera las gestiones sobre su hermano. Temí por él.

Entretanto habíamos pasado el pueblo y por una senda llegamos a un descampado donde descubrí ¡un helicóptero!

¡Jodér!- pensé- Yo tan confiado y estos tipos son capaces de tirarme desde el aire.

El hombre paró el coche, se quitó el sombrero, se giró hacia mí y con una gran tristeza en sus ojos me dijo:

-Yo soy la persona que buscas. Soy Lucas, el hermano de tu amigo.

Debí poner tal cara de susto que el individuo puso su manaza en mi hombro izquierdo para tranquilizarme y continúo:

-No es necesario que lo sepas todo, tampoco te conviene. La Misión tuvo sentido hasta que llegaron las mafias madereras, hubo un momento en que éramos nosotros o ellos, no tuvimos elección: nosotros. Que Dios nos perdone…

Al parecer, la riqueza de la selva que rodeaba su misión era tal que su destino estaba sellado. Se cargaron al jefe mafioso pero tuvieron que suplantarle para evitar que vinieran otros, por proteger a los indígenas y en beneficio de todos. Lo enterraron difundiendo que el misionero había muerto y Lucas usurpó su lugar y su identidad. Tuvo que mentir a su hermano para evitarle complicaciones y ser descubierto.

Antes de subirme al helicóptero para que me llevaran a la capital, me dio un sobre con viejas fotos:

-Dáselas a mi hermano, disfrutará con ellas. Jamás cuentes lo que has escuchado hoy, por la seguridad de tu amigo y, sobre todo, de la tuya- en ese momento apretó con fuerza su mano en mi brazo hasta hacerme daño.

Perdí la mitad de mi esperado viaje aunque pagué su totalidad, pero eso no me dolió tanto como lo que tuve que mentir a mi amigo que me esperaba ansioso para saber noticias de su hermano. Le temblaban las manos de emoción mirando las fotos de la misión que le había conseguido.

En fin, todavía me debato entre la tristeza por haberle mentido y la alegría al recordar su rostro en sus últimos días hablándome entusiasmado de su hermano. Solo le aclaré que no era necesario enviar más dinero, ni suyo ni de otros, le informé para su satisfacción que ya habían sido reconocidos como algo parecido a “entidad sin ánimo de lucro”  y que, en consecuencia, eran mantenidos por el erario público. No se quedó muy conforme al perder el mecenazgo de la misión pero aceptó dejar su generoso papel con resignación.

EL REGALAZO

  De mi libro   Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones                                                              

Tocó el timbre suavemente, sin apenas apretar, como si pudiera regular la intensidad al pulsarlo. Tenía las llaves del piso de Sandra hacía ya más de un año pero prefería siempre anunciarle su llegada para respetar la intimidad de su amiga. Ella abrió la puerta con fuerza y, sin mediar palabra, se lanzó a su cuello al grito de “feliz cumpleaños”. Estuvo largo rato de puntillas colgada de él, abrazada y llenándolo de pequeños besos, ajena al vecindario que, hasta hace poco, tanto les había preocupado. Lo fue llevando adentro con pequeños pasos hasta que pudo empujar la puerta con la punta de su pie izquierdo.

Eran poco más de las tres de la tarde de aquél doce de Junio y Madrid comenzaba a sentir la proximidad de un verano caluroso. Sandra había puesto la mesa en la terraza que daba al Paseo de la Habana, cubierta por un toldo a rayas rojiblancas. No faltaba detalle, el mejor mantel, una magnifica vajilla, flores y hasta velas a pesar de la luz cegadora del sol.

-Cincuenta años no se cumplen todos los días- recurrió al tópico para justificar el sofisticado menú: ostras, foie y caviar.

-Te has pasado- Adrián protestaba cariñoso mientras le ayudaba a llevar el frío menú a la mesa.

-Y tu vino preferido: un Mosela helado.

Adrián trabajaba como redactor en la agencia EFE, en la sección internacional, lo que unido a su simpatía le hacia un tipo interesante y ameno. Era alto con andares perezosos, gafas y pinta de intelectual, moreno y agradable sin ser guapo, normal. Su amigo, Eduardo, era el médico de empresa, una mala compañía según se mire: no bebas, no fumes, no comas. Una tarde que fue a su despacho encontró en su lugar a una médica  morena con melena a lo “paje”, más bien pequeña, guapa de cara, con algunos kilos de más y pasada la cuarentena. De cualquier manera la prefería a su amigo, aunque la sustitución era solo por un mes.
Después de mirar sus dedos artríticos le dio una pomada, dos consejos, un volante para hacerse una analítica y una cita tres semanas más tarde. Le gustó aquella persona de ojos sonrientes, cara de buena gente y afable. Sin embargo, olvidó su cita y cuando volvió a la consulta lo atendió de nuevo Eduardo con sus enormes ojos que solo lucen los hipermétropes.

Meses después, una tarde fría de febrero, se encontró con aquella mujer en el café frente al edificio de la agencia. Ella lo saludó desde la barra y él intentó disimular su despiste dándole dos besos en las mejillas como si la conociera.

-Me alegro de verte- mintió.

-¿Cómo estás?- En ese momento Adrián entendió que la pregunta era más profesional que amistosa, solo le faltaba la bata blanca, ¡era la médica interina de empresa! Ella pasó por alto el fallo.

-Bueno, algunos días me duele, sobre todo la mano izquierda. Pero, qué tonterías estamos hablando. ¿Te puedo invitar a tomar un café?

Estuvieron un rato, de pie, charlando relajados. No podían ser más distintos, la altura de él hacía todavía menor la estatura de ella, el afán cultural de Sandra y su pasión por la lectura contrastaban con la afición al deporte y al aire libre de Adrián, sus fuertes vínculos familiares eran extraños para una soltera sin hijos… Sin embargo, hubieran seguido tomando cafés apoyados en la barra de cualquier bar disfrutando de su mutua compañía.

-Gracias Adrián, tengo que marcharme. Permíteme un consejo: no te vendría mal unas sesiones de acupuntura. Créeme.

-He probado tantas cosas…

-Delante de ti tienes a una médica de empresa, de familia y acupuntora. Pásate un día por mi casa, vivo aquí cerca, y verás qué alivio. Que sea por la tarde, por la mañana estoy en el clínico.

-Vale pero este mes hago el segundo turno y salgo a las nueve de la noche.

-No importa, vente mañana cuando acabes. Estas cosas cuanto antes mejor – Y sin  mediar más palabras le anotó su dirección en una servilleta y salió deprisa. El no supo qué decir y, lo que era peor, todavía no recordaba  su nombre.

Adrián no era un hombre que fantaseara con aventuras, al contrario; cuando oía que alguien tenía un lío, le parecía de mal gusto y, sobre todo, sentía una enorme pereza ajena. ¡Qué horror!- pensaba – dar conversación intencionada, contarle tu vida, hacerte el gracioso, escuchar con interés…No entendía cómo alguien podía disfrutar con tanto trabajo y jactarse de ello, ni en broma. Sin embargo, cuando ese día, después de cenar, comentaba con su mujer las noticias de la jornada, obvió deliberada e instintivamente las nuevas expectativas para su artrosis. Algo le inquietó.

Se extrañó que, a esas horas de la noche, le recibiera con la bata blanca y  tratara como un verdadero paciente, que es lo que era, pero tal vez había fantaseado inconscientemente. Su casa era clásica, con muebles caros y alfombras mullidas que no dejaban ver el suelo. Directamente le pasó al despacho; él comenzó a remangarse y a ofrecer sus manos.

-Desnúdate totalmente, túmbate boca arriba en la camilla y cúbrete tus pudores con ésta toalla- le ordenó sonriendo y dándole la espalda.

Clavó agujas en sus orejas, brazos, pecho, muslos y pies; lo hacía con sumo cuidado, sin apretar, justo pinchaba, hacía girar el “rejón” y dejaba que colgara. Bajó las luces y le pidió que estuviera quieto durante treinta minutos. Ella se sentó a su lado y charlaron de su juventud, sus estudios, inquietudes y hasta pasiones. Sandra dejó de hablar un rato, su perfume se hizo más intenso y, sin guantes, comenzó a quitarle uno a uno los alfileres empezando por la frente. Lo hacía lentamente, con mucha suavidad y comenzó a jadear cuando ya estaba desarbolando el pecho.

Quedaban todavía los pies por limpiar, cuando, sin mediar palabra, se subió ágilmente a la camilla y se sentó a horcajadas encima de él. Le quitó la pequeña toalla que cubría su erección y se separó el tanga ya húmedo.

-Sandra, sólo quería decirte que lo de ayer fue maravilloso, que me encuentro fenomenal y que me encantaría seguir con el tratamiento- Adrián, todavía aturdido por lo inesperado y eficaz trato de su acupuntora, vomitaba por teléfono su recuperada pasión.

-Gracias a ti, Adrián. Eres un buen paciente, así da gusto ejercer.

-De eso quería yo hablarte, qué te parece si vuelvo ésta noche, al salir.

-Yo creo que hay que espaciarlo una semana. El cuerpo debe recuperarse y ansiar curarse- dijo con humor.

-Hombre, una semana es demasiado; bueno, es la opinión del paciente, lo que usted diga doctora, no quiero contradecirla.

-Espera Adrián, tengo que decirte algo. Soy doctora, sí, pero no acupuntora- se hizo un largo silencio y continuó- si has mejorado de tu dolencia será por autosugestión o, mejor, porque necesitabas un buen polvo y desentumecer tus manos tocando un estupendo culo, el mío.

-No me digas… – se oyó susurrar a Adrián.

-Tranquilo, he visto hacerlo muchas veces y no iba a hacerte daño, pero desde luego no creo que llegara a curarte. Te cuento todo esto para decirte que puedes seguir con el tratamiento el próximo miércoles a la misma hora.

Cada semana de cada mes celebraban su encuentro como lo que era: una gran fiesta. La cena, siempre de capricho, servida de la mejor manera y con los vinos más adecuados; solo seleccionar el menú era ya un placer, el preámbulo de una noche especial, mágica, emocionante. Las conversaciones eran intensas, a veces íntimas, otras culturales, políticas y muchas nostálgicas. Alrededor de las velas se confesaron sus defectos, éxitos y errores, pecados y virtudes, aventuras y sueños, viajes y deseos…Su relación fue solidificando una amistad estable y honesta, ambos necesitaban encontrarse para descargar sus inquietudes y problemas, comentar los avatares profesionales o políticos, confesar sus agobios económicos o desencuentros con amigos o familiares, era en suma una mutua terapia que se hizo imprescindible en sus vidas.

Claro está, sin olvidar el origen de su relación: el sexo. Ella supo excitarlo con sus inconfesables fantasías mientras le mordisqueaba y chupaba sus orejas, a la vez que Adrián le decía obscenidades que aceleraban y prolongaban sus múltiples orgasmos. Lograron ayudarse con juguetes eróticos y pelis porno, conjugaron ternura con violencia, ataduras y disfraces…consiguieron mantenerse en la cresta de la ola. Y lo tenían fácil, eran lo suficientemente inteligentes como para no exigir al otro lo que no podía darles; Sandra tenía su vida profesional y social, rica y equilibrada y, cómo no, también surgió algún pretendiente.

Todo lo comentaban en su cena semanal pero sin compartirlo, era solo virtual; sin embargo, lo inevitable: celos e inquietudes, aparecían en forma de cosquilleos o ceños fruncidos que los dos se apresuraban a mitigar conscientes del enorme valor que suponía tener en el otro un refugio seguro e íntimo que, paradójicamente, equilibraba y estabilizaba la vida de cada uno de ellos.

Por su parte, Adrián disfrutaba de una vida familiar idílica, rodeado de sus hijos, a los que se dedicaba con fervor, y de su mujer, Paola, vital e independiente. Temía reconocer que era más feliz con su mujer desde que conoció a Sandra, la miraba de reojo en las cenas con su grupo de amigos y admiraba su sinceridad, simpatía y cultura, aunque se mantenía entre ellos la ausencia de complicidad a pesar de compartir la inquietud por sus hijos, deportes y mucha vida social. Sus escasas relaciones sexuales no se vieron alteradas por la aparición de la tercera persona, más bien al contrario, Adrián seguía deseándola y buscándola, lo que ocurría una vez por semana, los sábados naturalmente, si Paola no lo evitaba. En estos casos Adrián tenía un cabreo interior enorme que duraba hasta que volvía a encontrar a su mujer, lo que, cínicamente, justificaba su relación con Sandra.

Este miércoles cambiaron la cena por comida con siesta para que Adrián pudiera celebrarlo con su mujer, “c’est conça” decía Sandra resignada. Era una mujer muy clara y nada complicada; sabía las limitaciones de su relación, las acataba y animaba a su amante a respetarlas.

– O esto o nada- decía cuando veía flaquear a su coyuntural pareja por celos o por pereza para salir de su cama a media noche- Era ella la que luchaba por mantener viva esta relación, argumentando que lo que les daba era tanto que superaba con creces el cansancio, la mentira y la inquietud. Paradójicamente les aportaba a los dos un equilibrio que jamás hubieran sospechado encontrarlo en sus encuentros furtivos.

Estaba ya entrando en su urbanización y repasaba mentalmente el plan para esa noche; quería sorprender a su mujer, Paola, con una buena cena y  había reservado mesa en el “Txirla”, luego irían a escuchar jazz al Motta como en sus buenos tiempos y, por supuesto, pretendía seducirla como entonces.  Era una mujer magnífica, morena con ojos negros rasgados, labios y nariz perfectos, hombros redondos para un cuerpo estupendo… ¡Pero qué coño hacía siéndole infiel! Era la primera y la última vez, pensaba siempre al volver a casa después de estar con Sandra, se arrepentía, se flagelaba, se inquietaba…pero al día siguiente anhelaba sus fugaces encuentros semanales. Era un péndulo.

Aparcó el coche frente a su puerta sin meterlo en el garaje, saldrían enseguida. Le extrañó el silencio absoluto de su casa, ni tan quisiera Rufo ladraba. Llamó inútilmente a su mujer, a sus hijos; nadie contestaba. Iba a subir al primer piso cuando, de repente, se encendieron todas las luces y al grito de “felicidades” aparecieron por las puertas que dan al hall todos sus amigos, familiares, vecinos y compañeros de trabajo. Era una riada de personas que se turnaban para abrazarlo, empezando por su mujer que lo hizo bajo el tronar de los aplausos; no pudo contener la emoción. Por supuesto que cantaron “Cumpleaños feliz” en varios idiomas y “Es un muchacho excelente”.

Paola no era conocida por sus derroches pero, esta vez, no tuvo límite: catering de nivel en lugar de utilizar su propia cocina, champán francés sin tonterías, carpa alquilada en el jardín y música seleccionada de los ochenta, hasta la noche parecía haberse elegido… la celebración lo merecía. Las mesas, sillas y sofás del jardín estaban dispuestas en círculo de manera que mantenían al grupo compacto, entero, unido como era. Él pensó que era el hombre más feliz del mundo, rodeado de su familia y sus amigos más queridos en su propio hogar, ¡qué más podía pedir ¡

La fiesta estaba en su momento álgido, con platos vacíos y copas llenas, cuando una señora bellísima, joven, morena de pelo corto, ojos oscuros, labios rojos, con un vestido negro ceñido y tacones altos, hizo su aparición en medio del cuidado jardín. Era tal la impresión que causó que, inevitablemente, el parloteo se redujo a un rumor de donde escapó la típica expresión machista a pesar del entorno familiar: ¡vaya regalazo! Sugirió un vecino.

La belleza levantó su copa de champán y propuso un brindis:

-Por Adrián. Para que seamos felices- La mayoría brindó con ella entre curiosos y divertidos, esperando saber más de aquella desconocida. No tuvieron que esperar mucho.

-Me llamo Sandra- Hizo una larga pausa para disfrutar de la expresión interrogante de un público absorto y silencioso- Me ha costado mucho decidirme a venir en este momento, pero he creído muy conveniente aprovechar que estáis prácticamente todos los más próximos a Adrián para, ya que él no se atreve a decíroslo, anunciaros que soy su pareja, que nos queremos hace ya unos años. No sé, llamarlo como queráis, la amante, me da lo mismo. Ya lo sabéis. Eso quería deciros- Y bebió su copa de un trago sin apenas moverse, después de lo cual se sentó hundida.

-¡Es una broma! Dónde está la cámara oculta- gritaba Adrián agitando los brazos medio sonriente, medio angustiado-Qué tontería está diciendo- insistía- ¿A quién se la ha ocurrido semejante idiotez? No tiene ninguna gracia – Tuvo un fugaz recuerdo para la verdadera Sandra y no pudo evitar desear que fuera tan estupenda como la escandalosa que la suplantaba ahora. Iba de un lado a otro protestando, buscando al bromista entre sus amigos, interrogando con la mirada a su más íntimo, Eduardo, sin obtener respuesta. Hasta que se cruzó con la expresión horrorizada de su mujer.

Todos los que allí estaban  sonreían confundidos y expectantes, sin perder un ápice de la grotesca escena y, todavía, sin descubrir si presenciaban un drama o una comedia. Al no encontrar respuesta entre sus amigos y familiares, el cumpleañero nervioso y confundido, se volvió hacia su supuesta amante.

-Mire, le agradezco su participación en esta broma, pero necesito que termine ya, por favor- Sudaba nervioso con una mueca de sonrisa. Insistía con su mirada en descubrir al causante de tan siniestra ocurrencia que ya estaba haciendo mella en su familia.

De pronto, Rosa, la hermana de Adrián, se levantó garbosa agitando sus anchas caderas, dejó su copa de brindis en la mesa y con determinación cogió del codo a la protagonista del enredo intentando levantarla:-Venga. Vale ya, se está usted pasando-

-¿Que yo me estoy pasando? Te reconozco Rosa y me asombra que seas tú quien pretenda poner fin a la verdad, a la transparencia y sinceridad; y no me extraña después de tantos años ocultando lo tuyo.

-¿Lo mío? ¿De qué coño hablas, imbécil? -Gritó encendida y agresiva.

-¡Pues claro que hablo de tu coño! Nadie se cree que “cuides” tanto tu casa de La Sierra; tanto ir y venir…Todos saben que el pastor “pasta” entre tus piernas.

-¡No es pastor, es ganadero!

-Mucho peor. Más cuernos.

Con enorme dificultad se incorporó de su silla hundida Andrés, el marido de Rosa, y con la cara hinchada y roja- no de la vergüenza sino del alcohol- y gritó a su mujer: “Puta, más que puta”

-Vaya hombre- le encaró Sandra- Ahora resulta que después de toda una vida follando y bebiendo por todas las esquinas, vas a condenar a tu mujer por una ilusión que, en el fondo, tu fomentaste porque te convenía mantenerla alejada. Con ese bigote de marsopa casposa…

-Que alguien llame a la policía- sugirió el padre de Adrián.

-Buena idea- La morenaza bajó la voz, ya no era necesario gritar, la expectación había creado un silencio tal que no se oía ni pájaros, ni grillos ni música alguna; tan sólo el jadear de pechos inquietos azorados por lo que acababan de escuchar y temerosos de lo que podría ocurrir.

– Muy buena idea- insistió- Harían una magnífica redada y hasta, quién sabe, podrían interesarse por cualquier Técnico de Fomento capaz de transformar un sueldo de funcionario en una buena fortuna y, por favor, no nos hable de herencias- el hombre aludido buscó interrogante y asustado la mirada de su hijo.

El grupo comenzaba a dispersarse discretamente entre la vergüenza ajena de lo escuchaba y el temor a que se publicaran sus secretos que, al parecer, no lo eran para la asombrosa amante de Adrián.

-Por favor, acompáñeme- Murmuró Eduardo a Sandra, empujándola suavemente por la cintura- Pero qué está pasando aquí- dijo pensativo y hablando consigo mismo.

-Pobre Eduardo. Siempre fiel y leal amigo, tanto que te enamoraste de su mujer, Paola, sin confesarlo. A lo mejor te conviene que haya destapado todo este bodrio. Yo me voy con mi amor y tu consuelas al tuyo- El aludido soltó a su presa al quedarse petrificado, por el descubrimiento o por la sugerencia. Ni tan siquiera insistió más en que abandonara el recinto, fue él quien, aludido y desconcertado, se retiró cabizbajo.

Solo las chispas de las velas recordaban que hacía poco menos de media hora aquel lugar fue el encuentro feliz de un cumpleaños. Las sillas estaban casi todas vacías y alguna caída, los platos y copas desordenados en la mesa y el césped, todavía quedaba alguna ropa olvidada y los más rezagados abandonaban el jardín evitando temerosos a la peligrosa belleza. Los vecinos de la casa de al lado se alejaban con paso corto cogidos del brazo mirando al suelo y la mujer no pudo evitar decir a la escandalosa amante: “Arpía”

-¡Vete ya miserable!- gritó Sandra levantando la voz para que la oyera toda la urbanización- Seguro que te llevas algo, toda la vida robando a los vecinos: leña, carbón, agua y hasta electricidad. ¡Miserable!- Insistió mientras el matrimonio aceleraba el paso y se empequeñecía.

Se volvió con ternura hacia los tres que todavía permanecían sentados: la mujer y dos hijos de Adrián. Ella estaba en el centro agarrando las manos de sus atónitos hijos, sosteniéndoles y animándoles. “No pasa nada “-decía.

-Es cierto, no pasa nada- Reiteró Sandra- Lo siento muchísimo pero tenía que hacerlo, es mejor así.- Dijo acariciando la cabeza de la niña, que no parecía muy afectada, sino más bien divertida.

Dos días más tarde, al fondo de una cafetería estaban sentadas frente a frente Paola, la mujer de Adrián y “Sandra”.

-Estuviste magnífica, insuperable. Nadie dudó que tú fueras la auténtica amante de mi marido. Además te ibas creciendo y cada vez más metida en tu papel. No sabes cómo disfruté, me costaba poner la cara de circunstancias. Bueno, no me podía aguantar con lo mi cuñada, qué imbécil. Con mi suegro te pasaste, eso no estaba en el guión, aunque, bien pensado, no le vino nada mal. ¡Qué caña!-

-Oye, tu marido no dijo ni “mu”. Estaba blanco. Casi ni reaccionó o se defendió poco. Yo, en su caso, me hubiera tirado al cuello. Lo que hace la mala conciencia.

-Bueno, todo está bien. No quería que ese cabrón quedara como un marido ejemplar después de lo que me ha hecho sufrir…Vengo de estar con mi abogado para tramitar ya el divorcio y aquí tienes tu dinero, que te lo has ganado con creces- Dijo pasándole un sobre.

-Gracias. Ya sabes, si te va mal con tu nueva pareja no tienes más que llamarme. Hay una cosa que no me gustó- Añadió.

-Dime, por favor.

-Todos aquellos eran unos gilipollas. ¡Ninguno me reconoció! A mí, la mejor de las actrices.

EL SUICIDA

De mi libro Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones

El suicida.

Voy a ser franco. Mi matrimonio se malogró por culpa mía. Es cierto que al final mi mujer, Sofía, me abandonó, pero le di demasiados motivos para ello. Hicimos grandes esfuerzos para evitarlo, el último y definitivo fue venirnos a vivir a Tarifa, cerca de Bolonia, vendiendo lo poco que nos quedaba ya en Galicia, donde también perdí los amigos que tuve por los “sablazos” que soportaron debido a  mi adicción al juego. Ya está, ya lo he dicho.

Dijeron que era una prejubilación, como tantas otras en el banco, y no era cierto; simplemente me pusieron en la calle con unas pocas perras por mi inoperancia y mi carácter bronco. Llegué a encararme a un cliente que me responsabilizaba de la bajada de unas acciones por la pésima gestión de su presidente, como si fuera mi culpa. Menos mal que mi sufrida esposa supo esconder la indemnización.

Alquilamos una modesta casita cerca de la playa y Sofía, en su empeño por recuperarme, compró un pequeño y viejo velero de siete metros que teníamos amarrado en el puerto. En otras circunstancias, aquello hubiera sido el paraíso, ni duda. No tuvimos hijos pero nuestra mutua compañía debiera haber sido suficiente para recuperar la felicidad.

La única hermana que tuve fue mi amiga y confidente durante todo el tiempo que vivieron nuestros padres, y mis sobrinos fueron mis hijos adoptivos. Sin embargo, la mierda de herencia quemó nuestros vínculos y lo que siempre fue amor se convirtió en indiferencia y, después, en odio. Mi pusilánime cuñado convenció a mis sobrinos, mis pasiones, de que yo me había jugado los pocos “chines” de mis padres e hipotecado su casa. No era cierto, lo juro.

El verano fue magnífico, vivíamos prácticamente en nuestro pequeño jardín; hacíamos las comidas en la barbacoa y hasta echábamos la siesta fuera, en la hamacas. Pasábamos el día al aire libre. Por la mañana nos bañábamos en la playa y muchos días íbamos a pescar en nuestro modesto barco, a la vuelta nos bastaba con tomar una caña en una terraza; nuestra economía, que gestionaba mi mujer, no nos permitía grandes alegrías, pero lo cierto es que teníamos más que suficiente para llevar una vida placentera. Hasta llegamos a recuperar nuestros olvidados juegos sexuales.

Como no podía ser de otra manera: la cagué. Esta vez no fue el juego, sino mi proverbial estupidez. Se acababa el verano y tuve la mala suerte de que una de las rezagadas me hiciera un inoportuno guiño, mi nula experiencia en estas cosas de la vida y mi pobre autoestima propiciaron una incoherente conversación con la rubia alemana, pero suficiente para saber que se alojaba en el “Bahía”, habitación 317.

Mientras su hijo de corta edad estaba en la guardería del hotel, hicimos una inolvidable siesta. Digo “inolvidable” no porque fuera magnífica, que no lo fue, ya que la señora me apartó de encima suyo muy enfadada  por mi eyaculación precoz, sino porque mi mujer intuyó inmediatamente mi estúpida infidelidad por mi mirada evasiva.

De nada sirvieron mis lágrimas y ruegos que hasta entonces me habían dado buenos resultados con los problemas del juego. Ella no quiso o no pudo soportar tanta injusticia, era demasiado. Había sufrido mi inexorable caída personal, anímica, laboral y económica; se había exiliado por mí y ahora le ponía los cuernos. Era demasiado. Tenía razón. Con enorme dolor me abandonó.

Me ahorró todos los adjetivos que, con razón, hubiera podido darme. Pero con su proverbial sinceridad me anunció que aceptaba las reiteradas invitaciones de Manuel, notario de A Coruña, antiguo novio de Sofía y viudo hacía dos años, para rehacer su existencia. Tenía prisa por subirse al último tren de su vida afectiva. Con este reflexivo proyecto me convenció de que jamás volvería conmigo, que había consumido todo mi crédito con ella, como con todo en mi vida.

Llegó el otoño y con él mi más profunda depresión. Qué hacía yo en aquella húmeda y aislada cabaña, con míseros muebles castellanos que no pegaban nada con el entorno y con una tenue bombilla de cuarenta vatios más triste que mi alma. Ya no hacía ni la cama, la despensa estaba vacía- ni latas de sardinillas- y la fregadera llena. Decidí suicidarme, mi vida ya no tenía sentido.

El haber tomado la decisión pareció relajarme y hasta darme fuerzas. ¡Qué bien! Sabía qué hacer, tenía un proyecto aunque fuera horrible. Vi la luz a pesar de que fuera negra, la única salida a mi deplorable situación.

Al amanecer salí a pasear por la playa, no a suicidarme, todavía no. Estaba decidido pero la ejecución sería más tarde. Ocupaba mi mente enferma en esa reflexión cuando descubrí que no tenía a nadie que me echara de menos, que me llorara, a quien escribir mi despedida; entonces lloré yo convencido de mi buena decisión.

Solo quedaba por elegir el modo de hacerlo. Por supuesto que nada de sangre (siempre estuve en contra de la violencia), tampoco me atraía tirarme de una altura (tenía vértigo), odiaba pensar que vinieran a mi casa dentro de dos semanas atraídos por un olor nauseabundo, tal vez una buena dosis de somníferos…¡Joder!, hasta para suicidarse había que pensar. Todo eran problemas. Tenía que acabar cuanto antes.

Estaba haciendo estas reflexiones en la playa, mirando al mar, cuando descubrí cómo me gustaría irme de este mundo: me alejaría suavemente como más me gusta: navegando a vela. Al estilo vikingo pero sin fuego. ¡Por fin una buena idea! Aunque fuera la última.

Por un incomprensible pudor recogí la casa, hice la cama y fregué los platos. No querían que descubrieran cómo llegué a vivir. ¡Como si le importara a alguien! Sin embargo, mientras estaba ocupado en mis tareas domésticas, disfrutaba planificando mi último viaje. Había recuperado el ánimo. ¡Qué contradicción!

En la cantina del puerto tomé un café con leche y dos cruasanes, desde niño me parecieron un lujo y ahora me daba un mísero homenaje. Compré una garrafa de agua, un cartón de tabaco aunque no fumaba hacía ya un año, y unas galletas de chocolate blanco. Nada más. ¡Ah sí! Y tres mecheros. Lo hice con la parsimonia de quien se suicida todos los días. Yo mismo estaba asombrado, esperaba enloquecer y, sin embargo, razonaba con sosiego.

Había imaginado que pondría las velas y en silencio me adentraría en el Atlántico, suavemente y, esta vez sin miedo. ¿Qué más me podía pasar? Siempre tuve un excesivo respeto al mar aunque la adoraba, pero esa prudencia me impedía disfrutar de ella como ahora esperaba hacerlo.

Pensé comer lo que pescara y beber lo que lloviera, así hasta donde alcanzara. Como si fuera un juego de supervivencia. Yo sólo contra mí mismo. Luego, agotado, me dormiría suavemente, sin espasmos, sin dolor. Nada de enterrarme ni quemarme, ¡qué horror! Que te metan bajo la tierra es claustrofóbico, y si te queman a ¡mil grados!, casi peor.  Desaparecería dormido dulcemente en el infinito llevado por el viento hasta que me engulla el horizonte. ¡Qué bonito!  Así da gusto suicidarse.

Mi vecino de atraque era una modesta y buena persona. Me decía la verdad de lo que había pescado y dónde, rara virtud, y me ayudaba en las maniobras. Fue el heredero de mis misérrimas propiedades. Desmonté la radio y quité con dificultad el motor de cuatro tiempos, ambas cosas las había comprado recientemente. Todo lo pasé a la bañera de su embarcación y se lo dejé escondido bajo la lona.

Antes de zarpar tiré mi móvil al agua como una determinante señal de desconexión con la civilización. No era necesario, su batería no duraba ya nada y era un trasto, igual que yo. Pero un gesto es un gesto. Volvía a ser protagonista.

Saqué mi pequeño barco, un viejo Puma 23, empujándolo primero y luego apoyándome en los otros que estaban atracados junto al mío, hasta que tuve el suficiente espacio para maniobrar con un poco de Génova. A puro huevo, como en los buenos tiempos cuando era un fenómeno con la vela ligera. Sin motor. Ya no había vuelta atrás.

En cuanto doblé la Isla de las Palomas, subí la mayor, desenrollé toda la Génova y puse rumbo al oeste, hacia el atardecer, hacia mi anochecer.

Me sentía muy bien, casi casi feliz y, sobre todo libre. Adiós a las deudas de juego y a la maldita hipoteca que me perseguía desde que me casé, adiós al banco y sus ocultas miserias, adiós a mis complejos y enfermedades que atormentaron mi vida sin. Adiós a todos mis pesares. ¡A tomar por culo! Fijé la caña del barco, me di la vuelta completa y poniéndome de pie encima del tambucho de estribor hice un corte de mangas hacia la costa que casi me caigo. ¡Qué satisfacción! Solo me acordaba con mucho amor de mi mujer.

Hice un pequeño recuento de lo que tenía: cuatro latas, una garrafa de agua, unas galletas y mucho tabaco con tres mecheros, sin contar la lluvia y la pesca. Más que suficiente para morir en paz y armonía.

Navegaba a más de cuatro nudos, una porquería para algunos y para mí una maravilla. Había pintado los bajos poco antes de que se me cayera el mundo encima y el barco se deslizaba como en una nube, silencioso y elegante. Por un momento me preocupé por el intenso tráfico de mercantes en esa mar que es la entrada al Mediterráneo; tuve miedo a la noche que se avecinaba y, de pronto, recordé que me quería suicidar. Se me fueron todos los temores. Que más me daba morir adormilado a la deriva que embestido por un enorme buque; sería más violento pero, tal vez así, mi mujer cobraría algo, recuperaría una parte de lo que le costé.

Puse solamente una caña con un señuelo igualito a una anchoa, me daban ganas de freírlo. Me senté apoyando mi espalda en el casco, mirando hacia popa y vigilando el aparejo. Fumé dos o tres cigarrillos que, aunque me atontaron, me supieron “a gloria”.

Estaba así distraído cuando la caña se dobló casi en su totalidad. Recogí enseguida la Génova y largué  la mayor para perder velocidad. Cómo es la vida que cuando estoy a punto de perderla me regala lo que más me emociona. Lo que fuera no podía traerlo, lo acercaba y largaba hilo para cansarlo; cuando creía que ya estaba, se hundía verticalmente en las profundidades.

 Así pasé más de una hora emocionado y temeroso de no poder con mi captura más preciada, la mayor. Me alegré de no tener el motor fuera borda, el pez hubiera roto la pita con los bandazos que daba. Los dos estábamos derrotados cuando finalmente, ya casi de noche, pude clavarle un gancho con mi mano derecha mientras sujetaba la caña con la izquierda, y subirlo a bordo.

Era un atún de unos cuatro kilos, precioso; me daban ganas de abrazarlo. Pegaba tremendos coletazos en el fondo de la bañera, salpicando de sangre a su alrededor. Golpeé su cabeza con un mazo de goma para que no sufriera más. Derrotado, descanse un largo rato. Recogí la caña, tenía mucho más que suficiente. Me sentí afortunado.

Abrí una lata de atún en conserva, qué contradicción: no tengo que comer más que atún en conserva y fresco. Lo acompañé con tres galletas y agua, largué otra vez las velas y fijé el timón rumbo a la noche oceánica, pasé largo rato admirando las estrellas hasta que caí rendido en el camarote de proa.

Me despertó el chasquear de las velas flácidas y los golpes de la botavara de un lado a otro. No había nada de viento, era la calma total; estaba absolutamente quieto. Me di la media vuelta en mi saco de dormir, pasaba de todo. Recordé el bonito recién pescado y me alegré tanto que olvidé, por un momento, el objeto de mi viaje.

Creí oír voces, no esperaba tener alucinaciones tan pronto. Un golpe seco del barco me hizo temer que hubiera “chocado” con un tronco o, peor aún, que hubiera derivado a la costa. Salí precipitadamente.

¡Un bote me había abordado! Antes de que reaccionara, dos hombres negros habían subido ya a mi barco y amarrado su destartalada embarcación, el agua estaba a un palmo. ¿Cómo pudieron flotar? Les ayudé a embarcar al resto de la precaria tripulación, en total eran doce personas, tres de ellas mujeres y dos niños. ¡Pobre gente! Los ojos hundidos y tiritando de frío.

No sé cómo pero entraron todos en la cabina. Abrí las pocas latas que quedaban, comieron el resto de las galletas y bebieron toda la garrafa de agua, además de alguna botella perdida que encontramos. Tenían la mirada asustada, aterrorizada.

El sol empezaba a calentar y poco a poco fueron saliendo a cubierta. El bonito de cuatro kilos hizo las delicias de la inesperada marinería- yo no llegué a probarlo- que pareció recobrar energías y aparecieron las primeras sonrisas tímidas. Solo uno de ellos hablaba un poco francés.

Con el día llegó el viento y puse rumbo a la costa onubense. Cortamos las amarras del mísero bote y lo dejamos a la deriva. Mi barco a vela no podía remolcarlo, bastante hacía con aguantar nuestro peso, todo un lastre.

La noche cayó cuando ya vislumbrábamos las luces de la costa. Lancé tres bengalas espaciadas y en menos de una hora una lancha rápida de la Guardia Civil nos rescató. Todo fue maravilloso hasta que el teniente se empeñó en recuperarme a mí también.

Después de agradecerme mi contribución al salvamento de esa buena gente, dándome un cariñoso apretón de manos, solicitó permiso para inspeccionar mi barco. ¡Ya sabía yo que, de una manera u otra, le iba a salir la vena policial! Pero bueno, no tenía nada que ocultar. Yo no era un traficante de emigrantes.

Con su potente linterna, además de los focos de su embarcación, tardó dos minutos en hacer su trabajo:

-¿Pero a dónde va usted así? Alma de Dios. ¡Si no tiene ni radio, ni víveres ni nada! Ande, venga usted con nosotros.

-Oiga, si no le importa prefiero seguir mi ruta. Me queda mucho por hacer…

-Enséñeme sus papeles, por favor-me ordenó con mucha educación.

Por supuesto que no había pasado la inspección última ni tenía el seguro actualizado. No lo tuve nunca y menos ahora. Si yo solo quería suicidarme…

-Le ruego que me deje continuar-le supliqué.

-No puedo-contestó- tengo que dar el parte. Debo decir de dónde ha salido este grupo de personas. Anímese hombre. ¡Es usted un héroe!

Sentí una profunda congoja. No quería volver a tierra, a reencontrarme con el hombre derrotado que fui, no podía retornar al infierno de mi vida.

 Me miró profundamente a los ojos. Guardó un cálido silencio y cogiéndome del hombro me dijo comprensivo:

-Siga usted, ¡cómo no! Y disculpe por haberlo retenido. Tal vez un día yo haga lo mismo. Es un privilegio elegir el cuándo y el cómo.

A pesar de la oscuridad de la noche pude distinguir los gestos de despedida de los negros que rescaté y del teniente que me devolvió a mi destino.

Parte de la Guardia Civil tres meses más tarde:

…informa la Interpol que el patrón de la embarcación que transportó emigrantes a la costa ovetense, ha sido avistado en Cabo Verde…

ASET

De mi libro Restos de Galerna. Arte Activo Ediciones

Hace ya tiempo escribí un cuento titulado Habitación 209 en el que narraba una peculiar experiencia hospitalaria que tuve; sin embargo una parte importante de aquella vivencia no pude contarla por mi promesa dada entonces a una persona excepcional, responsable de estos hechos. Acabo de saber que ha fallecido y, a pesar de la tristeza que me ha producido la noticia, puedo ahora contar aquella historia que para algunos será horrible y para otros entrañable; para mí fue asombrosa.

Después de la cena, hacia las diez de la noche, una enfermera pasaba por todas las habitaciones de la planta del hospital con el pastillero repartiendo tensión más baja,  reduciendo el colesterol, quitando azúcar, silenciando dolores…y, sobre todo, generando dulces sueños a ritmo de pastillazo. Llevaba un minucioso control de las tomas de todos y cada uno de los pacientes, supongo que la escena se repetía en cada planta de los distintos edificios sanitarios.

Nunca he querido beneficiarme de un inductor del sueño, ni en la peores circunstancias en las que lo justifican: “toma esto, descansarás bien y mañana te encontrarás mejor”, como si fuera el elixir para superar cualquier contratiempo, para hacer desaparecer las horas malas de una preocupación. Una vez que cedí a sus seductoras promesas desperté con el problema agrandado, había crecido durante la noche y me esperaba al amanecer con mayor agresividad golpeándome el alma. No logré convencer a mi sorprendida enfermera que no quería “Valium”, lo dejó en la mesilla junto a otra pastilla cuya función ahora no recuerdo.

Hacia las dos de la mañana desperté; el silencio era abrumador, solo se oían algunos ronquidos de diferentes niveles. Me levanté, me puse las zapatillas de “arrastrar”, en chancleta, y en pijama salí al pasillo teniendo mucho cuidado de no hacer ruido, aunque no era necesaria tanta precaución, el sueño colectivo era total, absoluto.

 Pasé delante del mostrador de control donde la única señal de vida era un ordenador encendido. Deambulé curioso por distintas unidades imaginando quién podría estar detrás de una puerta, qué enfermedad vivía ahí y si podrían echarla, dónde estaría el marido o la mujer de esa o aquél, cómo sería el bullicio  dentro de unas horas, cuál de los pacientes de la planta no vería el amanecer, para quién eran las flores no entregadas que ahora estaban encima de una butaca…Por eso no quería dormirme, para imaginar cómo era la vida en el silencio sepulcral del hospital. ¡Dónde mejor observar la vida que donde intentan retenerla!

Pasé delante de una sala de espera con la puerta abierta, era pequeña y rectangular, una luz de emergencia alumbraba los asientos azules y cuatro periódicos manoseados la víspera. Entré y por su ventana vi un edificio muy próximo, estaba a una distancia menor de diez metros, las cristaleras estaban iluminadas y cerradas con cortinas blancas, sin embargo entre los visillos se podían apreciar movimientos de personas. Me extrañó su actividad a esas horas cuando duermen hasta los virus y continué observando ensimismado con la cara pegada al cristal. Al rato, una de las personas pasó junto a su ventana, movió la cortina y me quedé asombrado por lo que vi: ¡había gente andando medio desnuda! Pronto aquella visión se volvió a ocultar. No hubo ninguna novedad durante el largo rato que estuve esperando a que volvieran las apariciones.

Me quedé allí, adormilado hasta que un ruido me despertó, salí al pasillo y me encontré con varios carros llevados por celadores, salían por la puerta de una galería que conducía al edificio contiguo, el que yo había visto; todos los enfermos que estaban siendo trasladados tenían un halo místico, algo mágico.

 El tráfico de carros y hasta alguna camilla era unidireccional, sólo de salida; cuando cesó el corto desfile quise pasar y curiosear pero la puerta ya estaba cerrada. Ya no había nadie. Quedé impresionado y muy curioso. Volví a la cama de mi habitación, las toses que daban vida al silencio crecían al clarear. Me dormí con una agradable intuición de que algo pasaba en aquella sala del edificio contiguo, lo que había intuido me inquietaba.

El olor a café con leche del desayuno me devolvió a la cruda realidad hospitalaria y, en cuanto hubo pasado el médico con su séquito de alumnos y enfermeras, me lancé al pasillo ávido por descubrir si mis sensaciones respondían a un sueño.

El tráfico de personas era imponente, enfermeras que entraban y salían, carros de limpieza aparcados junto a la habitación que atendían, pacientes con gotero en mano deambulando con ojos hundidos, familiares angustiados implorando un gesto optimista en el mostrador de la sección…, lo que hacía unas horas era un remanso de paz y silencio se había convertido en un mercadillo de salud.

La sala de espera que había sido mi atalaya la noche anterior estaba ahora a rebosar, todos los asientos estaban ocupados y varias personas de pie, apoyadas en  la pared, miraban sin leer periódicos y revistas, agobiados en silencio. Logré llegar hasta la ventana molestando a dos señoras impasibles ante mis esfuerzos, y eso que yo era un enfermo, ¡qué poca consideración! La sala de mis fantasías estaba allí, al alcance de mi mano, sus ventanas estaban abiertas y cortinas recogidas mostraban un absoluto vacío, solo algunas pocas camillas pegadas a la pared desnuda, era la nada libre para cualquier destino.

Esa misma noche hice lo imposible para mantenerme despierto, quería volver temprano al lugar misterioso, estaba seguro que nada ocurriría pero me servía para alejarme de la angustia que me producía mi potencial enfermedad, para superar la incertidumbre de la biopsia. Tenía un proyecto, una curiosidad, una inquietud, lo que fuera me valía para no vivir la realidad.

Di unas cuantas cabezadas en la cama hasta que el vibrador de mi móvil me recordó que debía retomar la supuesta aventura: iba a montar la guardia. Bien pertrechado para pasar la noche entera si hiciera falta, me coloqué en una butaca de la sala de espera, cerca de la puerta pero sin que me vinieran desde fuera, no quería que algún enfermero piadoso me devolviera a mi habitación. No pasó nada, ni esa noche ni la siguiente; sin embargo, lejos de desanimarme, mi imaginación necesitada de alicientes se desbordaba e intuía que en aquella sala pasaba algo importante, tal vez descuartizaban cadáveres o traficaban con órganos, o investigaban trasplantes… volví otra vez la tercera noche.

Me despertó un ruido apagado de ruedas de goma, asomé mis ojos desde la oscuridad de la sala y vi cómo desde distintas direcciones venían varios carros con enfermos de diversos aspectos, llevados unos por personas uniformadas y otras vestidas de calle, en cuidadoso silencio. Había imaginado también este escenario y puse en marcha mi arriesgado plan, tomé prestada una silla con ruedas que había en la salita y, como si fuera uno más de ellos, me mezclé disimuladamente en la “procesión” a pesar de la incertidumbre de mi futuro inmediato.

-¿Vienes solo?- Me preguntó en la entrada una señora extrañada de mediana edad. Respondí afirmativamente con la cabeza y conduciendo el carro me llevó a un extremo de la sala quedándose a mi lado.

Bajaron la intensidad de la luz y colocaron a algunos pacientes en camillas, otros permanecieron en sus sillas. Se inició un ronroneo contenido. Forcé la vista en la penumbra y mi asombró creció cuando vi que algunos acompañantes o celadores se desnudaban en parte y atendían solícitos a los enfermos.

-¿Dime qué te gusta que te haga? – Me susurró melosa al oído mi reciente cuidadora. Estaba frente a mí en actitud amorosa, que no lasciva, empezando a desabrocharse el primer botón del uniforme. Yo estaba petrificado, incapaz de reaccionar, sin embargo comprendí que no debía descubrir mi intrusismo y un rápido vistazo alrededor me dio pistas.

-Enséñame los pechos, por favor- Logré balbucear temeroso. Dicho y hecho, lentamente abrió un poco más la bata y logró sacar del sujetador, uno tras otro, sus pechos caídos.- Acércate un poco más- le rogué.

Los jadeos del lugar se intensificaban, pude distinguir a un señor que se dejaba tocar su parte noble por dos manos huesudas que salían de un carro; una chica hermosa, más bien gorda, estaba de espaldas a una camilla con el culo en pompa haciendo los placeres de un individuo pequeño, de cara chupada, puesto de costado en una camilla; otro culo prieto de celador era palpado, tal vez por otro hombre; una señora de ojos saltones palpaba con avidez el torso musculoso de un joven; había pechos de mujer al aire como los que yo tenía cerca…No sentí una palabra más alta que los susurros y gemidos generalizados y no percibí ninguna señal acústica de que se produjera un orgasmo.

Salimos en el mismo silencio que habíamos entrado, pero con los ojos vidriosos, la sonrisa fija y la mente renacida, sentí que formaba parte de ese grupo desconocido y feliz. Ya en la puerta, la señora que me había acompañado se inclinó hacia mí y dijo cariñosa y respetuosa:

-Te espero el próximo miércoles. No faltes.

A pesar de mis protestas, falsos quejidos, y otras simulaciones, el martes me dieron el alta y con gran pena, a la una, tuve que abandonar el hospital. Ya con la bolsa en la mano y vestido de civil pasé por la salita de espera a mirar por su ventana al edificio contiguo y sentí, sin entenderlo, una gran ternura y asombro.

En el hall, cerca de la salida a la calle, miré las portadas de los periódicos en el escaparate del kiosko; de pronto vi un poco más lejos, detrás del mostrador a una señora de cierta edad que reconocí al instante: ¡era mi celadora ocasional de aquella noche!, me dio un vuelco el corazón, como si fuera mi primer amor. Me extrañé de mis sentimientos, me quedé quieto, tal vez fuera la sensibilidad que genera el hospital protector ante el miedo y la debilidad, o la ternura hacia quien te cuida y atiende.

En ese momento me abordó un señor con bata blanca, era enjuto, cara afilada, nariz aguileña y ojos pequeños, tenía algo de Aznavour. Yo lo había visto antes, no sabía dónde.

-Le apetece tomar algo- No era una pregunta, y cogiéndome suavemente del codo me llevó a una salita de reposo, vacía. Me sirvió un café con una gota de leche y sin azúcar,  ¿cómo sabía mis gustos?- Me alegro que pueda ya irse del hospital, que ya esté bien.

-Muchas gracias, pero no entiendo…- estaba perplejo.

-Mire- hablaba despacio, con dulzura- la noche pasada tuvimos el placer de tenerlo entre nosotros. La verdad es que usted se coló, pero no importa. Somos una asociación de ayuda a enfermos terminales un poco peculiar, les intentamos animar de manera especial a quienes el psiquiatra, el cardiólogo y el sexólogo nos indican; son pacientes cuya vida, excesos o defectos, sugieren una especial terapia con grandes beneficios anímicos. Son cuidados paliativos específicos para personas que fueron adictas al sexo, o que al menos que tuvo mucha influencia en su vida.

-Entiendo. No se preocupe por mí, no diré nada de mi dulce experiencia.

-No, no es eso lo que quería de usted. Le pido su colaboración, le ruego que se junte al grupo y colabore con nosotros como cuidador. Se lo ruego, es solo una vez por semana.

-Yo no sirvo, no sé. Podrían ustedes contratar a profesionales…

-No diga tonterías- cortó un poco disgustado-Esto es solidaridad, además, se imagina el dineral que costaría contratar a hombres y mujeres para esta función. ¡Por Dios! Y por si fuera poco, nuestro secreto volaría a las dos semanas. Una vez tuvimos una colaboradora profesional, que fue paciente, y nos revolucionó el gallinero, se creció con su afición y alardes. Nunca más. La asociación somos médicos, familiares, limpiadores, taxistas, camareros…cualquier persona solidaria nos sirve. Vamos hombre, inténtelo.

-No sé, no sé- flaqueé.

-El próximo miércoles a las doce de la noche le espero en este mismo hall. No necesita traer nada ni vestirse de manera especial, le daremos una bata. Nos basta con su presencia. No tema, y si me necesita me puede encontrar en Urología, de donde usted sale ahora y sé que está usted muy bien. Bienvenido a ASET: Atención sexual a enfermos terminales-aclaró.

Salí un poco aturdido, era la primera entrevista de trabajo que me contrataban a la primera. Miré hacia el kiosko de revistas y, desde lejos mi cuidadora de una sola noche me dio la bienvenida con una sonrisa cariñosa y una bajada de ojos aceptándome.

¡Anímate!